lunes, 30 de mayo de 2011

CAPÍTULO 6

CAPÍTULO 6
CORA Y EL DOCTOR LEVINE



O
Connor y Weston entraron en el comedor principal donde se había servido el desayuno. Allí encontraron a Cora Lemarchand, al mayor Kane, a Richard Samuelson y al doctor Levine. Todos permanecían en un trémulo silencio y sentados a la mesa, a excepción del doctor Levine que se disponía a marcharse tras tomar un desayuno frugal.

-           Buenos días- dijo Weston-. Soy el sargento Weston, encargado de investigar el terrible suceso acontecido. Siento interrumpirles, pero me gustaría hacerles unas preguntas a todos ustedes por turnos.
-           Sin ninguna duda, todos colaboraremos con usted- se apresuró a decir Cora mirando a los demás en busca de apoyo.
-           Muchas gracias señorita Lemarchand.
-           O’Connor, ¿qué hace usted aquí?- Samuelson fue el único que se atrevió a preguntar lo que todos tenían en mente.

Todos los ojos estaban fijos en él con gran curiosidad. El detective carraspeó antes  de hablar:

-           Me temo, señores, que no fui sincero del todo con ustedes anoche en cuanto a mi profesión. No sólo me dedico a escribir, sino que también trabajo como detective privado. El sargento Weston me ha pedido que colabore con él.

Los presentes le miraron fijamente, algunos con el ceño fruncido, pero nadie dijo nada.

-           Veo, doctor Levine, que se disponía a marcharse. Si no le importa, le haremos algunas preguntas- dijo Weston rompiendo el clímax con su voz grave.
-           Le advierto, sargento Weston, que deberá ser breve. Ya que debo ocuparme de mi consultorio- comentó el doctor visiblemente contrariado, al tiempo que consultaba su reloj de bolsillo.
-           No se preocupe, doctor Levine. Sólo nos llevará unos minutos- comentó el sargento Weston siguiendo al médico y a O’Connor fuera del comedor. Antes de salir añadió a los demás-: También les pediría que más tarde nos facilitaran sus huellas dactilares. Más que nada es para descartar las huellas de ustedes que pudiéramos encontrar. También me gustaría hablar con la señorita Jones y la señorita Drake.
-           Me temo que de momento la señorita Jones no podrá hablar con ustedes. Le he administrado un leve sedante, ya que estaba algo alterada. Más tarde podrán entrevistarla, pero les pido que lo hagan con mucho tacto.
-           No se preocupe, doctor.

Y dicho esto salió del comedor, dejando a los comensales mirándose unos a otros. Se dirigieron hacia el salón. El doctor Levine se sentó en un sillón mientras que el sargento Weston se sentaba frente a él. O’Connor prefirió permanecer de pie.

-           Muy bien, doctor Levine. ¿Tiene algo más que añadir al examen que ha realizado al cadáver de lord Blackwell?
-           Bueno, pues poco más de lo que le he dicho: lord Blackwell debió morir entre poco después de medianoche y las dos de la madrugada.
-           ¿No puede precisar más la hora, doctor?
-           Me temo que no- dijo el doctor Levine meneando la cabeza-. El examen que he hecho ha sido bastante superficial y no me arriesgo a decir una hora definitiva. Aunque, extraoficialmente, arriesgaría a decir que la muerte se produjo entre las doce y media y la una.
-           Gracias, doctor Levine- dijo Weston anotando la información  en una pequeña libreta-. ¿A qué hora abandonó anoche la casa?
-           Pues a la misma que el señor O’Connor. Sus parientes y él me acercaron a casa, y creo recordar que fue en torno a las once de la noche- dijo el doctor mirando a O’Connor. Este asintió con la cabeza.
-           ¿Qué hizo una vez que llegó a su casa?
-           Acaso está usted insinuando que yo…- exclamó el doctor Levine enrojeciendo por la indignación.
-           Doctor Levine, por favor, cálmese. No estoy insinuando nada, simplemente le estoy haciendo preguntas rutinarias, al igual que se las haremos a los demás.
-           ¿Sospecha de alguno de nosotros? ¡Es absurdo! El caso está claro: un intruso entró a robar, se encontró a lord Blackwell y lo asesinó.
-           Según parece no se han llevado de valor, doctor Levine- repuso Weston-. Por favor, limítese a contestar, son preguntas que debo hacer para así descartarles como sospechosos completamente. Es parte de mi trabajo- el tono del sargento se volvió cansado-. ¿Qué hizo cuando llegó a casa?
-           Es sencillo. Me fui directo a la cama. No acostumbro a dormir tan tarde.
-           ¿Alguien puede corroborarlo? ¿Algún criado?
-           En mi casa sólo trabaja Florence, la criada. Cuando llegué ya estaba acostada. Yo abrí con mi llavín. Probablemente me escuchó llegar, tiene el sueño ligero. Y desde que llegué a casa estuve durmiendo, hasta que esta mañana me llamó la señorita Drake para que acudiese aquí con urgencia.
-           Usted está prometido con la señorita Lemarchand, ¿verdad?- el doctor Levine asintió-. ¿Cuándo tienen pensado casarse?
-           En principio a primeros de año, pero con lo que ha sucedido no sé si vamos a aplazar la boda. Como comprenderá, la señorita Lemarchand y yo no hemos hablado aún del asunto.
-           ¿Apreciaba a lord Blackwell?
-           La verdad es que lo consideraba un buen amigo. Era un hombre un tanto especial en cuanto a asuntos de negocios, un verdadero tiburón, pero no era mal hombre.
-           ¿Se alegró él cuando anunciaron su compromiso?

El doctor Levine sonrió levemente.

-           Al principio se mostró algo reticente. Consideraba a Cora como a una hija y siempre trató de protegerla, quizás en exceso. Pero al poco tiempo se mostró conforme con el compromiso, e incluso aportó ideas para el enlace.
-           Ya veo. ¿Tiene alguna idea, descartando la opción de un intruso, de quién podría tener motivos para asesinarlo?

El médico parecía escandalizado con la pregunta. Parecía a punto de explotar, pero finalmente se lo pensó mejor. Meneó la cabeza dando un suspiro.

-           No, no tengo ni idea de quién pudo hacerlo.
-           ¿Creé que pudo ser una mujer la que realizó esos golpes?

