domingo, 18 de marzo de 2012

CAPÍTULO 19

CAPÍTULO 19
“NOTÉ QUE LA MUERTE PASABA POR MI LADO”
 
 
A
la mañana siguiente el sol relucía con una fuerza inusitada. Las gotas de lluvia de la tormenta que había estallado durante la noche anterior perlaban la hierba verde del campo. O’Connor se desperezó ruidosamente mientras miraba el paisaje típico de la campiña inglesa que se extendía frente a él. Se encontraba de mejor humor. Finalmente había conseguido descansar y tenía la mente más despejada. Se afeitó y se aseó. Bajó las escaleras principales y, según lo hacía, sintió un escalofrío al notar la corriente de aire que se filtraba a través de la puerta de la calle que estaba abierta. A pesar de ser una mañana soleada, una fría brisa daba fe de la estación en la que se encontraban. En la puerta principal Annie se despedía del cartero con un tono algo pícaro. Cerró la puerta mientras hojeaba el montón de cartas que tenía en sus manos.

-           Buenos días señor O’Connor- dijo la joven con su habitual tono de voz tan simpático.
-           Buenos días, Annie. ¿Ha llegado algo para mí en el correo de hoy?

La joven doncella echó un último vistazo a las cartas y finalmente negó con la cabeza. El detective cogió las misivas y le dijo que él se encargaría de entregárselas a su tía. La encontró en el comedor terminando su desayuno. Tras darle los buenos días, le dejó las cartas y dio buena cuenta del desayuno. Antes de salir llamó a su primo por teléfono. Contestó su patrona y le informó que su primo acababa de salir. O’Connor le dejó un mensaje para que se lo trasmitiese.

Cogió su “dos plazas” para conducir hasta el vecino pueblo de Kentwood. Allí realizaría una visita a Alice, la joven que estuvo empleada en Blackwell Manor y que había dejado su puesto de trabajo tras el asesinato. La policía había interrogado a la chica, pero él no había estado presente en el interrogatorio. Ni siquiera había tenido ocasión de hablar con ella. Durante el desayuno había sonsacado a su anciana tía el paradero de la joven. La señora McCarthy le informó de que la joven se había trasladado a Kentwood, a casa de una tía suya; una tal señora Lamb.

Cuando llegó a Kentwood preguntó en la estafeta de correos por la residencia de la señora Lamb. Le informaron que se encontraba al final de la calle principal, justo frente a la estación de trenes. No había pérdida. Cuando llegó a la estación de trenes se encontró con una pequeña casa humilde, pero de aspecto acogedor. Con un pequeño jardín delantero rodeado de una valla de madera pintada de blanco, al igual que el resto de la casa. O’Connor se bajó del coche. Abrió la puerta y recorrió el corto sendero que conducía hasta la puerta principal. Llamó con los nudillos y una potente voz femenina respondió al instante.

-           En seguida voy, un momento.

Pocos segundos después una mujer cincuentona, de aspecto robusto y cabellos oscuros recogidos en un moño, hizo su aparición. Le dirigió una mirada penetrante mientras se secaba las manos en el delantal.

-           Si viene vendiendo algo, pierde el tiempo. Tenemos de todo- la voz de la señora Lamb sonó como un ladrido.

Tras presentarse, la actitud de la señora Lamb cambió notablemente. Primero se quedó un tanto confusa. Pero luego la hospitalidad inundó su espíritu. Le invitó a pasar mientras se disculpaba por el desorden reinante. O’Connor arqueó las cejas al observar que todo el aspecto de la casa era impoluto. “¿Desorden? Debería ver mi casa”, pensó divertido. La señora Lamb le ofreció tomar algo. Finalmente aceptó un vaso de cerveza que la señora insistió en que tomara. Seguidamente la buena señora llamó a su sobrina. La chica contestó desde el piso de arriba y en seguida se le escuchó trotando escaleras abajo. Recordaba a la chica de la encuesta judicial. Tenía el mismo aspecto bobalicón y patético. Llevaba su pelo finísimo recogido en una sencilla trenza bastante enmarañada. Alice abrió desmesuradamente los ojos como un conejo asustado al reconocer al detective.

