martes, 25 de octubre de 2011

CAPÍTULO 15

CAPÍTULO 15
BROWNE & JENKINS INVESTIGADORES INC.



C
uando Stephen O’Connor entró en el despacho del sargento Weston, lo encontró sentado con el ceño fruncido y fumando como un carretero.

-          ¡Ah, es usted!- dijo sin mucho entusiasmo.
-           Yo también me alegro de verle, Weston- dijo O’Connor sentándose en la silla que estaba frente al escritorio del sargento. Se acomodó estirando sus largas piernas-. Por teléfono sonaba muy alterado, ¿qué ha pasado?
-           Ha llegado esto del consulado británico en Estados Unidos. Ellos están haciendo de puente de información entre nosotros y Browne & Jenkins- contestó Weston tendiéndole el telegrama.

O’Connor lo desdoblo y lo leyó. Sus cejas se arquearon con sorpresa.

-           ¿Un incendio?
-           Efectivamente. Ayer se produjo un incendio en el despacho de los detectives que lord Blackwell contrató. Me comentan desde el consulado que no hay duda de que el incendio fue intencionado. Sospechan que puede haber sido alguna banda organizada la que haya actuado por encargo. No ha habido heridos, pero se creé que se ha perdido toda la documentación de los casos que habían llevado en la agencia de detectives.
-           ¡Vaya! Entonces la acusación contra Samuelson se ha echado a perder. No hay rastro del dossier de lord Blackwell y las copias que pudiesen haber de los informes han desaparecido en el incendio. ¿Quién nos dice a nosotros que en estos días Samuelson no ha podido maquillar los fallos de su desfalco? Piense que desde la muerte de lord Blackwell ha estado colgado constantemente del teléfono. Puede haber gestionado todo esto desde aquí con la ayuda de algún cómplice.
-           Ya hemos pensado en eso- repuso Weston apagando su cigarrillo-. Vamos a rastrear las llamadas efectuadas a ver si encontramos algo sospechoso. Investigaremos también las llamadas hechas desde la empresa de lord Blackwell.

Weston dio un suspiro cansado. Encendió otro cigarrillo, le ofreció uno a O’Connor, pero este negó con la cabeza.

-           Estamos intentando ponernos en contacto con la agencia de detectives para que nos expliquen de primera mano lo que investigaron, pero resulta muy complicado- se lamentó Weston- Por cierto, ¿qué ocurre con Argeneau? ¿Ha conseguido averiguar algo?
-           De momento no. Hay que esperar unos días. He puesto el asunto en mano de unos “colaboradores”. Si está vivo, ellos conseguirán dar con él.
-           ¿Piensa acaso que esté muerto?
-           Es una posibilidad, ¿no creé?- contestó O’Connor encogiéndose de hombros-. Pero conociéndole no lo creo probable. Es muy escurridizo.
-           ¿Quiénes son esos “colaboradores”?
-           Me temo que eso no puedo decírselo.
-           ¿Acaso es algo ilegal?
-           No, que va- dijo O’Connor riéndose-. Simplemente trabajan con muchísima discreción y no están interesados para nada en que su labor se conozca. Ahí radica precisamente la razón por la que uso sus servicios.

Weston no parecía convencido del todo.

-           ¿Por qué me pidió que ocultase ese dato a Rendell?
-           Porque lo que quiero hacer es localizar a Argeneau para hablar con él y averiguar si la razón por la que el contrató lord Blackwell tiene que ver con su asesinato. Si ve que los de Scotland Yard van tras su pista, no tardará en volver a desaparecer.
-           Entiendo.
-           ¿Le ha presionado Rendell al respecto? Si es así, el pido disculpas, amigo mío.
-           No, para nada- dijo Weston quitando importancia con su mano-. Ese zoquete pagado de sí mismo ha tenido delante de sus narices la chequera del difunto, tal y como la tuvo usted. Si no ha sabido llegar a la conclusión a la que ha llegado usted, es su problema. Y no voy a ser yo, un viejo sabueso que debía retirarse ya mismo, el que le va a poner sobre la pista- el tono de Weston sonó con mucho resquemor hacia el inspector de Scotland Yard.

O’Connor se limitó a sonreír de forma comprensiva.


*                 *                 *                 *


La cena en Blackwell Manor había finalizado y pasaron todos al salón para charlar. Desde la muerte de lord Blackwell, no se habían vuelto a reunir en la biblioteca, tal y como hicieron la noche del crimen. Edna había dispuesto una bandeja con té y café para que los propios invitados se sirvieran. Fue la señorita Drake la que sirvió a los demás invitados. Cassandra y la señora Hudson prefirieron café solo. Cora pidió un té. El doctor Levine declinó tomar nada. Por su parte, el mayor Kane y el señor Samuelson prefirieron servirse del mueble bar whisky con seltz. A éste último se le veía bastante animado. Los últimos días había estado huraño y había dado malas contestaciones. En cambio esa noche se le veía de mejor humor, gastando bromas incluso. La señorita Drake optó por prepararse un té, ya que si tomaba café posiblemente le costase dormir. Cogió su taza y se sentó en un butacón, cerca de donde se hallaba la señora Hudson hablando con el mayor Kane y con el señor Samuelson.

Cora y el doctor Levine se habían apartado un poco del resto de invitados y hablaban en voz baja.

