miércoles, 29 de junio de 2011

CAPÍTULO 9

CAPÍTULO 9
LOS CUADROS DE CASSANDRA


W
eston miró extrañado al detective ante tal afirmación. Le hizo un gesto impaciente con la mano para que continuase hablando. O’Connor tomo aire mientras recordaba todo lo que sabía acerca de Argeneau.

-           Argeneau es un detective privado de origen francés y afincado en Londres. Es bastante conocido, pero no por sus logros, sino por su modo de trabajar ciertamente “irregular”.
-           ¿Irregular? ¿Se dedica a asuntos ilegales?
-           No lo descartaría, aunque yo me refería a que tanto sus métodos para conseguir resolver sus casos, como la forma de captar nuevos clientes no son de lo más ortodoxos.
-           ¿Chantaje?
-           Entre otras cosas. También se dice de él que ha falseado pruebas, comprado testigos, etc. Pero nada que se haya podido demostrar. De hecho, se rumorea que la razón por la que se vino de Francia fue debido a que uno de sus casos se complicó de tal manera, que la justicia le seguía sus pasos. De modo que decidió quitarse del medio durante una temporada.
-           ¿Por qué le extendería un par de cheques lord Blackwell a un personaje como este? ¿Y qué hacía Argeneau en Estados Unidos?
-           Tal vez lord Blackwell le contratara para investigar algo- contestó O’Connor.
-           Pero, habiendo contratado a los detectives americanos para que investigaran el tema del desfalco, ¿por qué no contratarles a ellos también acerca del otro asunto, si es que lo hubiera?
-           No lo sé. Ha dado en el clavo, Weston. Es de lo más extraño- murmuró O’Connor pensativo-. Tal vez, Argeneau estuviese haciendo de las suyas con lord Blackwell.
-           ¿Le chantajeaba?- preguntó Weston rumiando la idea.
-           Es una posibilidad- dijo O’Connor con la mirada perdida, pensativo.
-           Bueno, tendremos que tener una charla con ese tal Argeneau.


*                 *                 *                 *


A la mañana siguiente regresaron a Blackwell Manor. Habían pasado gran parte del día anterior allí, así que volvieron nuevamente para continuar con sus pesquisas. Cuando llegaron, Cora les indicó que Cassandra se encontraba mucho mejor y que se había negado a seguir más tiempo en reposo. Cora les advirtió que era una chica muy sensible, y que por favor, no fueran muy bruscos con ella en el interrogatorio. Weston le dijo que se despreocupara. Cora les indicó que se encontraba en el viejo invernadero que estaba situado en el jardín trasero a la mansión.

Allí se dirigieron. Encontraron de camino a Rogers, el jardinero, que les indicó que el invernadero se encontraba tras unos setos altos que se encontraban frente a él. Los setos discurrían de tal forma que daba a esa parte del jardín gran intimidad. Cruzaron a través de un arco hecho con los mismos setos. Una vez pasaron quedaron sin aliento ante la vista que tenían. Dentro había una vasta explanada y circundando la misma había numerosos rosales y matorrales que O’Connor, negado para la jardinería, no pudo identificar. Pero lo más llamativo y singular de todo se encontraba en el centro. Sin duda, en un alarde de originalidad y orgullo por su propio apellido[1], lord Blackwell había hecho construir un oscuro pozo con piedra pizarra. Un elaborado arco de hierro con algo de óxido se cernía sobre él, sujetando con una cadena un cubo metálico. El cubo se oscilaba levemente con la ligera brisa que se colaba por la entrada hecha entre los setos. El cuadro que tenían frente a ellos resultaba de lo más tétrico. Las sombras de los setos se cernían amenazantes sobre el pozo, dándole un aspecto más siniestro. Sin duda, en primavera, cuando las flores de los matorrales y rosales hubiesen florecido aquel sitio sería totalmente diferente, muy bucólico y encantador. Detrás del pozo había otro acceso similar construido en el seto, el cual conducía a un sendero. Una vez lo cruzaron se encontraron frente a un invernadero abandonado y reconvertido en un estudio de pintura.

Allí encontraron a Cassandra Jones practicando su afición favorita. Se encontraba frente a un lienzo, con una paleta de colores en la mano derecha y un pincel en la izquierda. La pálida luz de los tímidos rayos del sol se filtraba a través de los cristales sucios del viejo invernadero, envolviendo a la chica con un aura que le daba un aspecto sobrenatural. En ese momento, más que nunca, tenía el aspecto de un hada. Permanecía completamente inmóvil, con la mano que sostenía el pincel en el aire. Mirando fijamente el lienzo. O’Connor se percató que tenía la mirada perdida y que realmente miraba sin ver lo que estaba pintando. Su mente se encontraba muy lejos de aquel invernadero. Los dedos que sostenían el pincel se encontraban crispados por la tensión en torno al mismo.

-           Señorita Jones…-dijo Weston.

El encanto del momento quedó roto con el sobresalto de la chica al escuchar la profunda voz del sargento. Parecía haber despertado de una sesión de hipnosis y les dirigió una mirada ansiosa. A los pocos segundos, tras identificar a los recién llegados, su rostro se fue recuperando de su palidez repentina.