-           ¡Vamos, Alice! No te quedes ahí parada y saluda al señor O’Connor. Ha venido a hablar contigo- ordenó la señora Lamb-. ¡Menuda chica más atolondrada!
-           Buenos días… señor O’Connor. ¿Cómo está?- preguntó Alice con voz temblorosa mientras se acercaba y le estrechaba la mano.
-           Buenos días, Alice- dijo O’Connor mostrando su mejor sonrisa para ganarse la confianza de la chica-. Perdone que me haya presentado aquí. Ya sé que ha hablado con la policía en numerosas ocasiones, pero no tuve ocasión de hablar con usted, y me gustaría hacerle unas preguntas.

Alice miró a su tía interrogadoramente, como para pedirle permiso. La mujer instó a su sobrina a que hablase sin problemas con el detective. A un gesto de su tía, se sentó frente al detective de forma muy tensa, con los puños apretados contra el regazo, a la espera de las preguntas.

-           Va a ser muy sencillo, Alice. No quiero que se ponga nerviosa- le dijo O’Connor con voz apaciguadora-. Necesito que me describa con todo lujo de detalles todo lo ocurrido después de la cena de la noche del crimen.

Alice palideció ante la mención de la palabra “crimen”. Finalmente tomó aire y comenzó a hablar con voz vacilante:

-           Una vez que terminaron de cenar y se marcharon a la biblioteca, nos quedamos recogiendo el servicio a toda prisa. La señorita Drake vino a regañarnos por un par de detalles que no le había gustado durante la cena. Siempre anda gruñendo- comentó la chica animándose por momentos.
-           Ya me he dado cuenta de que es una tirana- dijo O’Connor con tono cordial. Alice rió con su risa bobalicona.
-           Inmediatamente después me ordeno que llevase el servicio de café a la biblioteca. Me dijo que ya tenía que estar allí, antes de que llegasen los invitados. Fue la propia señorita Drake la que sirvió el café.
-           Fue la última en ver a lord Blackwell, ¿verdad?

Alice volvió a ponerse tensa.

-           Sí… creo que sí. Estaba recogiendo el servicio del café cuando llegó lord Blackwell.
-           ¿Qué hora era?
-           Las doce menos cuarto aproximadamente.
-           Continúe, por favor.
-           Se le veía un poco ofuscado. Tenía mala cara. Parecía que tenía dolor de cabeza. Pensé en ofrecerle una aspirina, pero como me despidió con brusquedad, no lo vi oportuno.
-           ¿Qué le dijo exactamente?
-           Creo recordar que dijo: “¡Jovencita, lárguese de aquí! Ya tendrá tiempo de recogerlo mañana”- Alice puso la voz grave tratando de imitar la voz de su difunto jefe-. Yo ya tenía el servicio prácticamente recogido, así que me marché enseguida con la bandeja.
-           ¿Vio algo extraño en la estancia? ¿Algo fuera de lo común? Por favor, tome su tiempo para recordar.

La joven entrecerró los ojos recordando la biblioteca. Finalmente negó con la cabeza.

-           Estaba todo correcto en cuanto a una habitación en la que se acaba de reunir gente se refiere. A excepción de algunas botellas del mueble bar que estaban fuera de su sitio o de algunos asientos descolocados; lo demás estaba en perfecto orden. Pero bueno, no le di mucha importancia, ya que fue lord Blackwell el que me echó de la biblioteca. Por la mañana lo colocaría todo.
-           Bien, ¿hablaron usted y sus compañeras del algo en concreto antes de dormir?

Alice pareció vacilar y se sonrojó. La señora Lamb le animó con su mirada a que continuase hablando.

-           Bueno, estuve comentando con Edna el desarrollo de la cena. Cotilleando un poco, ya sabe. Edna me comentó que había escuchado durante la cena que lord Blackwell anunció que se iba a casar. Yo pensé que me estaba tomando el pelo. Pero me juró que decía la verdad y que tras la cena se reunió con la señorita Lemarchand y la señorita Jones. Especulamos acerca de lo que estuvieron hablando.
-           ¿No hablaron de nada más?

Alice negó con la cabeza.

-           Cuénteme qué hizo la mañana siguiente, por favor.
-           Nos despertamos un poco antes que de costumbre. Yo quería tener ordenada la biblioteca para cuando los señores se despertaran, e ir encendiendo las chimeneas de la casa. Edna fue colocando el servicio del desayuno y echándole una mano a la señora Cooker, la cocinera, a prepararlo. Como Gladys, la otra doncella, tenía unos días libres íbamos un poco justas de tiempo- Alice tragó saliva antes de continuar-. De modo que me dirigí a la biblioteca. Estaba todo a oscuras. Abrí la puerta y entonces lo noté…
-           ¿El qué noto?

