domingo, 28 de agosto de 2011

CAPÍTULO 12

CAPÍTULO 12
DESPUÉS DEL FUNERAL


L
a lluvia pareció dar una tregua a las personas que decidieron dar su último adiós a lord Blackwell. En el pequeño cementerio se había congregado casi en su totalidad la población de Green Mills. Numerosas coronas de flores llegadas de diferentes partes del país estaban dispuestas entre las viejas lápidas más cercanas al panteón familiar de los Blackwell. Se trataba de una sólida construcción de piedra gris algo ya desgastada por el paso del tiempo. Destacaba sobre las lápidas diseminadas a su alrededor. Una planta enredadera cubría una de las paredes laterales llegando algunos de sus extremos a alcanzar la verja metálica. Se trataba de un trabajo de orfebrería digna de admiración. Estaba recién pintada de negro y los elementos decorativos constaban de una serie de hojas y racimos de uvas. Un par de angelotes de hierro de mirada vacía sostenían una hoja de la puerta en la parte central de la misma, dando la sensación de ser los encargados de abrir la verja. Finalmente, coronando la obra orfebre encargada por un antepasado de lord Blackwell, se encontraba el apellido de la familia.

El silencio del culto fúnebre se veía roto por la monótona letanía del reverendo. A lo lejos se escuchaba con cierta frecuencia la amenaza de los truenos que anunciaban la proximidad de una tormenta. En primera fila se encontraba Cassandra. Cora le había pasado un brazo por la cintura y la abrazaba de forma protectora. Cassandra lejos de verse afligida, miraba fijamente hacia el frente, totalmente ausente. El doctor Levine se hallaba junto a su prometida. Su actitud era solícita y no perdía de vista ningún movimiento tanto de una como de otra. Junto a ellos estaba la señora Hudson. Vestía de riguroso luto, lo cual no hacía más sino estilizar su figura. No derramaba ninguna lágrima, pero sus ojos mostraban una gran tristeza. El mayor Kane y el señor Samuelson estaban un poco más atrás. Samuelson hacía de vez en cuando algún comentario al oído a Víctor Kane, éste se limitaba a contestar con monosílabos. Totalmente incómodo deseaba que aquello terminase cuanto antes y pudiesen regresar a casa, lejos de las miradas llenas de curiosidad. La señorita Drake estaba algo más alejada, viéndolo todo aislada del resto. Su perenne gesto de severidad estaba reflejado en su rostro. De vez en cuando llevaba discretamente su pañuelo blanco a los lagrimales de sus ojos para secarlos.

O’Connor había acudido con su tía y su primo. La señora McCarthy tenía el rostro solemne que se suele ver durante los funerales. Pero el brillo especial de sus ojos le delataba. Estaba realmente excitada por la situación. El entierro de un hombre que ha sido asesinado no se ve todos los días. Aunque lo negase hasta la muerte, en cierto modo estaba disfrutando con todo aquello. Echaba rápidas miradas hacia la alta figura de la señora Hudson. El hecho de que la prometida hubiese aparecido de repente, no hacía sino darle más interés al asunto. Colin sencillamente parecía aburrido. De vez en cuando lanzaba alguna mirada de extrañeza a Cassandra Jones, pero aparte de eso, era apatía lo que se leía en su semblante.

Al funeral asistió también el señor Wilkins, de la firma de abogados Wilkins & Collins. Aparte de ser el abogado personal de lord Blackwell, era un viejo amigo del mismo. Se trataba de un hombre enjuto y delgado de figura casi insignificante. Tenía el pelo canoso y fino. Unas gafas pequeñísimas caían sobre su recta y delgada nariz, acostumbrando a mirar con sus ojos azul claro por encima de las mismas. Tenía el semblante sereno, pero fruncía sus delgados labios con tensión.

O’Connor había vislumbrado entre la muchedumbre al inspector Weston. Se habían mirado y se habían saludado haciendo un leve gesto con la cabeza. Se le notaba más ajado. Sin duda, aquel caso le estaba quitando el sueño.

Finalmente, el reverendo dio por concluido el funeral y cuatro encargados de la funeraria, solemnemente vestidos de negro, procedieron a introducir el ataúd en las profundidades del mausoleo. Los restos del fallecido era ahora asunto del enterrador y posteriormente de las larvas, cada uno cumpliendo su respectiva misión.