-           Disculpen, no les había escuchado entrar- dijo con voz atropellada. Dejó la paleta y el pincel en una mesita auxiliar y se acercó a ellos.
-           Discúlpenos a nosotros señorita Jones. La culpa es nuestra por haberla sobresaltado- se excusó Weston-. Veo que hoy se encuentra bastante mejor. Me gustaría hacerle una serie de preguntas, si se ve con fuerzas para responderlas.
-           Por supuesto. Sentémonos- dijo la joven dirigiéndose hacia unas sillas de mimbre de aspecto descuidado. Weston temía que no fuese a resistir su peso. O’Connor optó por echarle un vistazo a los cuadros que se encontraban diseminados sin orden alguno.

Miró algunos paisajes, en su mayoría de temática marítima. Los trazos eran algo toscos a su parecer, pero el conjunto y la elección de los colores era bastante acertada. Más tarde Cassandra les explicaría que tomó los bocetos durante un viaje que realizó con su tío y con Cora a la Riviera francesa.

-           Bien señorita Jones, lo primero de todo preguntarle si se encuentra mejor para contestar a mis preguntas.
-           Sí. El doctor Levine es un exagerado. Me encontraba perfectamente, algo impresionada por la noticia, pero el doctor Levine se empeñó en sedarme y en que guardase reposo- comentó la chica sonriendo distraídamente.
-           Necesito saber qué hizo la noche del crimen, cuando se fueron todos los invitados.
-           Después de tomar el café subí con Cora al despacho del tío Rufus, tal y como él nos pidió. Estuvimos hablando y después fui con Cora a mi cuarto. Intercambiamos unas palabras y nos fuimos a dormir. No salí en toda la noche de mi cuarto.
-           ¿De qué hablaron con su tío?
-           De su compromiso y de sus futuros planes.
-           ¿Le preocupaba su futuro tras la inminente boda de lord Blackwell?
-           En absoluto- contestó Cassandra con indiferencia.
-           ¿Le pareció bien que se fuese a casar?

Cassandra meditó la respuesta unos segundos.

-           Me extrañó mucho la noticia. Pero él podía hacer lo que quisiera.

O’Connor se dirigió hacia un montón de cuadros con más paisajes marítimos apoyados contra una mesa. Debajo del montón había un cuadro tapado con un trozo de sábana. El detective lo descubrió con disimulo y vio que lo que el trozo de tela blanca cubría era un retrato de lord Blackwell. El detective quedó impresionado. El talento de Cassandra estaba sin duda en los retratos. Pero lo que más le sobrecogió fue el mensaje que trataba de transmitir acerca del difunto. Había retratado a lord Blackwell en una actitud altiva. Sus ojos mostraban frialdad y el gesto era de total despotismo. Había utilizado colores muy oscuros y a O’Connor le recordaba a pinturas de estilo tenebrista.

-           ¿Apreciaba a lord Blackwell?
-           Sí, por supuesto. Se ha portado muy bien conmigo. Cuando mis padres murieron yo era pequeña, él me acogió y me trató como si fuera hija suya- dijo con voz triste.
-           ¿Nunca tuvieron ningún tipo de discusión?
-           Bueno, tío Rufus era bastante estricto. Y en alguna ocasión hemos chocado. No aceptaba algunas ideas que yo tenía.
-           ¿Qué tipo de ideas?
-           Ideas acerca de mi futuro- dijo sonriendo tristemente. Alzó las manos y con un gesto abarcó toda la estancia-. Mi afición es la pintura y siempre he querido estudiar en una academia de arte y dedicarme a esto profesionalmente. Tío Rufus se oponía a eso completamente. Veía bien que lo tuviese como afición. De hecho me habilitó el viejo invernadero para ello. Pero no aceptaba que yo quisiera dedicarme a a la pintura profesionalmente. Pretendía que dependiese de él, tal y como ha hecho con Cora. Constantemente discutíamos por eso, pero yo tenía mis propios planes.
-           ¿Qué planes?- le preguntó Weston en tono confidencial y amistoso para que la chica se sintiese confiada.
-           En cuanto hubiese cumplido la mayoría de edad me habría fugado. Tenía algo ahorrado, no mucho, pero hubiese trabajado de lo que fuese para pagarme la academia de arte.
-           Bueno, supongo que si su tío le ha dejado algo en su herencia podrá cumplir su sueño. ¿Tenía idea de si lord Blackwell le iba a dejar algo tras su muerte?- preguntó Weston con la mayor inocencia posible en su rostro y en su voz.
-           Algo comentó…- Cassandra frunció el ceño ligeramente y en ese momento pareció una niña pequeña-. Nunca he querido ese dinero. No me interesa. No me pertenece.

O´Connor volvió a tapar el retrato de lord Blackwell y se dirigió hacia otro caballete que estaba algo más apartado. En él se mostraba a Cora Lemarchand apoyada sobre una balaustrada de mármol y con una rosa en la mano. La rosa hacía juego con el vestido color corintio que llevaba puesto. Los trazos sobre el vestido daban la sensación de movimiento, como si una ligera brisa primaveral moviese la tela. Los rasgos de la mujer aparecían más suavemente pintados, dándole una expresión menos cruel de lo que habitualmente mostraba. Estaba realmente bella. Sin duda, este cuadro delataba la adoración que Cassandra sentía por Cora. A ojos de la chica era como una hermana mayor.

-           ¿Qué tal se lleva con la señorita Lemarchand?
-           ¿Con Cora? Genial. Es muy divertida y siempre se ha preocupado mucho por mí- el tono de voz de la chica se tornó alegre.
-           ¿Escuchó algo durante la noche o sabe algo que pudiera echar algo de luz al asunto?

