martes, 6 de diciembre de 2011

CAPÍTULO 17


CAPÍTULO 17
EL LABORATORIO DEL DOCTOR LEVINE


A
 la mañana siguiente O’Connor se despertó más tarde de la costumbre debido a que tras la aventura nocturna se había acostado a una hora avanzada de la madrugada. Bajó al comedor y tomó un café rápidamente. Su tía le observó desde la butaca en la que estaba sentada mientras hacía calceta.

-           Llegaste muy tarde anoche de Blackwell Manor. Espero que la señora Hudson se encuentre mejor.
-           Veo que las noticias han llegado ya por aquí.
-           Esto es un pueblo pequeño. Las noticias llegan antes de que llegue el lechero haciendo su reparto- comentó la anciana con la vista concentrada en su labor.
-           Tengo que reunirme con Weston ahora. Después te contaré cómo ha ido la reunión con todo lujo de detalles- dijo O’Connor dándole un último trago a su café mientras se ponía en pie.
-           ¿Quién te ha dicho que necesite que me tengas informada?- replicó la señora McCarthy con dignidad.

O’Connor sonrió. Sabía que a pesar de lo que decía, su anciana tía estaba deseosa de saber todos los pormenores de lo ocurrido. De pronto se acordó de su primo. La mandíbula del detective se endureció.

-          ¿Dónde está el primo Colin, tía Stelle?
-           Bajó esta mañana temprano y dijo que se marchaba hoy a Essex. Así, repentinamente. Dijo que tenía que atender unos asuntos urgentes y que regresaba en un par de días- la anciana le miró con sus ojillos azules con astucia, por encima de sus gafas-. Se le veía muy pensativo. De hecho, lleva unos días bastante raro. Incluso fue a visitar al doctor Levine ayer por la tarde, pero no me dijo porqué ¿Va todo bien?
-           Sí, perfectamente- repuso O’Connor tratando de que su tono sonase lo más natural posible. Se acercó a ella para darle un beso en su arrugada mejilla-. Bueno; me tengo que marchar, tía Stelle.

Salió del comedor y el rostro se le ensombreció por la preocupación. “¿Qué diablos has hecho, Colin?”


*                 *                 *                 *


O’Connor y Weston caminaban lentamente por el sendero que conducía hasta Blackwell Manor. El sargento presentaba un aspecto lamentable. Se notaba que apenas había podido dormir. El caso le estaba superando.

-           Ya hemos averiguado cómo se le administró el somnífero a la señora Hudson. Se lo echaron en el café que tomó después de cenar. Hemos tenido suerte de que no hubiesen limpiado aún las tazas de la noche anterior. En el de la señora Hudson encontramos restos del somnífero.
-           Entonces, no cabe duda de que uno de los invitados fue quién le drogó.

Weston asintió mientras caminaba lentamente por las escaleras que conducían hasta la entrada. Llamaron a la puerta.

-           Por lo visto estuvieron hojeando un álbum de fotografías. Dice que dejó la taza en una mesita cuando se puso a mirar las fotografías. Quizás alguno de ellos aprovechase ese momento para echar el somnífero en la taza.
-           ¿De dónde sacaron el somnífero?
-           Había un frasco de veronal en el armario del cuarto de baño del difunto lord Blackwell. También la señorita Drake acostumbra a tomarlo para poder dormir- Weston soltó un suspiro resignado y llamó a la puerta-. Sin duda tiene que tratarse de uno de ellos. Nadie forzó ninguna puerta. Por lo tanto el “intruso” o bien usó una llave, o bien ya estaba dentro de la casa.

Edna abrió la puerta y puso fin a la conversación entre los dos hombres. Preguntaron por la señorita Lemarchand y la doncella les acompañó hasta el salón, donde la encontraron arreglando las flores de un jarrón. Cora se volvió y su expresión se llenó de preocupación.

-          Buenos días señorita Lemarchand- saludó Weston.
-          Buenos días, señores- saludó Cora-. ¿En qué puedo ayudarles?

Se acercó a ellos con cautela.

-          Veníamos a ver qué tal se encuentra la señora Hudson.
-           Ya ha recuperado la consciencia. Esta mañana he hablado con ella y le he explicado lo ocurrido- contestó Cora con seriedad-. Ha dicho que quiere marcharse lo antes posible. Sospecha que alguno de nosotros la drogó. La verdad, es que no la culpo; yo en su situación pensaría lo mismo.

Cora dio un suspiro de resignación mientras entrelazaba las manos a la espera de más preguntas.

-           Señorita Lemarchand, nos gustaría saber de cuántas copias de las llaves de la casa disponen- preguntó Weston.
-           A ver: yo tengo una, mi difunto tío tenía otra, la señorita Drake dispone también una copia, y el servicio tiene otro duplicado.
-           ¿Cuatro llaves en total?
-           Que yo sepa no hay ninguna más.
-           En cuanto a su llave, ¿la ha tenido siempre consigo?
-           Bueno, rara vez la llevo encima. Por lo general la tengo en mi cuarto, en un joyero que tengo encima de la cómoda. Y estos días con todo este asunto del asesinato, no he estado pensando precisamente en qué hago con la llave- contestó Cora frunciendo el ceño-. ¿Por qué me preguntan acerca de las llaves ahora?
-           Quienquiera que entrase anoche en la mansión utilizó una llave para entrar. Ninguna puerta fue forzada.