 La joven se estremeció sólo de recordarlo.

-           Pensará que estoy loca…-dijo la chica con tono vacilante-. Sentí cómo la muerte escapaba de esa habitación. Noté que la muerte pasaba por mi lado- dijo Alice con un hilo de voz-. Sentí un fuerte escalofrío nada más abrir la puerta, como si una corriente de aire se filtrara por algún sitio. Percibí después un olor raro. Supe entonces que algo iba mal.

Alice pareció vacilar. O’Connor le animó a que prosiguiera, que no pasaba nada.

-           Entonces encendí la luz… y allí estaba lord Blackwell… muerto- se le quebró la voz y se puso a lloriquear. Su tía le entregó un pañuelo y la tranquilizó poniéndole las manos en los hombros.
-           Alice es una buena chica, un poco atolondrada, pero con buena disposición. Es horrible que una chica como ella haya tenido que vivir una experiencia tan terrible- dijo la señora Lamb.
-           Es una chica muy valiente, Alice. Le agradezco este esfuerzo tan grande que está haciendo. Necesito que me cuente que hizo después.
-           Apenas recuerdo nada de lo que ocurrió después. Sé que grité mucho y que salí corriendo de allí. El ver tanta sangre me impresionó mucho. Ese fue el olor tan raro que noté: el de la sangre- Alice palideció al recordarlo-. Corrí a la habitación de la señorita Drake. Ella es muy eficiente y sabría lo que había que hacer. Regresamos al piso de abajo y cuando llegó Edna creo que me desmayé. Lo siguiente que recuerdo es cuando desperté en mi habitación.

O’Connor les dio las gracias a ambas mujeres por su ayuda. Le preguntó a Alice por su futuro y su tía afirmó orgullosa que le había conseguido una colocación en Kentwood, en casa de una vieja viuda. Una casita pequeña donde no se cometían asesinatos. O’Connor se despidió de ella y almorzó en el Four Corners mientras digería lo que la chica le había contado. Parecía todo muy intrascendental, pero había un comentario de Alice que le parecía muy interesante.


*                 *                 *                 *


Aquella misma tarde se dirigió hacia Blackwell Manor. Edna abrió la puerta y le informó al detective que todos estaban en el salón tomando el té. La joven le precedió y encontró allí a todos los sospechosos a excepción del doctor Levine. La señorita Drake se disponía a servir el té. Cora se acercó al detective con una sonrisa amable pero tensa.

-           Si viene a buscar al sargento Weston o al inspector Rendell, llega tarde. Se han marchado hace un rato.
-           Bueno, en realidad venía a ver a la señora Hudson.
-           Me temo que también es tarde para eso. Se marchó esta mañana a primera hora.
-           Normal que se haya marchado. No quiere arriesgarse a que el asesino falle esta vez- dijo el señor Samuelson con malicia.
-           ¡Señor Samuelson!- le reprochó Cora-. ¿Le gustaría tomar el té con nosotros, señor O’Connor?

El detective aceptó de buena gana. El señor Samuelson se excusó diciendo que tenía que hacer unas llamadas.

-           Cassandra, ¿quieres leche en el té?- le preguntó la señorita Drake.
-           Señorita Drake, ya sabe que yo sólo tomó café. Sin leche, por favor- respondió Cassandra con la mirada perdida.
-           ¡Oh, es verdad! Se me olvidaba. ¡Dichoso café! Te tengo dicho que eso no es bueno para tus nervios, Cassandra- le regañó la secretaria.

Cassandra no se molestó en replicarle. Sencillamente le tendió la taza para que se la llenara. La secretaria soltó un bufido de desaprobación y le llenó la taza con el líquido oscuro.

-           ¿Qué tal va ese brazo, mayor Kane?- preguntó O’Connor.
-           Bueno, he vuelto a mi tierna infancia. A cuando no podía hacer nada sin ayuda- se lamentó el mayor Kane con una sonrisa triste.
-           ¡Paciencia, mayor Kane!- contestó el detective.

El mayor Kane llevaba el brazo en cabestrillo y una gasa cubría la herida que se había hecho en la cabeza. La señorita Lemarchand le ayudaba mientras le tendía la taza de té para que él la cogiese con el brazo que tenía libre. El mayor Kane le dedicó una sonrisa tímida. Ella tenía un aspecto de lo más maternal.