Cassandra meditó la respuesta unos segundos. Miró al vacío con su mirada perdida. Su mente parecía hallarse a años luz. Sin duda, Weston pensó que había algo extraño en el comportamiento de Cassandra. Su actitud era nerviosa… Tal vez las habladurías fuesen ciertas y anduviese algo trastornada. O quizás supiese algo. Finalmente la chica negó con la cabeza.

O’Connor por último se acercó hasta el cuadro que estaba pintando Cassandra en ese momento. Representaba el pozo que acababan de ver. Estaba pintado con pinceladas nerviosas y con todo lujo de detalles. Las piedras oscuras perfectamente definidas. Las sombras trazadas daban al pozo un aspecto siniestro. El cuadro le daba a O’Connor una sensación de inquietud. Pero no fue esto lo que más le llamó la atención. El detective estaba tan ensimismado mirando el cuadro que no se percató de que el interrogatorio había finalizado. Por eso se sobresaltó al escuchar la voz de Cassandra detrás de él.

-           ¿Le gusta, señor O’Connor? Es mi rincón favorito de la casa. Siempre he sentido un vínculo especial con este sitio y me gusta estar ahí cuando quiero estar sola- dijo la joven acercándose a él. Su voz sonaba en ese momento inusualmente alegre.
-           El cuadro es muy interesante…-comentó O’Connor sin apartar los ojos del cuadro-. ¿Pero me puede decir qué ha pintado aquí? ¿Qué representa esto?

O’Connor indicaba con el dedo unos trazos hechos con pintura roja que salían de la abertura del pozo y se deslizaban sinuosamente entre las piedras, para finalmente estancarse en el suelo en un brillante charco rojizo. Cassandra apartó levemente a O’Connor cogiéndole por el brazo. Palideció y sus ojos se abrieron desmesuradamente.

-           Yo no he…-comenzó a decir la chica con voz ahogada. Su vista se dirigió hacia el pincel que había estado utilizando, el cual estaba manchado de pintura roja-. ¡Dios mío, no recuerdo haber pintado esto!


*                 *                 *                 *


El agente Bowers se encontraba en el cuarto de Cassandra Jones procediendo al registro. El agente Perkins le acompañaba en dicha tarea. Como el día anterior había estado ocupado por la joven, que se recuperaba del shock por la muerte de su tío, no habían tenido tiempo para registrar la habitación. En el resto de cuartos de los demás invitados no habían encontrado nada. Tampoco en ninguna de las demás estancias, a excepción de la biblioteca. De modo que Bowers daba por hecho que este último no iba a ser una excepción.

Echó una mirada alrededor suyo. El cuarto estaba decorado con gusto, pero el carácter de su inquilina se imponía fuertemente. Numerosos cuadros pintados por ella abundaban, tanto colgados en las paredes como en los rincones unos amontonados sobre otros. Un fuerte olor a pintura inundaba la estancia. Había una estantería repleta de libros, en su mayoría libros de poesía. Había algunos libros diseminados en diferentes sitios de la habitación. Bowers lanzó un suspiro irritado. A su parecer, aquella habitación no pertenecía a una dama.

Bowers dirigió la mirada al tocador de la chica. Aparecía abarrotado de botes con cremas faciales, perfumes y productos de maquillaje. El agente se indignó: “Una chica tan joven no precisa de tantos potingues de esta clase”. Pensó que si la señora Bowers viese eso se pondría verde de envidia.

Chasqueando la lengua se puso a buscar en los cajones de la cómoda. Perkins tenía medio cuerpo metido en un gran armario. De pronto soltó una exclamación:

-           ¡Bowers, venga a ver esto!

Se acercó hasta donde se encontraba y Perkins le mostró un vestido color verdoso arrebujado. Tenía una oscura mancha.

-           Lo he encontrado hecho un guiñapo en un rincón del armario.
-           ¡Vaya, que me aspen si esto no es sangre reseca!


[1] Blackwell: en inglés significa “Pozo negro”.


¡¡¡NO TE OLVIDES DE VOTAR EN LA ENCUESTA!!!! ¿QUIÉN CREÉS QUE ES EL CULPABLE? ¿ESTARÁS EN LO CIERTO?

miércoles, 8 de junio de 2011

CAPÍTULO 8

CAPÍTULO 8
EL SEÑOR SAMUELSON Y EL MAYOR KANE
 
 
 
     B
owers les salió al paso cuando los detectives iban en busca del señor Samuelson para interrogarlo. Al parecer había vuelto a interrogar a Edna, la criada, pero esta vez utilizando su atractivo personal. A pesar del aspecto algo desastroso del agente Bowers, disponía de mucha verborrea, e inexplicablemente tenía mucho éxito entre el género femenino. Bowers era conocedor de su peculiar “don”, y no dudaba en utilizarlo siempre que lo consideraba necesario para interrogar a alguna testigo dura de pelar. Las doncellas y demás personal doméstico podía ser una extraordinaria fuente de información a la hora de investigar una cosa.