Weston decidió omitir la otra opción, pero Cora era una mujer sin un pelo de tonta.

-           O eso, o fue uno de nosotros quien atacó al mayor Kane, ¿verdad?- Cora les miró fijamente a uno y a otro por turnos-. No soy tonta. Sé que la segunda opción es la más verosímil.
-           Dios nos libre de subestimar su inteligencia, señorita Lemarchand. Le preguntamos acerca de las llaves porque barajamos cualquier posibilidad- respondió el sargento Weston.
-           En el caso de que fuesen uno de ustedes, ¿quién creé que atacó al mayor Kane?- intervino O’Connor.

Cora Lemarchand le dirigió una mirada fría como un témpano de hielo.

-           No seré yo quien acuse a alguien sin pruebas. Sólo puedo decirle que yo no fui- replicó ella con voz acerada.
-           Por cierto, ¿qué tal se encuentra hoy el mayor Kane?- preguntó Weston para suavizar la situación.
-           Ya sabe; tiene todo el cuerpo dolorido. Es un hombre poco acostumbrado a estar quieto, por eso le resulta frustrante verse impedido.
-           Los hombres como él son muy malos pacientes- dijo Weston soltando una carcajada seca.

Después pidieron ver  la señora Hudson. Cora dijo que preguntaría a la enfermera que estaba al cargo si eso era posible. Al cabo de los minutos regresó y les dijo que no había problema. Les acompañó hasta la puerta del cuarto de la mujer convaleciente. Una enfermera de aspecto amenazador les advirtió que la visita debía de ser breve y que no debían alterar a la paciente. Weston la tranquilizó al respecto. Encontraron a la señora Hudson tumbada en la cama con unos cómodos almohadones en la espalda. Estaba leyendo un periódico. Tenía el rostro cubierto de una palidez fantasmal. Llevaba puesta una bata color crema que le añadía delicadeza a su aspecto.

-          Buenos días señora Hudson. ¿Qué tal se encuentra?- preguntó Weston al entrar.
-           He tenido días mejores- dijo ella con voz cansada mientras doblaba el periódico y lo dejaba sobre su regazo.
-           Nos ha comentado la señorita Lemarchand que tiene pensado marcharse lo antes posible-intervino O’Connor.
-           Por supuesto. No pienso aguantar más tiempo en este nido de víboras. Tengo miedo de que vuelvan a tratar de quitarme de en medio. Mi doncella me ha dicho que anoche hubo un gran follón. Que alguien anduvo rondando por aquí y que atacó al mayor Kane cuando éste le descubrió. En cuanto pueda me marcho a Londres, a casa de unos amigos. Ya lo tengo todo dispuesto.
-           Si quiere puede trasladarse a casa de mi tía. Allí podrá estar más tranquila y a mi tía no le importará en absoluto- propuso O’Connor.
-           No se preocupe señor O’Connor, no permaneceré mucho tiempo aquí. Y durante este tiempo me las apañaré para no ser drogada ni envenenada. Mi doncella se encargará de cocinar todo lo que yo tome.
-           Queremos hacernos una idea de por qué razón alguien decidiese echarle el somnífero en el café. Por eso habíamos pensado que usted era conocedora de algún tipo información que lord Blackwell le hubiese confiado, y que supusiera una amenaza para alguien que no quisiera que dicha información se revelase.

La señora Hudson pareció sorprendida al escuchar aquello. Abrió los ojos y agitó lentamente la cabeza completamente incrédula.

-           No me dijo nada importante. Me habló de su vida aquí en Green Mills, de su familia, de sus negocios, pero nada tan importante como para querer quitarme de en medio.
-           A lo mejor esa persona se piensa que usted conoce dicha información y prefiere deshacerse de usted antes de arriesgarse a que usted lo revele.

La señora Hudson palideció aún más.

-           ¿No le habló acerca de la razón por la que viajó a Estados Unidos?
-           Me dijo que hacía el viaje para supervisar el trabajo de la empresa que tenía en Estados Unidos, ¿acaso viajaba por otra razón?- preguntó la señora Hudson inquieta.
-           Es una posibilidad. Tal vez realizase el viaje por alguna otra razón, y el tema de la empresa fuese simplemente la excusa- comentó O’Connor-. Por favor, tenga cuidado. Y si recuerda algo, no dude en ponerse en contacto con nosotros.
-           Y ustedes, por favor, apresúrense a averiguar quién es el causante de todo esto- exigió la señora Hudson-. Ese bobo de Scotland Yard se ha pasado la mañana haciendo preguntas absurdas y afirmando que él dará con el culpable. Francamente creo que es un incompetente.

O’Connor no pudo reprimir una sonrisa.


*                 *                 *                 *


A petición de O’Connor, Weston le acompañó a casa del doctor Levine. No le dio una explicación coherente acerca de su deseo de visitar al médico. Se limitó a decirle que se le había ocurrido una idea y quería verificar si estaba en lo cierto. Se negó a explicarle cuál era esa idea, ya que lo que realmente le empujaba a hacerlo era averiguar por qué razón había ido su primo a visitar al médico. No quería revelar esto ya que no quería poner en el punto de mira de la policía a su primo. Weston decidió no insistir.