Pasaron un rato agradable, a pesar de que todos actuasen con bastante tensión ante la presencia del detective. Una vez terminaron, O’Connor le pidió a la señorita Drake si le podía acompañar un segundo, ya que necesitaba hablar con ella a solas. La señorita Drake obedeció sin inmutarse y salió detrás de él. Una vez fuera, se dirigieron hacia la biblioteca.

-           Me gustaría hacer un pequeño experimento, señorita Drake.
-           ¿Un pequeño experimento?- preguntó ella arqueando las cejas con extrañeza.
-           Necesito que recreé usted los movimientos y las sensaciones que experimentó cuando le anunciaron el asesinato.
-           ¿Para qué necesita usted saber eso?
-           Por favor, haga lo que le digo aunque le parezca absurdo.
-           Bien- comentó ella poco convencida-. Estaba durmiendo plácidamente cuando entró Alice como una loca gritando que habían matado a lord Blackwell.
-           Por favor, sea explícita. Cuénteme todos los pensamientos que tuvo en cada momento, por muy absurdos que le parezcan.
-           No valgo para eso. Soy una persona poco imaginativa.
-           Por eso precisamente necesito que lo haga. No me vale una persona que pueda adornar los hechos. Necesito objetividad.
-           De acuerdo, continúo- dijo la secretaria dando un suspiro de impaciencia-. Me desperté muy trastornada porque como les dije en una ocasión tomo somníferos para dormir. Al principio pensé que se trataba de un mal sueño, luego me percaté que no era así. Alice estaba dando chillidos y diciendo incoherencias. Me levanté y le di una bofetada para que se tranquilizara, ya que empezaba a hiperventilar. Me consiguió explicar la situación y pensé al principio que la chica estaba teniendo una pesadilla, pero luego me percaté que iba vestida con el uniforme. Bajé rauda las escaleras y llegué hasta aquí.
-           Perfecto señorita Drake. Ahora es importante que se concentre. Cierre los ojos y trate de recordar las sensaciones que vivió en el momento en que llegó a la puerta de la biblioteca.

La señorita Drake le miró como si el detective le estuviese pidiendo que cruzase el infierno descalza. No tenía tiempo para jueguecitos absurdos. Finalmente accedió. Cuanto antes lo hiciese, antes podría acabar con esa farsa. Cerró los ojos y se concentró durante medio minuto. Los abrió de nuevo y comenzó a hablar con voz trémula:

-           Vine corriendo por el pasillo. Cuando llegué aquí me paré antes de asomarme a la puerta. Tomé aire y, tras vacilar un segundo, avancé hasta el marco de la puerta. Alice dejó la luz encendida, así que me encontré el espectáculo dantesco de frente. Mi mirada se clavó en el cuerpo de lord Blackwell tendido en el suelo. Con el cráneo destrozado. Cubierto de sangre. Sentí frio de repente. Debió ser la impresión. Tuve ganas de vomitar ante la visión de tanta sangre. Las piernas me temblaron de pavor. Sentí más frio aún recorriendo todo el cuerpo. Tuve que sofocar un grito, bastante tenía ya con los de Alice- la secretaria estaba con la mirada fija en el interior de la biblioteca, recreando la terrible escena-. Bien, eso es todo señor O’Connor.
-           Muchas gracias, señorita Drake- contestó el detective con una expresión difícil de calificar-. Ha sido de mucha ayuda


*                 *                 *                 *


Cuando regresó a casa, su tía le informó de que había llegado un sobre a su nombre. O’Connor lo cogió de la mesita en el que dejaban el correo y subió a su cuarto. Se trataba de un sobre algo más grande de lo común y de color marrón. El remitente era Magnus Harper. El señor Harper era un señor medio ingles y medio sueco que llevaba la dirección de una empresa de detectives perfectamente organizada. Trabajaban a gran escala con agentes muy bien entrenados en numerosos países. Lo mejor de la agencia era su discreción. No se anunciaban en periódicos como solían hacer otras agencias de detectives, sino que funcionaban a través del boca a boca, y siempre atendiendo a un grupo reducido y selecto de clientes. No eran conocidos, lo cual era un punto a su favor a la hora de realizar una investigación. O’Connor había trabajado con ellos en otras ocasiones y el resultado había sido rápido, eficiente y óptimo.