El doctor Levine lo meditó unos segundos antes de contestar:

-           Una mujer podría dar ese tipo de golpes con esa fuerza. El atizador puede ser pesado, pero por su propio peso puede dar golpes muy contundentes- una idea pareció cruzar por su cabeza-. Además en un estado de locura una persona aparentemente débil puede sacar fuerzas suficientes para agredir de esa manera- el doctor lanzó un suspiro-. Caballeros si no tienen ninguna pregunta más…
-           Sólo una más, doctor Levine- interrumpió O’Connor con su voz suave. El médico pareció contrariado. No parecía contento con el detective tras saber que les había mentido con respecto a su profesión. O’Connor hizo caso omiso de su mal humor-. ¿Movió alguno de los sillones que están junto a los ventanales?
-           ¿Los sillones? No, que va. No toqué nada. Me limité a examinar el cadáver.
-           ¿Se fijó en si algún ventanal estaba abierto?
-           Estaban cerrados. Me fijé al pensar que un intruso había entrado por allí. Pero estaban completamente cerrados- se lamentó el doctor. Al parecer la idea de que alguien de fuera fuese el asesino, era la que más le convencía.

Finalmente se despidieron del médico, no sin antes tomarle las huellas dactilares, ante el disgusto del mismo. Hicieron llamar a Cora Lemarchand a través de Edna. La joven llegó con tensión en el semblante pero aparentemente serena. Vestía colores oscuros, lo cual le daba más palidez. A una señal de Weston se sentó en el mismo sillón que anteriormente había ocupado su prometido. Mantuvo las manos apoyadas sobre su regazo estrujando un pañuelo de lino.

-           Señorita Lemarchand, sabemos que es un momento duro, pero estamos obligados a hacerle algunas preguntas- comenzó el sargento con tono de disculpa.
-           Descuide, sargento. No me voy a desmayar ni a impresionarme, si es eso lo que piensa. Cuanto antes pasemos este mal trago, mejor-comentó Cora con voz serena.
-           Bien, comencemos. Parece ser que después de la cena la señorita Jones y usted se reunieron en el despacho de su tío, ¿me puede contar sobre qué hablaron?
-           Supongo que el señor O’Connor ya le habrá hablado acerca de lo que anunció mi tío durante la cena- la joven dirigió una fría mirada de reproche al detective. Este se limitó a sonreír levemente-. Nos estuvo explicando con más detalles cómo conoció a su prometida y los planes que tenían de futuro.
-           ¿Esos planes les incluían a ustedes dos?
-           Nos dijo que no teníamos que preocuparnos en absoluto. Que eso no iba a cambiar nuestra situación.
-           ¿Sabe cuál era la disposición testamentaria de su tío?- interrumpió O’Connor.
-           Bueno… según tenía entendido, a excepción de algunos legados, la herencia se repartiría entre Cassandra y yo…-comentó la joven visiblemente incómoda-. Pero si acaso insinúa que una de las dos le mató por miedo a perder la herencia, le digo que va por mal camino. Cassandra es una cría y no le importa en absoluto el dinero, y yo no soy tan ambiciosa como para recurrir a un asesinato. ¡Me parece increíble que piensen que fue uno de nosotros!

O’Connor no se molestó en contestar. Pero por su mente rondaban recuerdos de casos de asesinatos cometidos por cantidades de dinero insignificantes o por razones aparentemente absurdas. Pero tanto unas como otras tenían la suficiente importancia para las personas que habían cometido dichos crímenes.

-           ¿Le pareció bien que su tío se casara de nuevo?- prosiguió Weston con sus preguntas. Cora pareció meditar unos segundos su respuesta.
-           Bueno, él era un hombre adulto. Podía casarse perfectamente sin tener en cuenta si a mí me importaba o no. Lo único que le reprochamos fue que nos diese la noticia de esa manera, delante de invitados y sin que nos hubiese preparado previamente para ello. Nos cogió por sorpresa la noticia.
-           ¿Les habló de su prometida?
-           No nos comentó gran cosa: Nos dijo que se llama Marlene Hudson, que es americana y una viuda de familia acomodada. Nos explicó brevemente cómo se conocieron y algunos planes de futuro. No nos dijo mucho más. Comentó que por la mañana tendríamos tiempo de hablar.
-           ¿Cuáles fueron sus movimientos tras la cena?

Cora meditó unos segundos, pero no puso objeción en contestar.

-           Pasamos todos a la biblioteca. Estuvimos tomando café y escuchando algo de música en el gramófono. Después mi tío se retiró y nos pidió que nos reuniésemos con él en su despacho. Estuvimos hablando con él unos quince o veinte minutos. Después me dirigí con Cassandra a su cuarto. Hablamos unos minutos, quería asegurarme de que estaba tranquila por la noticia. Después volví a bajar. Encontré al mayor Kane aquí, en el salón, hojeando un periódico y fumando. Intercambiamos unas palabras y me fui a dormir.
-           ¿No escuchó nada en toda la noche?

Cora negó con la cabeza.

-           ¿Tiene idea de quién quería matar a su tío? ¿Tenía enemigos?
-           Bueno, teniendo en cuenta que era un hombre de negocios implacable, es normal que se ganara algún que otro enemigo. Pero dudo que ninguno de ellos se molestara en venir a aquí o mandar a alguien para asesinarlo.
-           ¿Y alguien de su entorno? ¿Sabe de alguien capaz de hacerle esto?
-           No, nadie se la tenía jurada. ¿Están seguros de que no ha sido un ladrón al que sorprendió mi tío?
-           Señorita Lemarchand, es una posibilidad que estamos investigando. Lo mismo que estamos investigando cualquier otra posibilidad- dijo Weston-. Ahora si es tan amable de facilitarnos sus huellas dactilares…

Cora no puso ningún reparo en que le tomaran las huellas dactilares. A continuación salió del salón frotándose las yemas de los dedos manchados de tinta con su pañuelo.

-           ¿Qué opina, O’Connor?
-           De momento, que la señorita Lemarchand y el doctor Levine hacen una pareja “curiosa”- dijo el detective encogiéndose de hombros.

Weston puso los ojos en blanco al tiempo que chasqueaba la lengua.

-           ¿Con quién quiere que nos entrevistemos ahora?
-           ¿Qué tal con la secretaria?


¡¡¡NO OLVIDÉIS VOTAR EN LA ENCUESTA DE LA IZQUIERDA!!! ¿QUIÉN CREÉIS QUE ES EL ASESINO? ¿ESTARÉIS EN LO CIERTO?

sábado, 28 de mayo de 2011

CAPÍTULO 5

CAPÍTULO 5
O’CONNOR INTERVIENE


V
einte minutos después aproximadamente Stephen O’Connor llegó a Blackwell Manor. A esas horas ya habían acudido el forense y más refuerzos a la escena del crimen. Uno de los agentes recién llegados le salió al paso y, tras identificarse, fue conducido hasta la biblioteca. Allí encontró a Weston que hablaba con el forense. El sargento pareció aliviado al verle. La preocupación le daba un aspecto más demacrado. Parecía diez años mayor. El rostro de Weston se relajó considerablemente cuando vio al detective. Le dio unas últimas instrucciones al forense y este a su vez le pidió a un agente que sostenía una cámara que hiciese unas determinadas fotos.