Cuando llegaron a la casita del doctor Levine, les abrió Florence, la cual les dedicó una mirada desconfiada. Una vez que se identificaron su gesto se calmó, pero permaneció alerta. Preguntaron por el médico y les informó que hacía media hora que se había marchado el último paciente de su consulta y que acostumbraba a dedicar ese rato, hasta la hora de comer, a trabajar en sus experimentos. Se hallaba en el cobertizo que se encontraba en la parte posterior de la casa. La vieja doncella se ofreció a acompañarles. Parloteó todo el camino hasta que llegaron a un edificio de pequeñas dimensiones y construido con piedras grisáceas. Tenía el techo hecho de pizarra que mostraba numerosos desperfectos. En el pequeño porche estaba apoyada, al lado de la puerta, la bicicleta que el doctor solía usar para visitar las casas de sus pacientes que se hallaban a distancias cortas. Florence llamó a la puerta y esperó a que la voz del médico les invitara a entrar.

-          Doctor Levine, estos señores preguntan por usted.

 El médico que vestía una bata blanca y se apoyaba sobre una mesa, les dirigió una mirada curiosa y su expresión se volvió sombría.

-           ¿Ustedes otra vez? ¿Qué quieren ahora?- la voz del médico sonó cansada. Se volvió hacia la mesa y continuó con lo que estaba haciendo-. Por favor, Florence, déjenos a solas.

La mujer se marchó de mala gana por donde llegó. O’Connor echó un vistazo a la estancia. Frente a ellos se extendía una gran estantería que ocupaba toda la pared y que estaba repleta de libros y apuntes acerca de botánica, química, biología y temas relacionados con la rama de la ciencia en general. Una gran mesa ocupaba el centro del cobertizo. Estaba repleta de cachivaches de laboratorio: tubos de ensayos colocados en diversas gradillas, vasos de precipitados, matraces llenos de líquidos de color indefinido, un quemador de gas, etc... En ese momento vertía cuidadosamente unas gotas de líquido transparente con una pipeta en una placa petri. Colocó la placa bajo un microscopio y miró su contenido a través del visor. Seguidamente hizo unas anotaciones en un cuaderno de tapas desgastadas. En un rincón del cobertizo había un pequeño armario en el que se veía a través de los cristales de sus puertas numerosos botes de medicinas y sustancias debidamente etiquetadas. Weston pensó que el doctor Levine era afortunado de que el asesinato no se hubiese cometido con veneno, ya que hubiese sido entonces el principal sospechoso.

-           Doctor Levine, nos gustaría saber si vio algo extraño después de que cenaran anoche, cuando pasaron al salón para la sobremesa.
-           ¿Algo extraño? No, ¿por qué?
-           Por lo visto fue el momento en el que uno de los asistentes le echó el somnífero en el café a la señora Hudson. Hemos encontrado restos del mismo en los posos de su taza.
-           ¡Vaya!-exclamó el médico-. Pues no, no vi nada. Me pasé casi toda la noche hablando con mi prometida. Siento de no serles de más ayuda al respecto.
-           Cambiando de tema: acerca del ataque al mayor Kane, parece que su rotura es bastante grave. ¿Piensa que la lesión puede quedarle impedido de por vida?
-           ¿Impedido?- preguntó el médico con incredulidad-. No, que va. Víctor Kane es un hombre robusto y su rotura de brazo no es de las más graves. Si mantiene el suficiente reposo, en pocos meses estará recuperado.
-           Eso debe ser frustrante para un hombre como el mayor Kane, acostumbrado a estar en movimiento y ahora se va a ver impedido durante una buena temporada.
-           Bueno, no le va a quedar otra que acostumbrarse- dijo el médico quitándole importancia al asunto-. De pequeño tuve una malísima caída de un caballo y me hice una fractura en el brazo derecho muy severa. Pensaron que este brazo iba a quedar inutilizado debido a que la caída me cogió en pleno crecimiento. Y mírenme ahora, tengo el brazo perfecto.

El doctor Levine agitó su brazo al tiempo que soltaba una carcajada seca. Después recordó con quiénes estaba hablando y se volvió a poner serio.

-          Si no tienen más preguntas, les agradecería que me dejasen con mi investigación.

Weston aprovechó que el propio doctor Levine sacó a relucir el tema de sus investigaciones para hablar acerca de ellas. O’Connor le había comentado que si la entrevista con el médico se torcía, le preguntase acerca de sus investigaciones. El detective afirmaba que los hombres como el doctor Levine se entusiasmaban tanto hablando de sus experimentos que olvidaban los demás temas. Weston no sabía muy bien qué pretendía O’Connor con eso, pero le hizo caso.

-           Me habían comentado que estaba realizando una serie de estudios de lo más interesante- comentó Weston de forma despreocupada.

El doctor Levine le miró con la boca levemente abierta. Trataba de averiguar si el sargento le estaba hablando en serio. Para satisfacción de Weston, el semblante del médico se suavizó y comenzó a hablar del tema. Mientras tanto O’Connor le echaba un vistazo a los libros que allí había.