La gente comenzó a dispersarse. Los familiares y allegados de lord Blackwell permanecieron en el mismo sitio recibiendo las condolencias del resto de habitantes de Green Mills y de las personas que se había acercado a la población a presenciar el entierro. O´Connor prefirió quedarse algo alejado, esperando a que el lugar se despejara. En apenas un pestañeo se dio cuenta de que su tía y su primo le habían abandonado. Colin se apresuró a ir a hablar con Cassandra y su tía Stelle fue a abordar a la señora Hudson. O´Connor sonrió pensando en su tía. Aquello era un cotilleo de primera: ¡la misteriosa prometida del difunto! No había tiempo que perder para congraciarse con la dama en cuestión y sacar el máximo de información posible. En realidad a O’Connor aquello le venía de perlas. Tenía pensado hablar con la señora Hudson lo antes posible, y le parecía que un interrogatorio conjunto con Weston no era lo más adecuado. La señora McCarthy le había allanado el terreno. Se aproximó hacia ella sin mucha prisa.

-           De modo que te encontrabas aquí, tía Stelle. Me descuido un segundo y despareces- comentó O´Connor interrumpiendo la conversación.
-           ¡Oh, Stephen! Te dije que me acercaría a presentarle mis condolencias a la señora Hudson. Pero nunca me escuchas- protestó la anciana mintiendo como una bellaca-. Señora Hudson, le presento a mi sobrino: Stephen O’Connor.
-           Siento mucho su gran pérdida, señora Hudson- dijo O´Connor estrechándole la mano con solemnidad.
-           Muchas gracias- contestó la señora Hudson sonriendo levemente. Se le veía algo apabullada con la irrupción de la señora McCarthy, pero trataba de disimularlo educadamente.
-           Como le iba diciendo, mi difunto esposo y yo teníamos mucha amistad con lord Blackwell. Era un hombre extraordinario. ¡Una gran pérdida, querida!- se lamentó la anciana. Y antes de que la señora Hudson pudiese decir nada más y pudiese huir, añadió:- Mi sobrino es detective privado. Está ayudando al sargento Weston, el policía encargado de la investigación, para resolver el crimen. Yo insté a Stephen a que colaborara, y el sargento Weston estuvo encantado. Entre nosotros querida, el sargento Weston es un hombre encantador y justo, pero este caso se le viene bien grande… Creo que debería pasarse por nuestra casa a tomar el té, y le daré mi punto de vista de todo este asunto.

La señora Hudson reaccionó ante lo último que dijo la señora McCarthy. Pareció coger interés por lo que estaba hablando.

-           Me habían comentado que un detective privado estaba ayudando a la policía. De modo que es usted…- comentó la señora Hudson con un brillo especial en la mirada-. Aceptaré encantada su invitación a tomar el té, señora McCarthy. Me interesaría mucho conocer su opinión del asunto, y de paso poder charlar con el señor O’Connor, si no es una molestia.
-           En absoluto, señora Hudson- respondió O’Connor.

A la señora McCarthy se le vio visiblemente entusiasmada con la idea.


*                 *                 *                 *


Después del almuerzo en Blackwell Manor, que fue de lo más austero, y después de la sobremesa, llegó el sargento Weston acompañado de Stephen O’Connor. El señor Wilkins les propuso pasar al salón para la lectura del testamento de lord Blackwell. La señora Hudson se quitó de en medio ya que consideró que aquel asunto no le concernía. El mayor Kane hizo lo mismo proponiéndole mostrarle los jardines antes de que la tormenta se cerniese sobre ellos. El doctor Levine se despidió de todos aludiendo que tenía que atender su consulta. De modo que pasaron al salón Cora, Cassandra y el señor Samuelson. Éste último afirmando que aunque no fuese mencionado en el testamento, los intereses de la empresa y el rumbo que iba a coger la misma le concernían. La señorita Drake también disponía a marcharse, pero el señor Wilkins la persuadió para que se quedara. La secretaria asintió con la cabeza, pero no comentó nada.

Todos se sentaron mirando hacia donde se encontraba el señor Wilkins, a excepción de O’Connor y Weston que permanecieron de pie. El señor Wilkins aclaró su garganta, abrió el sobre lacrado que contenía el testamento y procedió a leer las disposiciones de lord Blackwell con su voz clara y cristalina. Tras leer los pormenores en los que se establecía que el propio Wilkins sería el albacea de los bienes de lord Blackwell y que le nombraba como tutor legal de Cassandra hasta la mayoría de edad de la misma; comenzó a leer los legados:

Tras pagar los derechos reales, a Cora le pertenecía el grosso de su fortuna, así como la propiedad de Blackwell Manor y el de otro par de propiedades; una en Londres y otra en Cornualles. Las participaciones en la empresa de lord Blackwell eran para ella, haciendo que fuese prácticamente dueña de la misma. El rostro de Cora se tornó rojizo por la emoción.