-           O’Connor, ¡cuánto me alegro que haya acudido lo antes posible!-comentó Weston apretando fuertemente la mano del detective-. Necesito tu ayuda.
-           Ya veo… ¡no me puedo creer que le hayan hecho esto a lord Blackwell! ¿Quién iba a decir que pocas horas después de anunciar anoche su compromiso iba a ser asesinado brutalmente?- preguntó O’Connor mirando con desagrado el cadáver.
-           ¿Anoche? ¿Compromiso? ¿Acaso estuvo anoche con lord Blackwell?-preguntó Weston sorprendido. O´Connor asintió y procedió a explicarle brevemente su invitación a la cena y la posterior noticia sobre el compromiso que dio al final de la misma-. ¡Vaya! Me alegro aún más si cabe de haberle pedido que acudiera- Weston pareció avergonzado-. O´Connor, me cuesta admitirlo, pero creo que un caso como este me viene grande. No estamos acostumbrados a este tipo de crímenes en este apacible rincón del país y cualquier ayuda es poca. Por eso me atrevo a pedirle consejo, O’Connor…
-           Cuenta con toda mi ayuda, Weston. Eso ni lo dude.

Weston había sido un buen amigo de su tío, el difunto coronel Ian McCarthy. Durante sus visitas a sus tíos, O’Connor y el sargento Weston había compartido muchas horas, en las cuales la mayor parte eran acerca de temas policiacos. Weston era una de las pocas excepciones frente a la manía de O’Connor de no hablar de sus casos. Esto era debido a que Weston entendía su profesión  y era un hombre juicioso.

O’Connor hizo un barrido con su mirada de toda la biblioteca. La noche anterior había apreciado el buen gusto con que se había decorado. El tono claro de la moqueta contrastaba notablemente con el oscuro color de las paredes de madera de caoba. Según se entraba, la pared de la derecha estaba cubierta de altas estanterías atestadas de gruesos libros. A mitad de dicha pared, entre las estanterías, había una gran chimenea con acabados en mármol que destacaba frente al oscuro color de las estanterías. Frente a la puerta se encontraban los dos ventanales que comunicaban con la terraza. Unas pesadas cortinas color borgoña tapaban parcialmente la luz mortecina del sol. La pared de la izquierda estaba cubierta por unos paneles de madera con unos laboriosos adornos del mismo material, que si bien eran de un gusto exquisito, le daba cierto recargo a la estancia. La noche anterior le había parecido ver que algunos de esos paneles de madera, en realidad eran armarios camuflados en la pared. Se acercó a ellos para verlos de cerca, y sus sospechas se confirmaron al ver camuflados entre los adornos unos pomos para abrir la puerta de los armarios. Cogió uno de los pomos y tiró de él. Eran unos armarios amplios. Dentro había numerosos libros apilados, algunos paraguas, palos de golf, incluso un viejo globo terráqueo.

O´Connor cerró el armario y se volvió hacia la chimenea. Frente a la misma estaba el sillón orejero a los pies del cual se hallaba el cadáver. Junto al sillón una pequeña mesita sobre la que se hallaban un par de libros apilados, una gran botella de whisky y un vaso ancho lleno por la mitad de dicha bebida. La última copa del difunto había sido interrumpida. Había un periódico caído junto a la mesa. Cerca de los ventanales había un conjunto formado por un sofá y un sillón color beige alrededor de una mesita de café. En la esquina más cercana al sofá estaba el gramófono. Había unos pocos cuadros colgados en toda  la estancia. La temática de todos ellos era la caza.

Se aproximó hacia la chimenea y se agachó para otear entre las cenizas. Se disponía a coger el atizador que no había sido utilizado para asesinar y que estaba colgado sobre su soporte, pero en el último instante cambió de opinión. En su lugar cogió un pañuelo y cogió el atizador por el centro para evitar borrar cualquier posible huella del mango. Miró con atención una pequeña y apenas perceptible mancha oscura rojiza en la junta que unía el mango blanco con la parte metálica.

-        Weston, si fuera usted mandaría a analizar este atizador también.

El sargento Weston se acercó intrigado.

-        ¿Qué ha encontrado?- preguntó.
-          Juraría que esto es sangre- dijo O’Connor señalando la pequeña mancha-. Me apostaría una cena a que este atizador no contiene ninguna huella dactilar. Se ve que lo han limpiado a conciencia, pero se han dejado esta pequeña mancha en la junta del mango.
-         ¿Insinúa que han utilizado en realidad este arma para matar a Lord Blackwell?- preguntó Weston. O’Connor se encogió de hombros.
-          Lo veo muy probable. Si encuentran huellas en el atizador que está junto al cadáver, la persona a la que pertenezcan dichas huellas ganaría todas mis simpatías.
-          ¿Por qué?
-           Porque pretenden que las sospechas recaigan sobre dicha persona. Aunque bueno, todo esto son suposiciones.
-           Tal vez dos personas atacaran a lord Blackwell con sendos atizadores. Eso explicaría lo salvaje del asesinato. Después limpiaría la sangre de uno de los atizadores para despistarnos.
-            Es otra posibilidad- murmuró O’Connor sin mucho convencimiento.

A un gesto casi imperceptible de Weston, un agente que permanecía en la puerta se acercó. Weston le entregó el atizador y le dijo que lo llevase para que lo analizaran. O’Connor, por su parte, continuó mirando los restos de la chimenea. No encontró nada significativo. Se irguió y se dirigió hacia los ventanales. Miró a través de ellos y vio a un par de agentes analizando unas pisadas que había por la terraza y por el jardín.