-           Bueno en realidad estoy retomando las investigaciones que realizó August Leroux a finales del siglo pasado. Leroux trataba demostrar que la achillea curassavica conocida vulgarmente como “flor del alma”[1], tenía propiedades curativas. Ya la tribu amazónica de los sheronee[2] realizaban una serie de infusiones con las semillas de dichas flores para tratar “la muerte del alma”- el médico soltó una risita-. En realidad dicha enfermedad se trataba de una infección viral del estómago que podía ser mortal. Era un virus muy común en esa zona.

Weston maldijo a O’Connor por hacerle escuchar ese plomazo acerca de las creencias de una tribu perdida de la mano de Dios, mientras que él se dedicaba a hojear los libros que tenía en la estantería.

-           Leroux en sus cuadernos de viaje comenzó a elaborar la teoría de que dicha planta no sólo podía ser curativa en lo que dicha infección se refería, sino que podía servir como tratamiento de otras enfermedades graves que nos afectan hoy día. Desafortunadamente murió a causa de la infección viral que afectaba a los sherone, dejando inconclusa su investigación.

Weston estuvo a punto de preguntar qué ya que la planta era curativa, por qué no se tomó la “infusión milagrosa”, pero prefirió morderse la lengua y evitar que así, el doctor Levine se volviera a mostrar poco colaborador.

-           Mi intención es continuar con su estudio tal y como él lo dejo, y la verdad es que he hecho unos avances interesantes. Lamentablemente no dispongo de los medios necesarios. Se necesita mucho dinero para la investigación y un sitio adecuado, no un cobertizo que se cae a trozos- se lamentó el médico mirando a su alrededor.
-           Resulta de lo más fascinante- comentó O'Connor mientras miraba un libro de tapas oscuras-. Fue mi primo Colin el que nos comentó acerca de sus investigaciones. Parece realmente interesado por sus estudios.

El doctor Levine se mostró halagado.

-           Me comentó que estuvo aquí ayer por la tarde.
-           Efectivamente, me estuvo ayer haciendo compañía. Se mostró interesado por mis experimentos y por temas relacionados con venenos y drogas. Por lo visto en su bufete están trabajando en un caso de asesinato por envenenamiento y necesitaba asesoramiento con respecto a este tema. Estuvimos hablando acerca de venenos difíciles de detectar y acerca de drogas alucinógenas- el médico se aproximó al detective y observó el libro que tenía en las manos-. De hecho, le estuvo echando un vistazo a este libro que tiene usted.

O’Connor fijó la vista en el libro. Se trataba de un estudio acerca de los usos de los venenos a lo largo de los siglos y de diferentes civilizaciones. Describía diferentes tipos de drogas y venenos tales como la atropina o la belladona; describían como los usaban para usos curativos, en ritos religiosos o para fines más oscuros. El detective permaneció con la vista perdida. La duda había dado paso a la incertidumbre. “De modo que esto es lo que tienes en mente, Colin”.






[1] Tanto el nombre de la planta como sus propiedades curativas son ficticias.
[2]  Sheronee: tribu ficticia.

¿SABES YA QUIÉN ES EL ASESINO? VOTA EN LA ENCUESTA, YA QUEDA MENOS PARA AVERIGUARLO!!!

sábado, 12 de noviembre de 2011

CAPÍTULO 16

CAPÍTULO 16
ATAQUE NOCTURNO


E
ran las dos y media de la madrugada cuando el estridente timbre del teléfono rompió el plácido silencio en casa de los McCarthy. Stephen O’Connor encendió la lamparita de su mesilla, consultó el reloj. Saltó de la cama sospechando, que quienquiera que llamase a esas horas, probablemente lo haría por algo urgente. Mientras salía a toda prisa del cuarto se fue poniendo la bata. Bajó las escaleras y cogió el teléfono antes de que despertase a toda la casa.

-          Residencia de los McCarthy, ¿dígame?
-           Buenas noches, necesito hablar con el señor O’Connor. Es urgente- la voz al otro lado de la línea era femenina, pero muy grave.
-           Stephen O’Connor al habla.
-           Señor O’Connor… soy la señorita Drake. Tiene que acudir a Blackwell Manor. Alguien ha entrado aquí esta noche y ha atacado al mayor Kane- la voz de la secretaria, por lo general serena, denotaba un leve deje de nerviosismo.
-           Enseguida voy- contestó antes de colgar.

Raudo y veloz procedió a subir a su cuarto y ponerse ropa de calle. Cogió las llaves de su “dos plazas” y salió sin hacer ruido. Afortunadamente en la casa, nadie parecía haberse dado cuenta de la llamada. “Mejor así”, pensó. Si su tía se hubiese despertado le habría acribillado a preguntas y no se habría ido de vuelta a la cama hasta que él hubiese regresado de Blackwell Manor. Salió del camino de grava marcha atrás y se bajó del coche para abrir la verja. Fue entonces cuando distinguió una sombra que andaba a hurtadillas por un lateral de la casa. La noche era fresca y estaba casi libre de nubes, de modo que la luna iluminaba el jardín. A pesar de ocultarse entre las sombras, los faros del coche delataron una figura que trataba de no ser visto por todos los medios. O’Connor entrecerró los ojos para tener una mejor visión y comprobó que dicha persona era su primo Colin. “¿Qué diablos hacía fuera a estas horas?”, se preguntó bajándose del coche. Se disponía a llamarle cuando vio que su primo se escabullía hacía la parte trasera de la casa. Dudó entre perseguirle y averiguar qué hacia fuera como un vulgar ladrón o volver a montarse en el coche. Ante la urgencia de la llamada, O’Connor se volvió a montar en el "dos plazas" y se marchó sin ni siquiera volver a cerrar la verja.