                        -           Por lo visto, ayer por la tarde, lord Blackwell mantuvo una discusión…-comenzó a decir el agente.
                        -           Bowers, vamos unos cuantos pasos por delante de usted. Ya sabemos que lord Blackwell discutió con el señor Samuelson- le cortó Weston.
                        -           ¿Con el señor Samuelson?- preguntó Bowers extrañado-. No, la criada me ha dicho que ella oyó “por accidente” una discusión entre lord Blackwell y el mayor Kane.
                        -           ¿En serio?- preguntó Weston algo azorado. Bowers asintió con satisfacción-. ¿Y sobre qué discutieron?
                        -           Al parecer  oyó que el mayor Kane le pedía una especie de financiación… algo sobre una expedición. Parece ser que la conversación no llegó a buenos términos ya que el difunto se negó a las peticiones del mayor Kane, y este salió del despacho con cajas destempladas.
                        -           Mi tía y mi primo Colin me han contado que la situación del mayor Kane es bastante delicada. La última expedición en la que participó fue un auténtico desastre. Se ve que no ha sabido administrar sus ganancias y precisa de las inversiones de sus amistades para poder seguir realizando dichas expediciones. Su prestigio está en entredicho. Se ve que habrá intentado convencer  a lord Blackwell para que le avalase, pero este se negó.
                        -           Bueno, supongo que tendremos que hablar con él respecto a esto… Pero primero quiero centrarme en Samuelson.

                        Al poco rato se reunieron con el señor Samuelson en el salón. El hombre se sentó frente a ellos no sin antes dejar de manifiesto lo desolado que se sentía por la muerte de su socio.

                        -           ¡Ha sido un crimen atroz! ¡No me puedo explicar que haya ocurrido algo tan terrible como esto! ¡Pobre Rufus! No merecía un final así.
                        -           Entiendo que se encuentre algo conmocionado señor Samuelson. Es algo completamente natural. Por eso le pedimos que colabore en la medida de lo posible- rogó Weston cortando así la verborrea de aquel hombre.
                        -           Por supuesto. Cuenten conmigo para coger al responsable de esta salvajada.
                        -           Muy bien. ¿Sería tan amable de decirme qué hizo anoche una vez que se marcharon todos los invitados?
                        -           Subí a mis aposentos directamente.
                        -           ¿Subió directamente? ¿No volvió a bajar en toda la noche?
                        -           No, no bajé.
                        -           ¡Qué extraño! Según mis informaciones bajó de nuevo a la biblioteca a eso de las once y media- dijo Weston consultando su bloc de notas.

                        Samuelson frunció el ceño unos segundos mientras pensaba. Finalmente se dio una palmada en la frente.

                        -           ¡Estúpido de mí! ¡Lo había olvidado! Bajé a la biblioteca a buscar mi encendedor. Supongo que se lo diría la criada con la que hablé- Weston asintió-. Encontré el encendedor en el sofá donde estuve sentado y volví a subir a mi cuarto. No volví a salir de allí en toda la noche.
                        -           ¿Tenía lord Blackwell algún tipo de enemigo, ya fuese en el mundo de los negocios o en su vida privada?
                        -           En el mundo de los negocios tenía gente contraria a él, pero no del tipo que asesina. Y en cuanto a su vida personal, no le conocía a nadie que le quisiese mal- dijo Samuelson encogiéndose de hombros.
                        -           ¿Tenía constancia del compromiso de lord Blackwell?
                        -           No hasta anoche durante la cena. Supongo que no fui al único que le cogió la noticia por sorpresa, como el señor O’Connor le podrá confirmar. Las caras que pusimos anoche después de que lord Blackwell soltase la bomba debían de ser merecedoras de ver.
                        -           ¿Qué opinión tuvo acerca de este compromiso?
                        -           Bueno, apenas me dio tiempo a digerir la noticia. Admito que me chocó bastante, ya que siempre había dado por hecho que lord Blackwell nunca más se volvería a casar. Quedó muy afectado con la muerte de su esposa, y nunca le había conocido pretendientas o intenciones de volverse a casar. Pero aparte de eso, me pareció bien que decidiese rehacer su vida. Estaba en su derecho.
                        -           ¿Qué pasará con la parte perteneciente del negocio de lord Blackwell? ¿Se repartirá entre los socios? ¿Se hará cargo el heredero?
                        -           Creo que la intención de lord Blackwell era que su sobrina se hiciese cargo del negocio familiar una vez que él faltase. Sinceramente no veo a la señorita Lemarchand preparada para hacerse cargo de esa función, pero por supuesto tendrá gente que le asesore. Es más, me pienso ofrecer para orientarle, especialmente durante su primer periodo al cargo de la empresa.
                        -           ¿Sobre qué discutieron ayer por la tarde usted y lord Blackwell?- soltó Weston a bocajarro. Su intención de coger a Samuelson desprevenido había funcionado. Su rostro se crispó un segundo. En sus facciones se mezclaron la sorpresa y la ira. Tras este brevísimo instante en el que su coraza de imperturbabilidad había fallado, se recompuso.
                        -           ¿Discusión? ¿Qué discusión?
                        -           Señor Samuelson, tenemos a alguien que afirma que usted y lord Blackwell mantuvieron una discusión ayer por la tarde en su despacho.
                        -           Sin duda esa persona se ha equivocado o tiene algo en contra mía. Esa afirmación es del todo falsa.
                        -           Dicha persona está dispuesta a declarar ante un juez si eso fuese necesario- el tono de Weston se tornó despreocupado.

Los oscuros ojos del señor Samuelson se clavaron en los del sargento como si fueran dos dagas. Se incorporó bruscamente del sillón.