En el informe que le enviaba Magnus Harper le explicaba cómo habían llevado a cabo la investigación solicitada por O'Connor, y cómo habían obtenido los resultados con sorprendente rapidez. Al final del informe había un nombre, un teléfono y una dirección de Estados Unidos. O’Connor salió de casa de su tía como una bala y se dirigió a la estafeta de correos, donde había un teléfono público en el cual podría realizar una llamada con discreción. Le costó un poco que la operadora consiguiese ponerle en comunicación con el número de teléfono que tenía anotado en el informe, pero tras unos minutos escuchó una voz masculina al otro lado de la línea.

-           Buenos días, ¿dígame?
-           Hola, buenos días. ¿Hablo con el señor Alexander Fravelle?
-           Sí, soy yo. ¿Con quién hablo?- en su voz se notaba una acento francés mal disimulado.
-           Mi nombre es Stephen O´Connor. Por favor, necesito que me escuche atentamente y que no me cuelgue, ya que es una cuestión de vida o muerte. Sé perfectamente que usted es en realidad Cédric Argeneau.

Un silencio tenso se hizo al otro lado de la línea durante unos segundos.

-           Me temo, señor O’Connor, que está usted confundido. Mi nombre es Alexander Fravelle. Aquí no vive ningún Argeneau.
-           Sé perfectamente que es el señor Argeneau. Puede estar tranquilo. Le prometo que mantendré su secreto. No me interesa para nada por qué ha huido de Inglaterra, sólo quiero algo de información de su último caso. El que le encargó lord Blackwell- el tono de voz de O’Connor sonó lo más persuasivo posible.

El silencio se hizo nuevamente al otro lado de la línea. Finalmente sonó un suspiro de exasperación.

-           Como me meta en un lio por su culpa, señor O’Connor, juro que le buscaré.
-           Descuide por eso, señor Argeneau. Siempre que colabore conmigo me mantendré como una tumba.



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martes, 17 de enero de 2012

CAPÍTULO 18

CAPÍTULO 18

DIEZ PREGUNTAS



A

quella noche O’Connor era incapaz de conciliar el sueño. Tenía la cabeza tan saturada que le comenzaba a doler. Cambió de posición, pero aquello no sirvió de nada. A lo lejos se escuchaban los truenos de la tormenta que se iba cercando cada vez más. Se levantó de la cama y sacó de su mesilla un frasco de aspirinas. Se metió dos en la boca y ayudó a bajarlas con un trago de agua del vaso que tenía encima de la mesita de noche. Se sentó frente al escritorio que tenía junto a la ventana y encendió la lamparita que allí tenía. Frotó sus sienes con las yemas de los dedos y respiró profundamente. Su mirada se clavó en la hoja de papel que tenía encima de la mesa. Tal vez si plasmase sus dudas en el papel estuviese todo más claro.

Cogió su estilográfica y clavó con suavidad su punta contra la hoja de papel. Después garabateó: “PREGUNTAS DEL CASO QUE NECESITAN RESPUESTA”. Después subrayó el encabezamiento con vehemencia. Trató de ordenar lo mejor posible las preguntas que le rondaban por la cabeza según había ido surgiendo.

La primera que se le vino a la cabeza era referente a la escena del crimen. Se trataba de las marcas que se habían formado en la moqueta al haber sido arrastrado el sofá contra el ventanal. No estaban esas marcas la noche anterior al crimen. Y el sofá parecía no haber sido movido, sin embargo esas marcas indicaban lo contrario. Nadie recordaba haber visto las marcas con anterioridad. Ni nadie admitía haberlas hecho. O’Connor plasmó esa pregunta sobre la hoja en primer lugar.

Las siguientes dudas que acudían a su mente eran referentes a los asuntos relacionados con los negocios de lord Blackwell. Por un lado se preguntaba dónde estaba el dossier que habían elaborado los detectives de Browne & Jenkins Investigadores Inc. ¿Dónde estaba? La señorita Drake no había conseguido hallarlo entre los papeles del difunto. Tampoco lo habían encontrado en la caja fuerte. Sin duda Samuelson había intentado buscarlo desesperadamente. ¿Lo habría encontrado? En caso afirmativo podían dar por hecho que ya se habría deshecho del dossier incriminatorio. Inmediatamente enlazó esta cuestión con otra relacionada. El incendio que había arrasado la agencia de detectives Browne & Jenkins había sido provocado. ¿Estaba detrás de dicho incendio el señor Samuelson? Era un hombre completamente desesperado, de eso no había duda. Lord Blackwell le había informado de la investigación que había llevado a cabo. Si se había deshecho del dossier con toda seguridad conservarían alguna copia en el archivo de la agencia de detectives. Tal vez hubiese gestionado el incendio desde Blackwell Manor, aunque con toda probabilidad contase con un cómplice que habría realizado las gestiones pertinentes para provocar el incendio. La policía estaba rastreando las llamadas tanto de Blackwell Manor como de la empresa de lord Blackwell. Si el rastreo daba resultado positivo, esa cuestión quedaría respondida.