Circulaba a la altura de la casa del doctor Levine, cuando vio que éste salía por el camino de la entrada de su casa, dispuesto a montarse en su propio vehículo.

-          Doctor Levine, suba. Vamos en la misma dirección.

El doctor se quedó unos segundos sorprendido, pero una vez que reconoció al detective se apresuró a montase en el “dos plazas”.

-           ¿A usted también le han llamado de Blackwell Manor?- preguntó el doctor nada más montarse en el coche.
-           Sí, ¿qué ha pasado?
-           La señorita Drake me ha pedido que acuda a la mansión. Al parecer un intruso ha entrado en plena noche. El mayor Kane ha sido atacado. Poco más sé.

El doctor Levine se enjugó el sudor con un pañuelo. Respiraba trabajosamente. Sería debido a las prisas.

-           ¡Dios mío, ojala acabe ya esta locura y atrapen al asesino!- murmuró el doctor mirando de reojo al detective.
-          ¿Cree que el intruso es el mismo que mató a lord Blackwell?
-           Por supuesto. Sigo pensando que el asesino fue alguien de fuera. Son ustedes los que se han empeñado en la absurda idea de que uno de nosotros lo asesinó- el tono del doctor era cáustico.

No intercambiaron ninguna palabra más mientras bajaban la carretera empinada que bajaba hasta Blackwell Manor. Cruzaron el camino de gravilla que ascendía hasta la mansión. Alguien del servicio había tenido a bien de dejar la verja abierta. O’Connor aparcó cerca de la entrada. Se bajó del coche y se dirigió hacia la puerta seguido del doctor Levine que cargaba con su maletín. Llamaron a la puerta con contundencia y casi al instante les abrió la puerta la señorita Drake. El doctor Levine no pudo evitar una sensación de déjà vú comparando la situación que estaba viviendo con la de la noche del asesinato: la secretaria abriendo la puerta, vistiendo la misma horrible bata, con el pelo recogido de la misma forma e idéntica palidez fantasmal en el rostro.

-          Pasen por aquí, por favor.
-          ¿Ha llegado ya el sargento Weston?- preguntó O’Connor.
-          No, aún no. No tardará en llegar-contestó la secretaria-. Síganme a la sala.

Una vez que entraron en la estancia encontraron al mayor Kane sentado en un sillón. Le acompañaban Cora y el señor Samuelson. El mayor Kane presentaba un aspecto lamentable. Estaba pálido como un muerto  y cubierto de sudor frio. Tenía una pequeña herida en la sien que Cora se esmeraba en limpiar de sangre con un trocito de algodón. Vestía los pantalones de un pijama oscuro, y estaba desnudo de cintura para arriba. Su brazo derecho presentaba una extraña malformación que indicaba la rotura de un hueso.

Cora se levantó cuando vio entrar a los dos recién llegados. Se dirigió al doctor Levine con paso decidido.

-           Barry, hemos llamado a tu casa en tres ocasiones. ¿Por qué has tardado tanto en contestar al teléfono?
-           No sé porqué Florence no lo ha oído. Ya sabes que suelo tener el sueño muy profundo y he tardado en despertarme con el timbre del teléfono- contestó el doctor acercándose al mayor Kane-. Vaya, ¿qué tenemos aquí? Tiene mala pinta…

El mayor Kane soltó un quejido cuando el médico le tocó suavemente el brazo para examinarlo.

-           Se trata de una fractura, vamos a tener que escayolarle- murmuró pensativo.
-           ¿Cómo se ha hecho eso?- preguntó O’Connor hablando por primera vez.
-           Se cayó por las escaleras- respondió Cora.
-           Me empujaron- corrigió el mayor Kane.
-           Bueno, ya tendrá tiempo de preguntarle, O’Connor. Ahora procederemos a escayolar el hueso- el tono del doctor Levine era solemnemente profesional-. Cora, necesitaré tu ayuda. Señorita Drake, necesitaré que me traiga unas cosas. El resto, por favor, que salgan del salón y dejen de estorbar.

El médico lanzó una mirada de reproche al señor Samuelson que tenía el rostro verdoso y parecía a punto de vomitar. Este salió del salón encantado de la vida. Una vez fuera en el recibidor, Cassandra apareció por la biblioteca. Abrió los ojos con sorpresa al verles.

-          O’Connor, ¿qué hace aquí? ¿Ha pasado algo?
-           ¿Dónde se había metido, señorita Jones? La señorita Drake fue a ver si estaba en su cuarto y no la encontró allí- comentó el señor Samuelson.
-           No conseguía dormirme y estuve en el invernadero pintando un rato. A veces lo hago cuando no consigo conciliar el sueño.