-           Señores, esta conversación ha terminado aquí. No estoy dispuesto a hablar más con ustedes si no es en presencia de mi abogado. Estoy en mi derecho- dijo Samuelson mientras se dirigía velozmente hacia la puerta.
-           Por favor señor Samuelson, llame a su abogado cuanto antes, estamos ansiosos de terminar esta conversación

Weston y O’Connor se dirigieron una mirada significativa.

-           Parece que tenemos algo interesante aquí- murmuró O’Connor.


*                 *                 *                 *


El rostro del mayor Kane no reflejaba ninguna emoción, para variar. Se había sentado en el mismo sillón que minutos antes había ocupado el señor Samuelson; pero a diferencia de este, lo hacía de forma muy rígida. Tal vez fuese por la tensión del interrogatorio o tal vez porque el mayor Kane acostumbraba a sentarse así. Fuera lo que fuera, a ojos de O´Connor, no era una forma cómoda de sentarse.

-           Mayor Kane, necesitamos hacerle unas preguntas y posteriormente tomarle las huellas dactilares. Es una mera formalidad- comenzó a decirle Weston. Kane le hizo un gesto para quitarle importancia al asunto y para que procediera-. Bien, ¿necesitaríamos saber qué fue lo que hizo una vez que se marcharon los invitados?
-           Estuve deambulando por aquí. No acostumbro a irme a dormir a esas horas. De modo que estuve aquí hojeando un periódico.
-           ¿Cuánto tiempo permaneció por aquí?
-           Sería un poco más tarde de la medianoche. Recuerdo haber escuchado como el reloj del vestíbulo marcaba la hora. Pocos minutos después subí a mi cuarto.
-           ¿Vio a alguien mientras permaneció por aquí?
-           A la señorita Lemarchand. Estuvimos hablando unos minutos y se marchó a su cuarto.
-           ¿De qué hablaron?
-           Le pregunté acerca de lo que habían hablado Cassandra y ella con su tío. Me estuvo explicando brevemente acerca de lo que hablaron.
-           ¿La notó alterada?

Kane le escrutó frunciendo el ceño, molesto ante la pregunta. Finalmente negó con la cabeza.

-           ¿Escuchó algún ruido por la noche?

Kane volvió a negar con la cabeza.

-           Usted conocía al difunto desde hacía tiempo, ¿verdad?- preguntó Weston. El mayor Kane asintió-. ¿Le conoció alguna vez un enemigo que quisiera hacerle esto?
-           No- se limitó a contestar alternando la mirada de uno a otro. Cogió su pipa y se dispuso a llenarla con aire despreocupado.
-           ¿Quién cree que ha podido hacer una cosa así?
-           ¿Un ladrón? ¿Un demente? Últimamente se escuchan casos de asaltos a casas por personas desequilibradas sin motivo aparente. Las drogas tienen mucho que ver en estos casos.
-           ¿De que conocía a lord Blackwell?
-           Le conocía desde hace bastantes años. Era amigo de mi padre.
-           ¿Era buena su relación la señorita Lemarchand y la señorita Jones?
-           Por supuesto que sí- repuso el mayor Kane como si otra respuesta hubiese sido impensable-. Era como un padre para ellas.
-           ¿Qué opinión tuvo acerca del repentino compromiso de lord Blackwell?

Víctor Kane meditó unos segundos la respuesta.

-           Me sorprendió mucho; pero me pareció bien. No era yo nadie en la vida de lord Blackwell como  para opinar al respecto.
-           Sin embargo, ese matrimonio hubiese perjudicado a la señorita Lemarchand ya que sería la mujer de lord Blackwell la máxima beneficiaria de la herencia.
-           Cora no le da importancia al dinero. Nunca se la ha dado- contestó el mayor Kane visiblemente ofendido.

O’Connor le proporcionó una caja de cerillas. Kane asintió a modo de agradecimiento y se dispuso a encender su pipa.

-           Ayer por la tarde, según tengo entendido tuvo una pequeña reunión con lord Blackwell después de tomar el té, ¿me podría decir acerca de qué hablaron?

La mano con la que sostenía la pipa mientras la encendía pareció crisparse levemente, pero su rostro permaneció imperturbable mientras daba bocanadas para encenderla.

-           Nos estuvimos poniendo al día. Hacía tiempo que no nos veíamos, así que básicamente hablamos del viaje del que acababa de regresar lord Blackwell- dijo tras unos segundos.
-           Según tengo entendido el torno de la conversación no fue del todo cordial- comentó Weston con su habitual tono de despreocupación que siempre utilizaba cuando lanzaba una afirmación de ese tipo.

El rostro del mayor Kane se tornó rojo de repente, pero lejos de encolerizase; tal y como hizo el señor Weston; se limitó a sonreír con una ligera sombra de sorna en sus labios.

-           Veo que el personal de esta casa se dedica a algo más que ceñirse a sus tareas, ¿o ha sido algún otro de los invitados?- preguntó. Después dio un suspiro cansado-. Estuvimos hablando acerca de su viaje y sobre otros asuntos. Después acabé pidiéndole que colaborase en mi próxima expedición.
-           Y lord Blackwell se negó- concluyó Weston.
-           No exactamente. Se mostró algo reacio al principio, pero me dijo que le diese algo de tiempo para meditarlo.
-           ¿Había financiado alguna otra expedición suya?
-           Sí, en otra ocasión. Hace un par de años.
-           ¿La expedición fue exitosa?- preguntó Weston.
-           Bueno, no tanto como estimamos en un principio- contestó el mayor Kane algo vacilante.
-           Supongo que aquella expedición fue algo más exitosa que esta última, ¿me equivoco?- preguntó O’Connor hablando por primera vez.