-           Analizaremos esas huellas, aunque creo que no arrojará luz al asunto. Parece ser que ayer por la tarde el jardinero estuvo plantando unas flores en los parterres que están en esa zona y probablemente las huellas sean de sus botas. De todas formas no desperdiciaremos una posible pista- comentó Weston pasándose la mano por el bigote-. Sin embargo, hemos encontrado los ventanales cerrados por dentro, así que la idea de que un intruso entró a través de ellos es absurda.
-           Ya veo…-murmuró O´Connor rascándose la barbilla pensativamente. Miraba la zona de la moqueta que se encontraba junto a los ventanales en busca de alguna posible pisada, pero no había ni rastro de ella. Su atención se centró en la zona de la moqueta que se encontraba al lado de uno de los sillones beige, concretamente el más cercano a los ventanales-. ¡Qué curioso!
-           ¿El qué le parece curioso, O’Connor?
-           Estas marcas en la moqueta. Anoche estuve sentado en este sillón tomando café. Se me cayó la cucharilla y dejó una pequeña mancha en la moqueta. Traté de limpiarla disimuladamente con una servilleta, pero no desapareció del todo. La pequeña mancha sigue ahí, pero anoche no estaban estas señales- Weston apreció la mancha de café y justo al lado de la misma, una leve señal alargada y blanquecina que se alejaba hasta el ventanal más cercano-. Parece como si hubiesen arrastrado este sillón hasta el ventanal.
-           Tal vez alguien del servicio lo movió para limpiar algo después de que se marcharan todos de la biblioteca- comentó Weston.
-           Tal vez sea eso- se resignó O’Connor con el ceño fruncido.

Examinaron el resto de la habitación, pero no encontraron nada significativo. O’Connor volvió a observar de cerca el cadáver, pero no le llamó nada la atención.

-           Lord Blackwell se encontraba de pie, detrás del sillón sobre el que estaba sentado. Tal vez se disponía ya a marcharse o quizás escuchó algo y fue a averiguar qué era.
-           No creo que se marchara a dormir, no se había terminado su copa, y ese whisky tan bueno no se debe desperdiciar-contestó O’Connor con una leve sonrisa-. Quizás, como dice usted, escuchó algo o simplemente se disponía a coger otro libro… O tal vez estaba reunido aquí con alguien: el asesino. Éste le atacó y lord Blackwell se incorporó para defenderse…
-           A saber… Si estas paredes hablaran- se lamentó Weston-. Hemos registrado los bolsillos de su batín pero no hemos encontrado nada. Lord Blackwell acostumbraba a permanecer un rato en su despacho a última hora y después venía aquí a leer un rato algún libro o algún periódico y a beber algo antes de irse a dormir. Siempre se acostaba más tarde que los demás.

Weston ordenó a los agentes que cubrieran el cadáver y que se lo llevaran de la biblioteca. Ambos salieron también de la escena del crimen y se dirigieron hacia el salón. Bowers que había estado interrogando a los criados les salió al paso. Weston le pidió que le hiciera un resumen de lo que había averiguado.

Bowers les contó que el personal era escaso. La señorita Drake hacia las labores de ama de llaves, por eso no contaban con una de verdad en la casa. A sus órdenes estaban tres criadas: Alice, Edna y Gladys. Esta última se hallaba esos días fuera de la casa porque tenía una semana de permiso para visitar a sus parientes. En la casa también había una cocinera y una pinche de cocina. El jardín lo cuidaba Rogers, un hombre mayor que vivía en una pequeña casa detrás de la mansión. Le ayudaba en sus labores un chico de unos quince años, habitante de Green Mills. Las criadas compartían habitación, así como la cocinera y la pinche, y tanto unas como otras juraban que ninguna abandonó el cuarto la pasada noche.

-           Todo el personal lleva bastante tiempo trabajando en la casa a excepción de la pinche de cocina, pero la cocinera es tía suya y responde por ella-. Comentó Bowers estremeciéndose al recordar la ferocidad con la que aquella mujer defendía a su sobrina.
-           ¿Sabemos algo de los últimos movimientos de lord Blackwell?
-           Sí. Una vez que se despidió de sus invitados se dirigió a su despacho, el cual está anexo a su cuarto. Pocos minutos después se reunieron con él su sobrina y la señorita Jones. Estuvieron reunidos durante unos veinte minutos. Ambas se despidieron de él y se fueron a sus respectivas habitaciones. Edna las vio salir y afirma que las notó muy tensas, no intercambiaron ninguna palabra de camino a sus cuartos- dijo el agente pasando una hoja de su libretita-. La misma criada afirma que a eso de las once y media se encontró al señor Samuelson. Él le preguntó si había encontrado un encendedor de plata en la biblioteca. La criada le contestó que no y se ofreció a buscarlo, pero el señor Samuelson le dijo que lo buscaría él mismo. Edna no le vio volver a subir, ni sabe a qué hora regresó a su habitación.
-           ¿A qué hora bajó lord Blackwell a la biblioteca?
-           Pues según tengo entendido, a eso de las doce menos cuarto. Pero no es muy seguro ya que fue Alice la que le vio a entrar. Alice es la chica que encontró esta mañana el cadáver y se encuentra con un ataque de histeria, no es para menos. El doctor Levine le ha suministrado un sedante. De modo que de momento está durmiendo. Según el doctor, deberíamos aplazar el interrogatorio de la chica unos días porque ha sufrido una fuerte impresión y puede sufrir un fuerte ataque de nervios fácilmente.
-           Entiendo- murmuró Weston.
-           El caso es que la hora a la que entró en la biblioteca no es muy segura ya que ha sido Edna, la otra criada, quién me lo ha dicho. Me ha comentado que Alice se encontraba en ese momento en la biblioteca recogiendo el servicio del café. Lord Blackwell entró y le ordenó que se fuese a dormir. De modo que la chica se fue de la biblioteca con el servicio de café en una bandeja, la dejó en la cocina y se retiró a dormir.
-           De modo que, nosotros sepamos, ella fue la última que le vio con vida- dijo Weston. Bowers asintió-. No tenemos la certeza que nadie más bajase a la biblioteca, ¿verdad?
-           No, el personal se retiró a sus aposentos y no se vio bajar a nadie más. Habrá que preguntárselo a los invitados.
-           ¿Y nadie escuchó nada? ¿Ningún grito o golpe?
-           Las habitaciones del personal se encuentran en la misma planta que la biblioteca, pero en la parte posterior de la casa, es decir, bastante alejadas. Lo mismo pasa con el jardinero, que duerme en una caseta detrás de la casa; de todas formas el buen hombre está sordo como una tapia. El resto de invitados duerme en el primer piso, en la parte contraria de la casa. En cuanto a la habitación que está justo encima de la biblioteca, es la que pertenecía al difunto. Así que parece que nadie pudo oír nada.
-           De todas formas si cogieron a lord Blackwell por sorpresa no creo que soltase más que un grito al ser atacado. Quizás quedó inconsciente al primer golpe- puntualizó O’Connor.
-           Gracias por el informe Bowers. Nosotros proseguiremos con los interrogatorios.