O’Connor le explicó lo poco que sabía. Cassandra se mostró sorprendida y asustada.

-           Alguien merodeando por aquí y yo despierta. ¡Dios mío!, ¿Qué habría pasado si me hubiese topado con él?- dijo la chica estremeciéndose.
-           Entonces, ¿no vio a nadie ni escuchó nada?- preguntó el detective.
-           Nada de nada.


*                 *                 *                 *

Una vez que le habían escayolado el brazo y se lo habían inmovilizado, subieron al mayor Kane a su habitación. La herida de la cabeza no había necesitado puntos de sutura. El accidentado miró a Weston y a O’Connor que se hallaban a los pies de la cama. El doctor Levine se acababa de marchar del cuarto, no sin antes advertirles que no atosigaran al paciente con sus preguntas.

-           Bien, mayor Kane, cuéntenos todo lo ocurrido desde el principio, por favor- pidió el sargento Weston todavía malhumorado por haber sido despertado a esas horas.
-           Esta noche no conseguía conciliar el sueño debido a un dolor de muelas que tenía (con el brazo roto ya no me acordaba del dolor de muelas), de modo que me hallaba leyendo una novela que había cogido de la biblioteca. De pronto la luz se fue. Pensé que se trataba de algún fallo en el tendido eléctrico, de modo que opté por volver a intentar dormirme. No pasó más de un par de minutos cuando escuché un ruido en el pasillo. Como si hubiesen tirado un objeto al suelo. Me incorporé inmediatamente pensando que podría tratarse de un ladrón. Abrí la puerta lentamente y asomé la cabeza. A través de la luz que se filtraba por una ventana del pasillo distinguí una figura que andaba de forma sigilosa. Volvía de los cuartos que se encuentran a la derecha según se sube la escalera, justo al otro lado de donde ahora nos encontramos. Salí de puntillas de mi cuarto dispuesto a abordar al intruso. Debió escucharme por que cuando me disponía a saltar sobre él, esquivó mi ataque con agilidad. Perdí el equilibrio, cosa que el intruso aprovechó para empujarme por las escaleras. Después no recuerdo nada. Perdí el conocimiento. Cuando desperté estaba en el salón con el brazo roto.
-           ¿Distinguió al atacante? ¿Vio si era hombre o mujer?
-           Juraría que se trataba de un hombre.
-           Las habitaciones que se encuentran al otro lado del pasillo son las pertenecientes a las señoras, podría haber sido alguna de ellas que saliese de su cuarto en ese momento.
-           No, esa persona se movía con muchísimo sigilo. No quería que le descubrieran. Si hubiese sido una de las señoras, ¿por qué me habría atacado entonces?

O’Connor pudo darle una respuesta, pero prefirió omitir su opinión.

-           Encontramos en el suelo una figura de bronce que hay sobre una mesita en el pasillo. Ese debió ser el ruido que escuchó.

En ese instante alguien llamó a la puerta, y sin esperar respuesta apareció Cora. Un estado de nerviosismo imperaba en ella.

-           ¡Por favor, vengan conmigo! ¡Es la señora Hudson! Nos hemos extrañado de no verla despierta con el jaleo que se ha montado. Hemos ido a su cuarto y está tendida en su cama. ¡Pero no conseguimos despertarla!

Weston y O’Connor se apresuraron a salir del cuarto del mayor Kane. Junto a la puerta de la señora Hudson se encontraba Casandra, la señorita Drake y el señor Samuelson. Apartaron a estos de la misma y entraron precedidos de Cora. El doctor Levine estaba inclinado sobre la mujer que parecía dormir plácidamente. Sus movimientos eran rápidos y precisos.

-           Su pulso es flojo- repuso con seriedad-. Parece que ha tomado una dosis excesiva de algún somnífero.


*                 *                 *                 *


El doctor salió del cuarto de la señora Hudson con rostro fatigado.

-           Parece que está fuera de peligro- repuso sencillamente-. La dosis que tomó ha sido excesiva, pero no mortal.
-           ¡Menos mal!- exclamó Cora entrelazando sus manos con nerviosismo.
-           He mandado llamar a una enfermera de guardia. Permanecerá con ella esta noche. La doncella de la señora Hudson también se encargará de cuidarla. A primera hora regresaré para ver como se encuentra.

El doctor Levine cogió su maletín y se marchó con andar cansado. O’Connor llevó aparte a Weston.

-           La doncella de la señora Hudson jura que su señora nunca ha tomado ningún tipo de sedante para dormir- comentó O’Connor bajando la voz.
-           ¿Cree que quienquiera que rondase por la casa se coló en el cuarto de la señora Hudson para sedarla?- preguntó Weston. O’Connor se encogió de hombros-. Pero entonces, ¿por qué la señora Hudson no se despertó ni dio la voz de alarma?
-           Tal vez ya estuviese sedada y el intruso entró en el cuarto para dios sabe qué razones.
-           ¿Por qué querría nadie hacer eso?
-           No lo sé. Tal vez la señora Hudson sabe algo que alguien no quiera que salga a la luz.
-           Y si tan interesada está en que resolvamos este caso, ¿por qué no nos lo ha dicho?- inquirió Weston.
-           Porque tal vez ella desconozca la importancia de lo que sabe.