Víctor Kane frunció el ceño. Se le veía más incómodo que al principio.

-           Te pasas tu vida trabajando y finalmente eres más conocido por tus pequeños errores que por tus grandes victorias- se lamentó Víctor Kane-. La gente no se acuerda de los yacimientos de esmeraldas que encontré hace unos años, ni de las expediciones que han resultado fructíferas.
-           Bueno, supongo que ahora que la señorita Lemarchand va a heredar una cuantiosa herencia, no dudará en prestarle la ayuda que le solicitó a su difunto tío.
-           Lo que Cora haga con su dinero es asunto suyo- contestó Víctor Kane con frialdad.

Tras esta pregunta dieron por concluido el interrogatorio del mayor Kane. A la llamada de Weston un agente entró en la estancia para tomarle las huellas dactilares.

-           ¡Vaya tipo más inexpresivo!- exclamó Weston una vez que se marchó el mayor Kane-. Este tipo de hombres, acostumbrados a vivir en tierras lejanas sin apenas compañía, parecen cortados por un mismo patrón.

O’Connor dio una respuesta vaga. Weston se dio cuenta de que estaba sumido en sus pensamientos, y se puso a consultar sus notas para no interrumpir los pensamientos del detective.

-           ¡Ya lo tengo!- exclamó O’Connor dando una palmada en la mesa. Weston dio un respingo sobresaltado.
-           ¡Dios santo, O’Connor! ¡No me de esos sustos!
-           Lo siento- repuso O’Connor.
-           ¿El qué tiene?
-           Ya sé de qué me sonaba el nombre de Cédric Argeneau.
-           ¿De qué?- preguntó Weston impaciente.
-           Se trata de un detective privado.


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miércoles, 1 de junio de 2011

CAPÍTULO 7

CAPÍTULO 7
LOS NEGOCIOS DE LORD BLACKWELL


E
ncontraron a la señorita Drake en el despacho del difunto. Bowers les había informado que la secretaria se encontraría allí organizando algunos papeles por si querían hablar con ella. Llamaron a la puerta y no esperaron respuesta para entrar. La secretaria se encontraba detrás del escritorio con una carpeta en las manos. Parecía muy satisfecha de sí misma al demostrar que, a pesar de haber ocurrido una terrible tragedia en la casa, ella continuaba con su trabajo. La eficiencia rebosaba por todos sus poros.

-           Sargento Weston. Señor O’Connor- el matiz de la voz se tornó un poco más frío al decir el nombre del detective-. He estado organizando un poco los papeles de lord Blackwell, para facilitarles el trabajo en caso de que deseen echarles un vistazo.
-           ¡Vaya, señorita Drake! Veo que se ha mantenido ocupada- comentó Weston acercándose un poco al escritorio.
-           ¿De qué me sirve mantenerme inactiva en estos momentos? Va contra mi naturaleza el mantenerme yendo de un lado hacia otro sin hacer nada de utilidad- dicho esto, volvió su atención hacia los papeles que se apilaban en el escritorio-. Veamos, aquí tienen las escrituras de sus propiedades, estatutos de su empresa en Londres, los de la empresa de Estados Unidos, acciones, su agenda, extractos de sus cuentas bancarias, talonarios…

Echaron un vistazo ante la atenta mirada de la secretaria, la cual hacía alguna que otra observación o contestaba a cualquier duda que cualquiera de los dos hombres tuviese. Finalmente Weston retornó a la idea inicial que le había llevado a buscar a la señorita Drake: interrogarla. Ya habría tiempo para hojear los asuntos de negocios de lord Blackwell; de todas formas O’Connor parecía concentrado en aquellos papeles. De hecho se había sentado en el gran butacón de cuero, que tantas veces había ocupado el difunto, y se había puesto a echar un vistazo a aquellos informes

-           Señorita Drake, me gustaría hacerle unas preguntas.
-           Por supuesto sargento Weston. Colaboraré en todo lo que pueda- la disposición de la secretaria resultaba algo petulante.
-           Me gustaría saber qué hizo después de que se fueran los invitados.
-           Le di unas últimas indicaciones a las criadas, después volví a la biblioteca a coger un par de libros que quería hojear, e inmediatamente después de encontrarlos subí a mi cuarto.
-           ¿No volvió a ver a lord Blackwell?
-           No, una vez que se marchó a su despacho después de tomar el café no volví a verlo… con vida- dijo con voz trémula.
-           ¿Escuchó algo por la noche? ¿Algún grito? ¿Algún ruido a deshora?
-           No, lamento no poder ayudarle a ese respecto. Antes de dormir tomo un somnífero. Siempre he tenido problemas para conciliar el sueño.
-           Sin embargo escuchó los gritos de Alice esta mañana…
-           La dosis que tomo es muy leve. A esa hora de la mañana ya apenas estoy bajo el efecto del somnífero. Además, es imposible no despertarse cuando una criada histérica entra en tu cuarto dando gritos y zarandeándote- el tono de la secretaria se tornó amargo.
-           ¿Sabe si lord Blackwell tenía algún enemigo?

Sarah Drake soltó una seca risotada.