¡¡¡¡NO OS OLVIDÉIS DE VOTAR EN LA ENCUESTA QUE ESTÁ A LA IZQUIERDA QUIÉN CREÉIS VOSOTROS QUE ES EL CULPABLE!!!! ¿¿¿ESTARÉIS EN LO CIERTO???

jueves, 26 de mayo de 2011

CAPÍTULO 4

CAPÍTULO 4
ASESINATO


E
l sonido del teléfono repiqueteaba estridentemente y rompía el silencio de la noche en la modesta casa del doctor Levine. El médico salió de su sopor nocturno con sobresalto. Un médico estaba obligado a ser requerido a cualquier hora intempestiva de la noche, pero uno no se acostumbraba nunca a ello. Consultó la hora de su despertador. Eran las 5:30 de la madrugada. Agarró su batín y se precipitó fuera de su habitación mientras se lo ponía. Corrió por el pasillo para acallar el teléfono, pero cuando llegó vio que Florence, su criada, se había adelantado. El doctor se sorprendió de ver a la anciana. Tenía el pelo canoso recogido en una trenza y su arrugado rostro mostraba cierta ansiedad.

-           Sí, sí... El doctor se encuentra aquí…. En seguida se lo digo… ¡Dios mío es horrible! ¿En qué mundo vivimos?- preguntó Florence. Y sin esperar respuesta colgó el teléfono.
-           ¿Quién era? ¿Qué querían?- inquirió el doctor Levine sin ocultar su irritación.
-           Llamaban de Blackwell Manor. Era la señorita Drake. Por lo visto alguien ha entrado en la mansión y ha atacado a Lord Blackwell.
-           ¿Le han atacado?
-           ¿Acaso no me ha oído?- preguntó Florence empujándole por el pasillo-. Pero, ¡no se quede ahí! ¡Vístase y vaya a ver qué ha sucedido!

Veinte minutos después conducía su coche por el sendero de gravilla que conducía a la entrada de Blackwell Manor. Lo dejó aparacado junto a unos matorrales que estaban al lado de las escaleras de la puerta principal. Afortunadamente había dejado de llover. Subió los escalones de dos zancadas y llamó con firmeza a la puerta. Al instante abrió la puerta la mismísima señorita Drake. Vestía una bata morada con dragones dorados que le sentaba fatal. Llevaba el pelo recogido en un moño improvisado y su cara tenía una palidez fantasmal.

-           ¡Doctor Levine!- dijo la secretaria con su voz profunda.

El doctor Levine entró y vio un poco más atrás a una de las criadas de la casa medio escondida y con el rostro desencajado. Sus ojos saltones estaban enrojecidos por el llanto y estrujaba un pañuelo entre sus manos.

-           Florence me dio la noticia. ¡Debe de haber sido horrible! ¿Dónde se encuentra lord Blackwell? ¿En su cuarto?
-           Doctor Levine…-comentó la secretaria con voz trémula-. Me temo que la situación es más grave de lo que le he hecho creer a Florence… no quería que se propagara el rumor tan rápidamente…
-           ¿A dónde quiere llegar, señorita Drake?- preguntó entornando los ojos y mirando de nuevo a la joven doncella. Esta soltó un gemido lastimero y se enjugó las   lágrimas con el pañuelo.
-           Alguien ha entrado en la casa… y ha matado a Lord Blackwell a golpes- contestó la secretaria haciendo un esfuerzo para mantener la calma.

El doctor Levine abrió los ojos desmesuradamente.

-           ¡Dios mío...…! ¿Cora está bien? ¿Todos los de la casa están bien?
-           La señorita Lemarchand se encuentra perfectamente, sólo está impresionada por la noticia. Esta cuidando a Cassandra. Alice ha despertado a toda la casa con sus gritos. Me temo que al enterarse de la noticia Cassandra ha entrado en estado de shock. Creo que sería conveniente que le echase un vistazo después de inspeccionar el cadáver.

El tono firme de la secretaría no admitía discusión.

-           ¿Dónde se encuentra el cadáver?
-           En la biblioteca- contestó ella indicando con un brazo la dirección de la estancia.

La siguió a través del recibidor y continuaron a lo largo del pasillo. Una vez frente a la puerta la señorita Drake sacó una llave de unos de los bolsillos de su bata y se dispuso a abrir la puerta. Vaciló un instante antes de abrir:

-           Si no le importa, permaneceré fuera. No creo que pueda soportar de nuevo esa visión tan desagradable- dijo la secretaria haciendo una mueca de desagrado-. He cerrado la puerta para evitar que se toque nada ahí dentro.
-           Ha hecho lo que debía- reconoció el doctor-. ¿No ha llegado aún la policía?
-           Llamé a la policía justo antes que a usted. Piense que tienen que venir desde el pueblo de al lado ya que aquí no disponemos de puesto de policía.
-           Ya veo…- dijo el doctor Levine dando un profundo suspiro-. De acuerdo, procedamos.

Y dicho esto, la secretaria termino de abrir la puerta. El doctor se paró en la misma y observó el espectáculo dantesco, que poco a poco se iba iluminando con la suave luz de la mañana que se filtraba a través de los ventanales. Entró en la biblioteca y cerró la puerta tras de sí para inspeccionar el cadáver.


*                 *                 *                 *


La señorita Drake bajaba las escaleras. Había subido a su habitación para ponerse ropa de diario. En breve la policía llegaría y se negaba a que la viese más gente con su ropa de cama. Se había puesto un sobrio traje de dos piezas color negro, apropiado para la funesta ocasión. Justo cuando llegó al final de la escalera, volvieron a llamar a la puerta principal. Se dirigió con paso rápido y abrió la puerta. Allí encontró a un par de policías. El de mayor edad y menor estatura se presentó como el sargento Weston, jefe de policía de Kentwood, cuya jurisdicción también repercutía a Green Mills. En su rostro se reflejaba la consternación y la preocupación. La preocupación era básicamente por ver peligrar su intachable hoja de servicios poco antes de su jubilación. Si algo escaseaba por aquella zona eran los crímenes: algún hurto inofensivo o alguna rencilla entre vecinos, pero poco más. Ahora, al final de su etapa en activo, el bueno y tranquilo de Weston se veía atacado por el salvaje asesinato de una de las personas más importantes de la comunidad. Detrás de él se encontraba su ayudante, el agente Bowers. Un joven delgado, desgarbado y con aspecto de despistado.