-           No se preocupe, querida. Entiendo que al principio esto le pueda sonar muy apabullante. Pero tenga en cuenta, que su tío la consideraba digna y capaz de dicho puesto. Su tío era un hombre cabal, y rara vez se equivocaba. Lo dejó todo dispuesto para que pueda ejercer dicho cargo en la empresa. Contrató un grupo de asesores, para que a su muerte, le ayudasen a manejar la empresa, especialmente al principio- le tranquilizó el señor Wilkins sonriendo amablemente.
-           Además, querida Cora, estaré dispuesto a asesorarte en todo lo que necesite. Ahora somos socios y tenemos un interés en común- dijo el señor Samuelson mostrando una sonrisa algo hipócrita.
-           Por supuesto, el señor Samuelson puede resultarle de mucha ayuda- el tono del señor Wilkins mostraba un deje de frialdad. Estaba claro que no le consideraba digno de confianza, y así se lo transmitiría a Cora posteriormente.

Prosiguió leyendo el testamento, en el cual se legaba a Cassandra Jones un sustancioso legado que recibiría a su mayoría de edad:

-           Al ser yo tu tutor legal, me encargaré de administrar tu fideicomiso- explicó Wilkins lentamente como si Cassandra fuese una niña pequeña-. No queda mucho para que seas mayor de edad, pero si necesitas cualquier cantidad de dinero o quieres consultarme cualquier cosa, sólo tienes que decírmelo. Te advierto que no tengo muy mano dura, así que no te aproveches de la situación- se rió el abogado-. Después si quieres hablamos acerca de tus planes de futuro. Si tienes pensado estudiar algo; o quieres realizar algún viaje de estudios… Tu tío no dejó ningún tipo de sugerencia al respecto.

Cassandra asintió en silencio. Parecía haber salido del perpetuo sopor que en los últimos días parecía haberse apoderado de ella. Se le veía algo enfadada, con el ceño fruncido y expresión tosca. Wilkins reparó en ello y pensó que tal vez se debía a que le parecía poco el legado o que le fastidiaba tener que esperar a la mayoría de edad para disfrutar del dinero. “Esta juventud cada vez es más impaciente”, pensó dando un suspiro de resignación.

El siguiente punto del testamento fue un pequeño, pero sustancioso legado de unas ciento cincuenta libras para la señorita Drake por “todos estos años de fidelidad y dedicación”. La secretaria recibió la noticia con un deje de emoción reflejado en su severo rictus.

Aparte de unas cuantas donaciones y disposiciones más, se dio por concluido las últimas voluntades de lord Blackwell. Todos se incorporaron dando por finalizada la reunión. Wilkins les dijo a Cora y Cassandra que más tarde aclararían algunos puntos del testamento con más tranquilidad y firmarían unos documentos rutinarios. El abogado se dirigió con el sargento Weston y Stephen O’Connor al despacho de lord Blackwell.

-           Bien, aquí tengo la combinación de la caja fuerte de lord Blackwell. Procederemos a abrirla, tal y como acordamos. Pero antes me gustaría comentarles una cosa- dijo el abogado subiéndose un poco las gafas que se deslizaban lentamente por su nariz-. El testamento que he leído fue redactado hace poco más de un año. Lord Blackwell tenía la costumbre de hacer uno nuevo cada dos años aproximadamente. En esencia, todos sus testamentos tenían disposiciones similares. Pero, hace una semana aproximadamente, poco antes de que volviese de Estados Unidos, me envío un telegrama citándome aquí una vez que hubiese regresado de su viaje para redactar un nuevo testamento.

El abogado les tendió el telegrama en cuestión.

-           Como pueden leer al final, decía que quería realizar un cambio importante.
-           ¿No llegó a explicarle cuales eran esos cambios?- preguntó Weston.
-           Me llamó la tarde antes de su muerte, pero no profundizó en el tema. Sólo me dijo que quería hacer una modificación importante. No me dijo nada más del asunto.

Weston se guardó el telegrama en el bolsillo de su abrigo. El abogado sacó un pequeño sobre del sobre lacrado del testamento. Lo rasgó y se aproximó al cuadro que ocultaba la caja fuerte. Presionó sobre el mismo y activó el mecanismo de apertura. Apartó el cuadro girándolo lentamente sobre las bisagras y quedó al descubierto la caja fuerte. Manipuló la rueda marcando la combinación secreta con lentitud mientras la leía en el papel.

-           Como pueden comprobar lord Blackwell era muy maniático en cuanto a la seguridad se refería. Nadie más conocía la combinación hasta ahora- dijo el abogado en un susurro. Tratando de escuchar el mecanismo de la caja fuerte. Giró la rueda hasta el último número de la combinación. El mecanismo soltó un chasquido seco-. ¡Bingo!

Wilkins abrió la caja fuerte con una lentitud enervante. Weston y O’Connor se aproximaron a la caja fuerte. Los tres otearon el interior de la misma…



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