-           Los hombres de negocios como lord Blackwell fácilmente se granjean algún que otro enemigo. Para triunfar en los negocios hace falta tener pocos escrúpulos, y lord Blackwell no los tenía. De modo que habrá más de una persona que se alegre de su muerte.
-          ¿Puede decirme el nombre de alguna de esas persona?
-          Dudo mucho que ninguno de ellos se moleste en ponerle la  mano encima a alguien como lord Blackwell, ni que manden a alguien para que le quitase del medio- de todas formas la señorita Drake mencionó un par de nombres, aunque volvió a repetir que no creía que alguno de ellos estuviese implicado.
-           ¿Y qué me dice de la gente que rodeaba a lord Blackwell?

            Una irónica sonrisa se dibujo en su cara. La secretaria se había estado preguntando cuando le harían esa cuestión.

            -          Por lo que veo la historia de un posible asaltante va descartándose por momentos. Sospecha de uno de nosotros- Weston no contestó a su insinuación-. Bueno, como ya le he dicho, me comprometo en ayudarles en todo lo que esté mi mano. Me parece muy poco probable que haya sido alguien de la casa. Y en cuanto a los invitados… no me puedo imaginar a nadie capaz de hacer eso.

                        Algo en el tono de la mujer hacía que Weston notase que no estaba siendo todo lo sincera que debía ser.

                        -           ¿Sabe si discutió con alguien de la casa en los últimos días? Si es así, creo que debería decírnoslo, señorita Drake.
                       
                        La secretaria abrió la boca para protestar, pero tras meditarlo unos instantes pareció cambiar de parecer y su actitud se tornó algo más cautelosa.

                        -          Bueno, la verdad es que le escuché discutir con alguien ayer por la tarde. Pero no creo que esa discusión tenga nada que ver con el asesinato.
                        -           ¿Con quién discutió lord Blackwell?- preguntó Weston cortando las excusas de ella.
                        -           Con el señor Samuelson.
                        -          ¿Y sobre qué discutieron? Explíquenoslo lo más detalladamente posible.
                        -          Bueno, ocurrió después de la hora del té. Lord Blackwell se entrevistó con el señor Samuelson después de que el doctor Levine le atendiese, ya que no se encontraba bien después de tan largo viaje. Yo me disponía a entregarle un importante telegrama que acababan de traer. Iba  a llamar a la puerta cuando escuché voces muy fuertes aquí, en el despacho. El señor Samuelson era quien gritaba. Apenas escuchaba la voz de lord Blackwell, que parecía más calmado. No sabía muy bien qué hacer, si interrumpir la discusión o marcharme. Tras dudar unos instantes, opté por lo segundo y me alejé de la puerta.
                        -           ¿Consiguió entender parte de la discusión?

                        La señorita Drake se sonrojó y asintió con la cabeza:

                        -          Sólo algunas frases sueltas que pronunció el señor Samuelson: “¡No me puedo creer que me estés acusando de una cosa semejante!”- dijo la secretaria imitando torpemente al señor Samuelson-. Después lord Blackwell dijo algo que no llegué a entender, a lo que el señor Samuelson respondió: “¡No tienes pruebas, te estás marcando un farol!”. Lord Blackwell murmuró algo como: “Veremos si la policía opina lo mismo”. Entonces la actitud del señor Samuelson se tornó suplicante, no entendía qué decía, pero le estaba rogando que no acudiese a la policía. Como vio que lord Blackwell no daba su brazo a torcer finalmente exclamó que se arrepentiría de hacerle eso. Yo me alejé de allí antes de que saliese dando un portazo. Fue una situación muy incómoda.

                        Weston sonrió levemente. Para haber permanecido unos instantes junto a la puerta había escuchado gran parte de la conversación. No hay nada más vergonzoso para la forma de ser de un inglés que admitir que ha estado escuchando una conversación a hurtadillas.

                        -           ¿Tiene idea sobre qué discutían?
                        -           Me temo que sí- asintió la señorita Drake dirigiéndose hacia el escritorio y rebuscando entre los papeles allí apilados. Cogió un dossier y se lo entregó a Weston-. Hace unos años la empresa de piezas de ferrocarriles, de la cual era lord Blackwell su máximo inversor, se expandió en forma de otra sucursal en Estados Unidos. Querían aumentar el mercado más allá del continente. Lord Blackwell puso al frente de la nueva sucursal al mayor accionista de su empresa y mano derecha, el señor Samuelson. Se encarga de la gestión y de las finanzas de dicha sucursal. Anda a caballo entre Londres y Nueva York, pasando largas temporadas en Estados Unidos. Pero lord Blackwell siempre fue un hombre bastante desconfiado, más aún en asuntos de negocios. Comenzó a sospechar que había “ciertas irregularidades” en la gestión de la nueva fábrica. De modo que decidió ponerse a investigar por su cuenta. Contrató a unos detectives privados de Nuevo York, expertos en investigar este tipo de asuntos financieros. Los resultados de los investigadores no tardaron en llegar, Samuelson estaba inflando las cuentas de la empresa, alegaba gastos que no estaban injustificados del todo… Justo lo que lord Blackwell sospechaba.

                        La secretaria les señaló en el dossier un par de extractos bancarios que mostraban el pago de los gastos de la investigación privada del difunto. Ambos estaban dirigidos a Browne & Jenkins Investigadores Inc.