La secretaria les dejó entrar y les acompañó a la escena del crimen mientras les ponía en antecedentes de lo ocurrido:

-           Alice bajó a la biblioteca, como hace cada mañana, y se encontró a lord Blackwell muerto. Subió corriendo a mi habitación dando gritos y despertando a toda la casa- dijo la señorita Drake con un leve tono de reproche hacia la criada por haber alterado la armonía de la casa.

Una vez frente a la puerta de la biblioteca volvió a vacilar tal y como hizo con el doctor Levine y les cedió el paso a los policías con un gesto apenas imperceptible.

-           Muchas gracias señorita…
-           …Drake- le indicó la secretaria.
-           Eso. Se lo agradezco señorita Drake. Más tarde nos gustaría hacerle unas preguntas.

Inmediatamente después entraron en la biblioteca. La estancia aparecía ahora iluminada por la lámpara de araña que se colgaba majestuosamente en el centro de la misma. Allí encontraron al doctor Levine inclinado sobre el cadáver de lord Blackwell, examinándolo. Este se volvió levemente al escucharles entrar y se dispuso a saludar a los recién llegados. Una vez hechas las presentaciones, les indicó con un gesto a que se acercasen al cadáver. El sargento Weston lanzó un silbido significativo mientras se acariciaba preocupadamente su bigote ralo. El joven agente Bowers se llevó una mano a la boca y reprimió una arcada ante semejante espectáculo. Lord Blackwell yacía boca arriba con las extremidades extendidas en una posición extraña. Todo lo que componía su rostro era una especie de masa sanguinolenta. En su cráneo se distinguían varias partes que estaban hundidas de forma grotesca. Sus cabellos anteriormente canosos estaban ahora revueltos y apelmazados por la sangre reseca. Uno de sus ojos estaba completamente cerrado, el otro estaba completamente abierto y miraba hacía el vació. Su boca estaba abierta (posiblemente la mandíbula estaba desencajada) y se apreciaba que algunos dientes estaban rotos. Una gran mancha de sangre se había ido formando gradualmente alrededor de lo que quedaba de la cabeza de lord Blackwell. La mancha se había oscurecido con el paso de las horas y destacaba sobre el tono color crema de la moqueta que recubría la biblioteca y sobre la que había fallecido. Numerosas gotitas de sangre aparecía diseminadas un poco más alejadas del cuerpo. También había salpicaduras de sangre en la zona posterior del sillón tras el que le habían asesinado.

-           ¡Madre de Dios! ¿Quién ha podido hacer una atrocidad así?- preguntó Weston.
-           Sin duda es obra de un loco- contestó el doctor Levine con tono sombrío.
-           ¿El arma del crimen?- preguntó el sargento señalando uno de los atizadores para el fuego que yacía junto al cadáver.
-           Eso parece- repuso el doctor-. Al menos se aprecian una serie de heridas en el cráneo que corresponderían con el gancho que tiene el atizador al final.

Weston cogió el atizador cuidadosamente con un pañuelo para evitar. Lo examinó atentamente. Se apreciaban manchas de sangre coaguladas y algún cabello pegado. El mango de nácar aparecía sorprendentemente limpio. Después lo volvió a dejar en el suelo. Observó los ventanales que se alzaban al fondo de la biblioteca y se dirigió con cuidado hacia ellos. Oteó hacia el exterior y vio que los ventanales comunicaban con una pequeña terraza con unos escasos escalones que llegaban hasta el jardín que rodeaba la mansión.

-           Están cerrados y no parecen haber sido forzados- comentó el detective pensativo. Después miró al doctor-. ¿Ha tocado algo de la estancia?
-           Sólo he encendido la luz para examinar el cadáver. Pero le juro que no he tocado nada- el doctor pareció levemente ofendido.
-           ¿Cuánto tiempo creé que lleva muerto?

El doctor pareció recuperar la compostura y volvió a adoptar su aire profesional.

-           Bueno, es difícil decirlo sin hacer un examen más profundo… Pero yo diría que debe llevar muerto desde la medianoche aproximadamente. Aunque esa es mi opinión personal, el forense debe hacer su trabajo y él es quién establecerá la hora aproximadamente de la muerte.

-           Ya veo…-comentó Weston pensativo y atusándose el bigote. Este gesto era muy característico en él cuando estaba preocupado.
-           Sin embargo…-el doctor pareció recordar algo-. He notado algo raro en las heridas. Quizás me equivoque, pero juraría que las heridas están hechas de una forma poco común. Parecen haber sido hechas de izquierda a derecha desde el punto de vista del asesino-. El doctor se agachó y señaló un par de heridas.

Weston observó las heridas. Inmediatamente después se puso en el papel del asesino. Imaginó que tenía delante de él a lord Blackwell y que en sus manos portaba el atizador. Probó a golpear de derecha a izquierda y viceversa.

-           Entiendo lo que quiere decir… Según dice, le golpeó una persona zurda. Resulta muy difícil para una persona diestra realizar unos golpes de esa clase…- comentó Weston. El doctor Levine asintió satisfecho- Gracias doctor Levine por su apreciación.
-           Ya le digo que es una mera opinión mía. Habrá que esperar a los resultados de la autopsia- comentó el doctor dignamente. Como el sargento no dijo nada durante unos minutos, añadió:- Si no me necesitan, yo me retiro que tengo que atender a la señorita Jones, y probablemente a la chica que encontró el cadáver. Seguramente ambas anden muy trastornadas con lo ocurrido.
-           Sí, puede retirarse doctor Levine- comentó Weston sumido en sus pensamientos.

Permaneció así unos minutos hasta que Bowers se atrevió a abrir la boca:

-           ¿Qué opina, sargento?
-           No me gusta nada el cariz que está tomando el caso. O un intruso ha entrado por alguno de los accesos a la mansión, o me temo que el asesino es alguien de esta casa.

Bowers asintió uniéndose a su preocupación.

-           Creo que el caso se nos va a hacer muy grande, Bowers. No estamos acostumbrados a crímenes tan brutales en esta parte de Inglaterra.
-           ¿Creé que intervendrá Scotland Yard?

El rostro de Weston se contrajo levemente.

-           Eso es lo que me temo que vaya a suceder.

Weston permaneció pensativo unos instantes más. Consultó su reloj y finalmente se dispuso a salir de la biblioteca con determinación.