O’Connor permaneció pensativo unos instantes. Un oscuro pensamiento nubló su semblante. ¿Qué hacía Colin accediendo a su casa como un vulgar ladrón? ¿Vendría de Blackwell Manor? Si era así, ¿a que había venido? Se lo preguntaría por la mañana.


YA QUEDAN POCO CAPÍTULOS PARA DESCUBRIR LA TRAMA DE ESTE RELATO, POR LO QUE DEBEIS TENER UNA IDEA APROXIMADA DE QUIÉN ES EL CULPABLE. VOTAD EN LA ENCUESTA Y COMPROBAD SI ESTAIS EN LO CIERTO!!!!

martes, 25 de octubre de 2011

CAPÍTULO 15

CAPÍTULO 15
BROWNE & JENKINS INVESTIGADORES INC.



C
uando Stephen O’Connor entró en el despacho del sargento Weston, lo encontró sentado con el ceño fruncido y fumando como un carretero.

-          ¡Ah, es usted!- dijo sin mucho entusiasmo.
-           Yo también me alegro de verle, Weston- dijo O’Connor sentándose en la silla que estaba frente al escritorio del sargento. Se acomodó estirando sus largas piernas-. Por teléfono sonaba muy alterado, ¿qué ha pasado?
-           Ha llegado esto del consulado británico en Estados Unidos. Ellos están haciendo de puente de información entre nosotros y Browne & Jenkins- contestó Weston tendiéndole el telegrama.

O’Connor lo desdoblo y lo leyó. Sus cejas se arquearon con sorpresa.

-           ¿Un incendio?
-           Efectivamente. Ayer se produjo un incendio en el despacho de los detectives que lord Blackwell contrató. Me comentan desde el consulado que no hay duda de que el incendio fue intencionado. Sospechan que puede haber sido alguna banda organizada la que haya actuado por encargo. No ha habido heridos, pero se creé que se ha perdido toda la documentación de los casos que habían llevado en la agencia de detectives.
-           ¡Vaya! Entonces la acusación contra Samuelson se ha echado a perder. No hay rastro del dossier de lord Blackwell y las copias que pudiesen haber de los informes han desaparecido en el incendio. ¿Quién nos dice a nosotros que en estos días Samuelson no ha podido maquillar los fallos de su desfalco? Piense que desde la muerte de lord Blackwell ha estado colgado constantemente del teléfono. Puede haber gestionado todo esto desde aquí con la ayuda de algún cómplice.
-           Ya hemos pensado en eso- repuso Weston apagando su cigarrillo-. Vamos a rastrear las llamadas efectuadas a ver si encontramos algo sospechoso. Investigaremos también las llamadas hechas desde la empresa de lord Blackwell.

Weston dio un suspiro cansado. Encendió otro cigarrillo, le ofreció uno a O’Connor, pero este negó con la cabeza.

-           Estamos intentando ponernos en contacto con la agencia de detectives para que nos expliquen de primera mano lo que investigaron, pero resulta muy complicado- se lamentó Weston- Por cierto, ¿qué ocurre con Argeneau? ¿Ha conseguido averiguar algo?
-           De momento no. Hay que esperar unos días. He puesto el asunto en mano de unos “colaboradores”. Si está vivo, ellos conseguirán dar con él.
-           ¿Piensa acaso que esté muerto?
-           Es una posibilidad, ¿no creé?- contestó O’Connor encogiéndose de hombros-. Pero conociéndole no lo creo probable. Es muy escurridizo.
-           ¿Quiénes son esos “colaboradores”?
-           Me temo que eso no puedo decírselo.
-           ¿Acaso es algo ilegal?
-           No, que va- dijo O’Connor riéndose-. Simplemente trabajan con muchísima discreción y no están interesados para nada en que su labor se conozca. Ahí radica precisamente la razón por la que uso sus servicios.

Weston no parecía convencido del todo.

-           ¿Por qué me pidió que ocultase ese dato a Rendell?
-           Porque lo que quiero hacer es localizar a Argeneau para hablar con él y averiguar si la razón por la que el contrató lord Blackwell tiene que ver con su asesinato. Si ve que los de Scotland Yard van tras su pista, no tardará en volver a desaparecer.
-           Entiendo.
-           ¿Le ha presionado Rendell al respecto? Si es así, el pido disculpas, amigo mío.
-           No, para nada- dijo Weston quitando importancia con su mano-. Ese zoquete pagado de sí mismo ha tenido delante de sus narices la chequera del difunto, tal y como la tuvo usted. Si no ha sabido llegar a la conclusión a la que ha llegado usted, es su problema. Y no voy a ser yo, un viejo sabueso que debía retirarse ya mismo, el que le va a poner sobre la pista- el tono de Weston sonó con mucho resquemor hacia el inspector de Scotland Yard.

O’Connor se limitó a sonreír de forma comprensiva.