                        -           Lord Blackwell decidió viajar a Nueva York para reunirse con los investigadores, para que le explicasen de primera mano lo que habían descubierto y poder verlo con sus propios ojos. Aprovechó que el señor Samuelson se encontraba aquí y anunció su viaje con la más mínima antelación posible, para así cogerlo desprevenido.
                        -           Entonces ayer por la tarde suponemos que lord Blackwell le hizo saber al señor Samuelson lo que había descubierto y le comentó que pensaba ponerlo en conocimiento de la policía- comentó Weston pensativo-. ¿Le hizo a usted participe de sus sospechas y su plan?
                        -           Sí, de hecho yo fui quien se encargó de ponerle en contacto con los investigadores de Nueva York- no era capaz de disimular cierto tono de orgullo en su voz al haber sido participe en la investigación-. Sin embargo, entre los papeles he echado en falta el informe que los investigadores redactaron para que lo presentase a las autoridades. Estaba en una cartera de piel color marrón. No la encuentro por ningún lado.
                        -           ¿Tenía lord Blackwell alguna caja fuerte? ¿Ha mirado allí?
                        -           Lord Blackwell era lo suficientemente precavido como para no decirme ni siquiera a mí la combinación de la caja fuerte- dijo la secretaria sonriendo levemente mientras se acercaba a un cuadro que  estaba junto a una estantería. Presionó con firmeza y retiró el cuadro que estaba sujeto por uno de sus lados por unas bisagras, como si se tratara de una puerta. Tras el cuadro se encontraba la caja fuerte-. Supongo que tras la lectura del testamento, los abogados desvelaran su clave y podremos ver qué hay en su interior.
                        -           ¿Estaría, señorita Drake, dispuesta a declarar esto que nos acaba de contar ante un jurado si fuera necesario?
                        -           Por supuesto que sí- afirmó la secretaria llena de dignidad.
                        -           O’Connor, ¿le gustaría preguntar algo a la señorita Drake?

                        El detective había estado echándole un vistazo a los papeles y ahora se encontraba mirando el talonario del difunto.

                        -           Sí, ¿sería tan amable de explicarme por qué lord Blackwell extendió dos talones a nombre de Cédric M. Argeneau? La fecha de uno de ellos, el más reciente, es de hace unos días; coincidiendo con su estancia en Estados Unidos. La otra es de hace unas semanas.

                        Sarah Drake frunció el ceño, extrañada cogió el talonario que O’Connor le ofrecía y lo examinó.

                        -           No tengo ni idea de quién es el tal Argeneau. Admito que anteriormente había visto el primer cheque, pero lord Blackwell no me dijo para quién era ni para qué pagaba esa cantidad de dinero tan elevada.
                        -           Una última pregunta, señorita Drake: ¿estaba enamorada de lord Blackwell?- preguntó O’Connor con aparente inocencia.

                        El cuerpo de la señorita Drake pareció sufrir un latigazo. La tensión se apoderó de su cuerpo. Frunció los labios y fulminó con la mirada a O’Connor.

                        -           No. No soy de ese tipo de secretarias patéticas que se enamoran de sus jefes. Mi única pasión es mi trabajo. Nunca he aspirado a convertirme en lady Blackwell. Conozco perfectamente mi sitio- la voz grave de la mujer resonó en la estancia como un tiro-. Le he dicho que les ayudaría en su investigación; por eso les digo que si van por ese camino, están equivocados: no maté a lord Blackwell. Ni mucho menos por celos.
                        -           ¿Qué le pareció el repentino anuncio del compromiso de su jefe?
                        -           Usted lo ha dicho: “repentino”.
                        -           Pero, ¿le pareció bien que su jefe se volviera a casar?
                        -           La vida personal de lord Blackwell no era asunto mío. Él era un adulto y sabía lo que le convenía y lo que no. Mi opinión sobre este asunto es indiferente- contestó la mujer secamente.
                        -           No tenía entonces conocimiento del futuro enlace de su jefe, ¿verdad?
                        -           No. Me enteré durante la cena, como los demás.

                        No consiguieron sacar más de aquella mujer. Dio por concluido el interrogatorio y se marcho, no sin antes dejar que le tomasen las huellas dactilares.

                        -           ¿Qué opina de esta mujer, O’Connor?
                        -           Que la señorita Drake se ha esforzado al máximo para conducir el interrogatorio por donde ha querido. Nos ha manipulado para hacernos saber los chanchullos del señor Samuelson. Ha sido muy hábil.
                        -           ¿Piensa que no es cierto lo que nos ha contado sobre Samuelson?
                        -           ¡Oh, eso lo veo bastante verosímil! Me refiero a que nos ha hecho conocer esos datos de una forma muy sutil. Tenía más que estudiado lo que nos tenía que decir.
                        -           Le ha descolocado completamente cuando le preguntó que si estaba enamorada de su jefe- se rió Weston-. No se lo esperaba.
                        -           ¿Qué piensa que ha ocurrido con los informes de los detectives norteamericanos?-dijo O’Connor cambiando de tema.
                        -           Los buscaremos. Haremos que registren el cuarto de Samuelson por si lo tiene ahí. De hecho, mandaré a registrar todos los cuartos en busca de pistas. Si no encontramos los informes, nos pondremos en contacto con los abogados de lord Blackwell para que nos abran la caja fuerte. De todas formas, si no aparecen podemos pedirles una copia a los detectives. Sea lo que sea, Samuelson está en un aprieto…

                        O’Connor no contestó nada al respecto. Permaneció callado y pensativo.

                        -           ¿En qué piensa, O’Connor?
                        -           En el nombre de ese tipo: Cédric M. Argeneau… No es la primera vez que lo oigo, pero no recuerdo por qué.  



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