-           Bowers, quédate aquí vigilando la escena del crimen. Voy a realizar una llamada telefónica.
-           ¿A quién va a llamar?, si no es indiscreción preguntar- el agente no parecía muy contento de la tarea asignada.
-           Voy a llamar a la residencia de los McCarthy. Allí hay alguien que nos pude ayudar con este asunto.

domingo, 22 de mayo de 2011

CAPÍTULO 3

CAPÍTULO 3
DURANTE LA CENA


R
ufus Blackwell estaba sentado en uno de los extremos de la larga mesa de caoba. Observaba por turnos a cada uno de los invitados a su cena. Los analizaba mentalmente por turnos posando sus oscuros ojos sobre cada uno de ellos. Lord Blackwell pasaba ya los sesenta años. Tenía el pelo canoso salpicado por algunos mechones que antaño habían sido negros. Su nariz era aguileña y su boca cruel. Sus cejas pobladas formaban un ángulo que le añadía más malicia a su gesto. A pesar de su edad y de cierto sobrepeso, mantenía aún una figura esbelta. Era un hombre poco dado a las emociones. Hablaba de forma tajante y con un tono de voz muy grave.

La señora McCarthy, que se sentaba al otro extremo de la mesa, se empeñaba en sacar temas de conversación con Richard Samuelson. Este parecía malhumorado y con pocas ganas de contestar a su interlocutora. “¡Esa vieja chismosa no para hasta que averigua la vida de todo el mundo!”. Cora se percataba de lo reacio que se mostraba el señor Samuelson, por lo que trataba de sacar temas de conversación con la señora McCarthy y que esta no se percatase de la falta de cortesía del hombre de negocios. Cassandra permanecía ausente jugueteando con la comida. La señorita Drake la miraba exasperada por la actitud de la joven frente a las visitas. El mayor Kane tampoco estaba muy hablador, cosa poco extraña en él. La señorita Drake tenía que hacer el doble de esfuerzo para que fluyese la conversación entre Cassandra y el mayor Kane. Colin McCarthy y su primo charlaban con el doctor Levine acerca de medicina, tema sobre el cual el doctor se mostraba encantado de poder hablar.

Lord Blackwell observaba con curiosidad al irlandés sobrino de la, no menos irlandesa, señora McCarthy. Había algo que le intrigaba de aquel hombre. Era bastante alto y desgarbado. Pelo rojizo y corto. De piel muy blanca. Tenía los ojos rasgados y verdes y los labios finos. Parecía ser un hombre completamente despistado y con pinta de bobalicón. De modales pausados y algo torpes. Sin embargo, había mostrado gran lucidez en la conversación y capacidad de hablar de cualquier cosa de la que se tratara.

-          ¿A qué se dedica usted, señor O’Connor?- Lord Blackwell hizo la pregunta que tanto temía el detective.
-          Soy escritor- dijo Stephen sencillamente.

No faltaba a la verdad ya que combinaba su trabajo como detective privado con su gran afición: la escritura. Había escrito un par de novelas que había obtenido resultados bastante modestos; y colaboraba puntualmente escribiendo relatos cortos en un periódico de segunda. Los relatos eran de misterio. El redactor le pidió que no los escribiese con trama demasiado complicada, ya que algunos lectores se quejaron al respecto. “Nuestros lectores se sienten torpes leyendo tus relatos”, le dijo el redactor jefe. “Eso no les gusta. Les gusta saber que pueden acertar el final antes de acabar el relato. No te ofendas, O’Connor, a mí personalmente me gustan tal cual están. Pero a veces tenemos que adaptarnos a los gustos de nuestros lectores. Así que te pediría de ahora en adelante que escribieses tus relatos con una trama más sencilla”.

O’Connor había aceptado de mala gana y comenzó a escribir “relatos mediocres”, como los solía denominar él mismo. Estos los escribía para el periódico. Pero en su mente bullían tramas complejas que debía plasmar en papel aunque la única persona que las leyera fuera él mismo.

-          ¿Ha escrito alguna cosa que haya podido leer?- preguntó el anfitrión sin mucho convencimiento.
-          Lo dudo mucho Lord Blackwell. Me temo que lo que escribo es de lo más vulgar- contestó Stephen O’Connor sonriendo.
-          ¡Oh, no haga usted caso a mi sobrino! Peca de modesto. La verdad es que tiene un estilo literario bastante aceptable. Quizás los temas no son de su interés, pero están bien escritos- dijo la señora McCarthy muy diga-. Otro día, si me acuerdo, le traeré algunos de sus recortes del periódico en el que colabora.
-          Estaré muy agradecido, señora McCarthy.

La temática derivó hacia la literatura en términos generales. Se elogiaron los grandes clásicos y se criticaron las nuevas tendencias a grandes rasgos. O´Connor por su parte destacó a varios autores noveles, que si bien no eran conocidos, era por falta de publicidad y por los prejuicios de la gente hacia los nuevos estilos literarios. A este respecto estuvo de acuerdo Cora con él. La señora McCarthy comentó desdeñosamente que la gente joven carecía de gusto en cuanto a literatura se refería. La voz de Cassandra sonó cristalina en el leve silencio que siguió a la contundente afirmación de la anciana:

         Pues a mí me gusta Lord Tennyson- afirmó sencillamente. Se ruborizó al notar que todos le prestaban atención con curiosidad.
-           ¿En serio?- preguntó la señora McCarthy arqueando las cejas. No sabía si creer a la joven o pensar que le estaba tomando el pelo.
-           Sí, me encantan sus poemas. La musicalidad con la que envuelve, en especial, los temas mitológicos me fascinan.

Colin tuvo que reprimir una carcajada al notar la contrariedad de su madre.

Poco a poco el tema de conversación continuó con temas más banales. Cuando estaban terminando los postres, Lord Blackwell se irguió sobre su asiento y carraspeó para llamar la atención de sus comensales. Tenía un brillo extraño en los ojos, parecía levemente excitado tras su fachada de frialdad y tranquilidad.

-          Estimados amigos, quiero aprovechar para darles a todos las gracias por haber aceptado mi invitación esta noche. También quisiera aprovechar para compartir con ustedes un hecho que ha acontecido durante mi viaje a Estados Unidos- escrutó con atención los nueve rostros que le observaban atentamente. En todos ellos se reflejaba curiosidad en diferentes grados. En algunos de ellos había cierta tensión. Le divertía soberanamente ver el clímax que se había producido con sus palabras. A continuación soltaría la noticia y disfrutaría aún más viendo las diferentes reacciones. Si de una cosa estaba seguro, es que ninguno se quedaría indiferente.
-           Durante mi viaje de ida coincidí en el barco con varios conocidos. Uno de ellos me presentó a una mujer. Es de Nueva York y es viuda, como yo- guardó silencio durante unos segundos antes de proseguir-. El caso es que durante mi estancia en Nueva York he vuelto a coincidir con la dama en cuestión. Nuestra amistad aumentó considerablemente… y bueno…
-           ¿Adónde quieres llegar, tío Rufus?- preguntó Cora enarcando las cejas.