*                 *                 *                 *


La cena en Blackwell Manor había finalizado y pasaron todos al salón para charlar. Desde la muerte de lord Blackwell, no se habían vuelto a reunir en la biblioteca, tal y como hicieron la noche del crimen. Edna había dispuesto una bandeja con té y café para que los propios invitados se sirvieran. Fue la señorita Drake la que sirvió a los demás invitados. Cassandra y la señora Hudson prefirieron café solo. Cora pidió un té. El doctor Levine declinó tomar nada. Por su parte, el mayor Kane y el señor Samuelson prefirieron servirse del mueble bar whisky con seltz. A éste último se le veía bastante animado. Los últimos días había estado huraño y había dado malas contestaciones. En cambio esa noche se le veía de mejor humor, gastando bromas incluso. La señorita Drake optó por prepararse un té, ya que si tomaba café posiblemente le costase dormir. Cogió su taza y se sentó en un butacón, cerca de donde se hallaba la señora Hudson hablando con el mayor Kane y con el señor Samuelson.

Cora y el doctor Levine se habían apartado un poco del resto de invitados y hablaban en voz baja.

-           Siento haberme comportado como un tonto intransigente. Debería haberte servido de más ayuda en vez de haberte ocasionado más preocupaciones en estos días tan duros- decía el doctor Levine-. ¿Me perdonarás?
-           ¡Oh, Barry! Por supuesto que te perdono. Yo también he tenido la culpa de esto. He estado bastante tensa estos días y lamento haberme puesto hecha una furia el otro día.
-           Nos casaremos cuando tú decidas, ¿de acuerdo? Te daré todo el tiempo que necesites. Sin presiones- dijo él con una sonrisa radiante.
-           He estado pensando estos días que podríamos mantener la fecha de la boda prevista, pero celebrándola de forma íntima. Sin apenas invitados. Ya sabes, por respeto a la memoria del tío Rufus. Eso si te parece bien.
-           Si quieres que la boda sea así, así será- respondió el doctor Levine.

Cogió las manos de su prometida entre las suyas. Se las acercó a los labios y besó la punta de los dedos con delicadeza. El gesto no pasó desapercibido para el mayor Kane, que si bien había estado tomando parte en la conversación con Samuelson y la señora Hudson, no había perdido de vista a la pareja de enamorados ni un segundo. La voz de Samuelson le trajo de vuelta a la realidad:

-          Señor Kane, ¿me escucha?
-          Disculpe, no le había oído. ¿Me decía?
-           ¡Dios mío, Kane parece que ha visto un fantasma! Le preguntaba si quería otro whisky- le dijo Samuelson agitando su vaso vacio y haciendo tintinear los cubitos de hielo.
-           No, gracias. Estoy servido- contestó él levantando su vaso para enseñarle el contenido del mismo.
-           Como quiera- repuso el otro hombre dirigiéndose hacia el mueble bar.

La señora Hudson y el mayor Kane quedaron en un incómodo silencio con la marcha del señor Samuelson.

-          Debe de ser muy duro para usted- dijo la señora Hudson con voz suave.
-          ¿Perdone?
-          Me refiero a lo de la señorita Lemarchand… verla casarse con otro.

El mayor Kane enrojeció súbitamente.

-          No sé quien le habrá dicho…
-           ¡Oh, no me lo ha dicho nadie! No hace falta ser muy listo para darse cuenta- la señora Hudson le dedicó una sonrisa dulce- Espero que pueda olvidarla pronto.

El mayor Kane sentía que su cara le ardía de vergüenza. No sabía ni que decir ante la franqueza de aquella mujer.

-           Y bien, ¿tiene pensado regresar pronto a Estados Unidos o va a quedarse una temporada en Inglaterra?
-           ¿Tanto le he incomodado que ya quiere que me marche de aquí?- inquirió la señora Hudson sonriendo.
-           No… yo no quería decir…- el mayor Kane se puso aún más rojo por su metedura de pata.
-           Le estaba tomando el pelo, he entendido lo que quería decirme- le tranquilizó ella-. Mañana regresaré a Londres. No hay razón alguna para permanecer más aquí. Pero no quiero marcharme aún Estados Unidos hasta que se esclarezca el caso.
-           ¿Y si no se resuelve el caso?- preguntó él con tono seco.

Ella le miró intensamente a los ojos.

-           Se resolverá- afirmó ella enérgicamente.

Cassandra desde el sofá en el que estaba sentada interrumpió esta conversación. Llamó a la señora Hudson para que ojease junto a ella un álbum de fotos que tenía abierto sobre el regazo. La americana se acercó de buena gana hacia donde estaba la joven. Dejó su taza de café a medio terminar en una mesita auxiliar junto a la de Cassandra.

-          Supuse que le agradaría ver alguna foto del “tío Rufus”.
-           Cassandra no creo que a la señora Hudson le apetezca ver fotografías de lord Blackwell. Seguro que le entristece- ladró la señorita Drake desde su butacón.
-           La verdad es que la idea me agrada. Me apetece ver las fotografías- contestó la señora Hudson.

Cassandra se mostró entusiasmada. La señorita Drake les dedicó una mirada de desaprobación mientras le daba un sorbo a su té. La chica fue pasando las páginas del álbum, comentando con la señora Hudson las fotos que iban viendo. Cora y el doctor Levine se acercaron a donde estaban ellas para unirse a la actividad y culminar de esa manera una agradable velada.