La cuarta pregunta se refería a la presencia de Cédric Argeneau en el caso. ¿Le había contratado lord Blackwell para que investigara también los asuntos turbios del señor Samuelson? ¿O tal vez le había contratado por otro asunto? O’Connor pensó que tal vez no tenía nada que ver con el caso, pero entonces, ¿por qué no le había comentado nada a su secretaria? Por otro lado, ¿dónde se había metido el detective francés? ¿Por qué había desaparecido tan repentinamente? ¿Había chantajeado a lord Blackwell para después desaparecer? Pronto debía tener noticias al respecto. Por un segundo O’Connor temió que la investigación que había realizado para encontrar algo de Argeneau fallara, pero se quitó en seguida esa idea de la cabeza. Ya había recurrido en otras ocasiones a los servicios de los colaboradores que le estaban ayudando en esta ocasión, y los resultados siempre habían sido óptimos.

Su mente se centró a continuación en el tema del testamento. El señor Wilkins afirma que lord Blackwell se puso en contacto con él para realizar un importante cambio en sus últimas voluntades, que hasta entonces siempre había tenido las mimas disposiciones. Decidió hacer dicho cambio tras su viaje a Estados Unidos. ¿Averiguó algo en Estados Unidos referente a alguno de los beneficiarios habituales de su testamento? Las principales beneficiarias eran Cora y Cassandra, y la señorita Drake en menor medida. La señorita Lemarchand era originaria de Canadá. ¿Tal vez averiguó algo referente al pasado de ella? ¿Algo lo suficientemente grave como para querer quedarla fuera del testamento? O'Connor pensó que nunca lo sabrían.

 La actitud de la señorita Jones también era un asunto que intrigaba enormemente al detective. Sabía que dicho comportamiento era una pieza fundamental del caso. En la familia de la chica habían habido antecedentes de locura, concretamente era el caso de su madre. La joven siempre había tenido una actitud de lo más peculiar. Se trataba de una chica con ciertas rarezas que se podrían tachar de atolondramiento, pero con una sensibilidad bastante desarrollada, en cuanto a la pintura se refería. Dichas rarezas parecían haberse incrementado desde que se descubrió el crimen y la chica padeciese un shock inicial. Desde entonces parecía hallarse en un estado de aturdimiento perpetuo, tenía lagunas mentales y hacía cosas incoherentes. ¿Era el crimen un desencadenante para su locura? ¿Había cometido ella el crimen en un brote de enajenación y su comportamiento era consecuencia del mismo? ¿Había algún factor externo que provocase esa forma de actuar en la chica? Una idea al respecto comenzaba a iluminarse en su cabeza, y sabía que su primo estaba de acuerdo con él en que había algo extraño allí. Recordó las palabras de Colin: “tiene las pupilas enormes, completamente dilatadas”.