Lord Blackwell tomó aire un instante antes de soltar la bomba:

-           Marlene, que así es como se llama la dama en cuestión, va a venir en pocos días a Inglaterra y nos casaremos lo antes posible.

Un silencio sepulcral inundó la estancia. Todos habían quedado atónitos con la noticia. Cora parpadeó levemente y miró a su tío perpleja. El doctor Levine buscó la mirada de esta tratando de saber qué era lo que pensaba. Richard Samuelson seguía con gesto adusto. Cassandra permanecía con la mirada perdida y con la boca levemente entreabierta, asimilando la noticia. El mayor Kane parecía muy incómodo, odiaba aquel tipo de situación, y en ese momento estuvo a punto de atragantarse. La señora Drake permanecía muy quieta, los ojos fijos en el plato, sosteniendo los cubiertos con los dedos engarrotados y con los labios fruncidos. La señora McCarthy también permanecía inmóvil, exceptuando sus ojos que brillaban por la excitación y no perdía detalle de ningún rostro. Colin soltó un significativo silbido y miró divertido a su alrededor. La única excepción fue Stephen O´Connor que comía plácidamente pudín y miraba a los demás comensales divertido.

Lord Blackwell disfrutó de aquellos instantes de desconcierto.

-           ¿Y bien? ¿No me felicitáis?
-           Tío Rufus, ¿hablas en serio?- preguntó Cora atónita.
-           Totalmente en serio, querida Cora. Me casaré con Marlene lo antes posible. No estoy para perder el tiempo.
-           Pero… pero… podrías habernos avisado antes.
-           Llegué anoche muy cansado. Además quería que todos lo supiéseis lo antes posible.
-           Pero ¿quién es ella?- quiso saber su sobrina.
-           Es una gran mujer. Es admirable. Tendrás tiempo de conocerla en pocos días. Espero que no la prejuzgues, Cora. Tu madre no te educó así.
-           ¡No la estoy prejuzgando! Nos acabas de anunciar que te vas a casar, simplemente quiero saber quién es ella, de dónde ha salido…
-           Tranquila, querida- se apresuró a intervenir el doctor Levine en defensa de su prometida-. Lo que Cora quiere decir, Lord Blackwell…
-           Sé perfectamente lo que mi sobrina quiere decir, Levine- dijo lord Blackwell secamente.

El doctor Levine abrió la boca como si fuera a añadir algo más, pero se lo pensó mejor, y cerró la boca al tiempo que se ponía rojo como la grana.

La señora McCarthy, muy a su pesar, consideró que tenía que intervenir para suavizar aquella situación tan delicada y de mal gusto. Ya habría tiempo para indagar al respecto y enterarse de todos los detalles del sorprendente compromiso de Lord Blackwell. De modo que le hizo un gesto casi imperceptible a su hijo, y este captó en seguida el mensaje. Colin pintó la más cálida de sus sonrisas y alzó su copa de vino tinto.

-           ¡Enhorabuena por su compromiso, Lord Blackwell! Estamos deseando conocer a la afortunada y que vivan muchos años de felicidad.

Stephen O’Connor se vio obligado a apoyar a su primo, de modo que se unió al brindis. La señora McCarthy les imitó, al igual que el mayor Kane y el señor Samuelson, los cuales brindaron con cierto titubeo. El doctor Levine no sabía qué hacer, de modo que se limitó a mirar a su prometida. Esta miró a Cassandra y en el rostro de la joven sólo había aturdimiento. Cassandra miraba a unos y a otros con la boca abierta. Miró a Cora y se encogió de hombros sin saber qué hacer. La señorita Drake se levantó discretamente murmurando una excusa y se apresuró a salir del comedor con más rapidez de la acostumbrada.

La situación del resto de la velada fue salvada por los miembros del clan McCarthy y por Stephen O’Connor, los cuales fueron introduciendo nuevos temas de conversación más triviales. El mayor Kane hizo un esfuerzo y participó en dichas conversaciones, todo ello para evitar otra situación delicada como la de antes. Posteriormente pasaron a la biblioteca para tomar café. El ambiente se tornó algo más relajado allí ya que se formaron un par de grupos y surgieron diferentes conversaciones. Colin y Cassandra pusieron algo de música en el gramófono, pero la chica rehusó bailar y se acercó a la chimenea a atizar el fuego. La señorita Drake hizo su reaparición con su habitual eficiencia y se dedicó a servir el café. Un rato después, Lord Blackwell se levantó del sofá en el que estaba sentado, se despidió de sus invitados y pidió a Cora y a Cassandra que le acompañaran a su despacho para charlar unos minutos. Las dos jóvenes se miraron y siguieron a su tío fuera de la estancia. Aquello fue una velada indicación a sus invitados para decirles que debían retirarse. En el caso del señor Samuelson o del mayor Kane podrían quedarse hasta que se decidieran ir a dormir, ya que dormían en Blackwell Manor, pero ninguno de los dos estaba de humor para permanecer por allí. De modo que a una indicación de la anciana, Colin y Stephen comenzaron a despedirse. Le ofrecieron al doctor Levine acompañarle a su casa en coche, ya que aún seguía lloviendo copiosamente. El señor Samuelson se retiró a su habitación sin apenas despedirse, y el mayor Kane les acompañó a la puerta. Se disponían a marcharse cuando el doctor Levine se percató de que había olvidado su maletín en la biblioteca. Mientras el médico se alejaba con paso apresurado, la señora McCarthy se volvió hacia el mayor Kane.

-           Ha sido una noche de lo más peculiar-dijo la anciana inocentemente-. ¡Con buenas noticias incluidas!
-           La verdad es que ha sido una sorpresa para todo el anuncio del compromiso-   contestó el mayor Kane.
-           Sí, especialmente para las chicas. Lord Blackwell es como un padre para ellas. Creo que debería habérselo dicho a ellas primero, en privado. La noticia les ha cogido por sorpresa- comentó seria la anciana-. Me preocupa especialmente la joven Cassandra. Nunca se sabe cómo este tipo de noticias pueden afectar a una chica como ella.
-           ¡Mamá!- protestó Colin indignado. Pero su primo le contuvo con un leve apretón en el antebrazo. Stephen no estaba dispuesto a presenciar otra discusión madre-hijo al estilo McCarthy acerca de Cassandra Jones.

El regreso del doctor Levine con su maletín sirvió también para quitarle hierro al asunto.

-           Disculpen, ya estoy listo. ¡Marchémonos!