Su mente derivo hacia el comportamiento, también, algo extraño de su primo en los últimos días. Había pasado algunos veranos con su familia en Green Mills durante su adolescencia y habían coincidido en numerosos eventos familiares pero, ¿realmente conocía a su primo Colin? Siempre lo había tenido por un chico simpático y extrovertido, que lejos de estar acomplejado ante las comparaciones con sus hermanos mayores, había encontrado su propia personalidad y su forma de llevar la situación de la mejor manera posible. Sin embargo, en los últimos días había visto una faceta de su primo totalmente desconocida. Se mostraba muy nervioso y muy introvertido. Sin duda tenía que ver con Cassandra Jones. Era bastante obvio que la chica le gustaba. Él se había dado cuenta de eso. Pero, ¿se había dado cuenta Cassandra de ello? ¿Tal vez la pose de la chica fuese toda una farsa? ¿Se estaría aprovechando de los sentimientos de Colin y le estaría usando para sus planes? Colin, parecía bastante ingenuo en temas de amor. La verdad es que nunca le había visto enamorado, pero lo que estaba viendo de su personalidad le daba la sensación de que podrían aprovecharse de él fácilmente. Rememoró lo que le contó Colin de la escena de Cassandra y el pozo. ¿Lo había orquestado todo ella para ganarse de este modo el apoyo de su primo? Después recordó cuando la noche anterior tras el ataque al mayor Kane, Colin regresaba a hurtadillas a casa a altas horas de la madrugada. O’Connor estaba cada vez más convencido de que el sitio del cual regresaba aquella noche era Blackwell Manor. Cassandra Jones había estado ausente también esa noche de su habitación. ¿Habían tenido una cita amorosa? ¿O tal vez ambos estaban implicados en el ataque nocturno? El detective esperaba ansiosamente que la respuesta fuese la primera. Por último estaba la misteriosa visita al doctor Blackwell. El médico afirmaba que la conversación versó fundamentalmente acerca de venenos y sus efectos en algunos casos de asesinatos. Sin duda Colin había sabido derivar la conversación hacia lo que realmente le interesaba: saber si el comportamiento de Cassandra era debido a la ingesta de algún tipo de droga. También estuvo hojeando algunos libros sobre esa temática, lo cual no hacía sino reforzar dicha teoría. Pero lo que le realmente le intrigaba era la súbita marcha de su primo. Se había marchado a primera hora, sin apenas despedirse. ¿Tenía algo que ver su marcha con el incidente acaecido en Blackwell Manor la noche anterior? A primera hora de la mañana le llamaría para ver si podía averiguar algo.

Por otro lado estaba la figura de la señora Hudson. Había aparecido en escena y por lo que se veía, a alguien le molestaba su presencia. ¿Acaso lord Blackwell le había revelado algo acerca de alguna de las personas que estaba a su alrededor? La señora Hudson lo negaba rotundamente. ¿Decía la verdad? Si acaso mentía, ¿por qué lo hacía? ¿Estaba chantajeando a esa persona? Se quitó esa idea de la cabeza inmediatamente. La señora Hudson no era una vulgar chantajista. Tenía dinero más que suficiente y no hubiese dudado en informar a las autoridades acerca de lo que sabía. Pero tal vez la señora Hudson supiese algo que en principio no parecía ser relevante en el caso. De esas cuestiones enlazó con otra pregunta relacionada. ¿Qué pretendían echándole somnífero en su café? ¿Matarla? La dosis era muy floja, si esa era la intención el responsable había hecho una auténtica chapuza. ¿Tal vez pretendía buscar algo en la habitación de la señora Hudson? Demasiado rebuscado. Perfectamente podían registrar las pertenencias de la señora Hudson durante el día, escogiendo el momento preciso. Sin duda alguna, esa era una de las preguntas que más le desconcertaba debido a que no encontraba ninguna respuesta lo suficientemente lógica.

Por último plasmó en la hoja de papel la pregunta más importante de todo el caso. “¿Quién es el asesino?”. Sin duda se dio cuenta de que para responder a esa última pregunta era indispensable dar solución a la mayoría de las otras. Comenzaba a crearse en su mente una posible solución, pero no conseguía encajar todas las piezas.

Contó las preguntas que había redactado. Las preguntas principales eran diez, pero cada una de ellas generaba otras cuestiones.


      
                  1-  ¿A qué es debido las señales de la moqueta de la biblioteca?



2-  ¿Qué ha sido del dossier con los informes en contra del señor Samuelson?



3-  ¿Es el señor Samuelson el responsable del incendio de la agencia de detectives Browne & Jenkins?



4-  ¿Para qué contrató el señor Blackwell los servicios de Cédric Argeneau?



5-  ¿Por qué quería cambiar lord Blackwell su testamento?



6-  ¿A qué es debido el extraño comportamiento de Cassandra Jones?



7-  ¿A qué es debido el extraño comportamiento de Colin?



8-  ¿Sabe algo la señora Hudson?



9-  ¿Con qué intención echaron el somnífero en el café de la señora Hudson?



10- ¿Quién es el asesino de lord Blackwell?



Aquello resumía perfectamente el barullo que tenía en su cabeza. Ahora podía pensar con más claridad. Los relámpagos relucían la oscuridad del cielo y la tormenta estalló. O’Connor miró con decisión a través de la ventana. “De acuerdo, ahora estalla la tormenta. Pero por la mañana se verá todo con más claridad”.