-           Siento haberme comportado como un tonto intransigente. Debería haberte servido de más ayuda en vez de haberte ocasionado más preocupaciones en estos días tan duros- decía el doctor Levine-. ¿Me perdonarás?
-           ¡Oh, Barry! Por supuesto que te perdono. Yo también he tenido la culpa de esto. He estado bastante tensa estos días y lamento haberme puesto hecha una furia el otro día.
-           Nos casaremos cuando tú decidas, ¿de acuerdo? Te daré todo el tiempo que necesites. Sin presiones- dijo él con una sonrisa radiante.
-           He estado pensando estos días que podríamos mantener la fecha de la boda prevista, pero celebrándola de forma íntima. Sin apenas invitados. Ya sabes, por respeto a la memoria del tío Rufus. Eso si te parece bien.
-           Si quieres que la boda sea así, así será- respondió el doctor Levine.

Cogió las manos de su prometida entre las suyas. Se las acercó a los labios y besó la punta de los dedos con delicadeza. El gesto no pasó desapercibido para el mayor Kane, que si bien había estado tomando parte en la conversación con Samuelson y la señora Hudson, no había perdido de vista a la pareja de enamorados ni un segundo. La voz de Samuelson le trajo de vuelta a la realidad:

-          Señor Kane, ¿me escucha?
-          Disculpe, no le había oído. ¿Me decía?
-           ¡Dios mío, Kane parece que ha visto un fantasma! Le preguntaba si quería otro whisky- le dijo Samuelson agitando su vaso vacio y haciendo tintinear los cubitos de hielo.
-           No, gracias. Estoy servido- contestó él levantando su vaso para enseñarle el contenido del mismo.
-           Como quiera- repuso el otro hombre dirigiéndose hacia el mueble bar.

La señora Hudson y el mayor Kane quedaron en un incómodo silencio con la marcha del señor Samuelson.

-          Debe de ser muy duro para usted- dijo la señora Hudson con voz suave.
-          ¿Perdone?
-          Me refiero a lo de la señorita Lemarchand… verla casarse con otro.

El mayor Kane enrojeció súbitamente.

-          No sé quien le habrá dicho…
-           ¡Oh, no me lo ha dicho nadie! No hace falta ser muy listo para darse cuenta- la señora Hudson le dedicó una sonrisa dulce- Espero que pueda olvidarla pronto.

El mayor Kane sentía que su cara le ardía de vergüenza. No sabía ni que decir ante la franqueza de aquella mujer.

-           Y bien, ¿tiene pensado regresar pronto a Estados Unidos o va a quedarse una temporada en Inglaterra?
-           ¿Tanto le he incomodado que ya quiere que me marche de aquí?- inquirió la señora Hudson sonriendo.
-           No… yo no quería decir…- el mayor Kane se puso aún más rojo por su metedura de pata.
-           Le estaba tomando el pelo, he entendido lo que quería decirme- le tranquilizó ella-. Mañana regresaré a Londres. No hay razón alguna para permanecer más aquí. Pero no quiero marcharme aún Estados Unidos hasta que se esclarezca el caso.
-           ¿Y si no se resuelve el caso?- preguntó él con tono seco.

Ella le miró intensamente a los ojos.

-           Se resolverá- afirmó ella enérgicamente.

Cassandra desde el sofá en el que estaba sentada interrumpió esta conversación. Llamó a la señora Hudson para que ojease junto a ella un álbum de fotos que tenía abierto sobre el regazo. La americana se acercó de buena gana hacia donde estaba la joven. Dejó su taza de café a medio terminar en una mesita auxiliar junto a la de Cassandra.

-          Supuse que le agradaría ver alguna foto del “tío Rufus”.
-           Cassandra no creo que a la señora Hudson le apetezca ver fotografías de lord Blackwell. Seguro que le entristece- ladró la señorita Drake desde su butacón.
-           La verdad es que la idea me agrada. Me apetece ver las fotografías- contestó la señora Hudson.

Cassandra se mostró entusiasmada. La señorita Drake les dedicó una mirada de desaprobación mientras le daba un sorbo a su té. La chica fue pasando las páginas del álbum, comentando con la señora Hudson las fotos que iban viendo. Cora y el doctor Levine se acercaron a donde estaban ellas para unirse a la actividad y culminar de esa manera una agradable velada.

lunes, 3 de octubre de 2011

CAPÍTULO 14

CAPÍTULO 14
EXTRAÑO COMPORTAMIENTO


C
olin salió al jardín de Blackwell Manor. Lo hizo por el ventanal del salón con la mirada inquisitoria  de la señorita Drake clavada en su espalda. Ella le había dicho que creía que Cassandra se encontraba en el jardín trasero o en el invernadero, tal y como acostumbraba. A la secretaria no le había hecho gracia que se presentara allí de visita. Sabía que a aquella bruja no le gustaba. El sentimiento era recíproco.

Pisó el césped y las gotitas de lluvia saltaron mojándole los zapatos. Había estado lloviendo toda la mañana y finalmente había amainado durante la tarde. Por eso se había animado a acercare a la mansión. Llegó hasta los altos setos que rodeaban el pozo. El color verde de la hierba brillaba violentamente tras aquella tarde de lluvia. A través del arco de hierba que servía como acceso vislumbró la inmóvil figura de Cassandra. Estaba sentada sobre el borde del pozo, girando la espalda y mirando hacia el oscuro fondo. De repente pasó con decisión una pierna por encima del borde. Se inclinó un poco más. Colin empezó a correr en su dirección. La otra pierna de Cassandra comenzó a alzarse del suelo. Pareció vacilar un segundo en el aire, pero finalmente continuó subiendo la pierna. Su brazo derecho se aferraba con fuerza al arco de hierro que se alzaba sobre el oscuro pozo. Ya tenía ambas piernas oscilando en el vacío. La chica se inclinó un poco más al abismo… Colin cruzó el arco de hierba a gran velocidad.

-           ¡Cassandra, no!

El grito del joven cogió por sorpresa a Cassandra. Giró la cabeza en dirección a Colin. Tenía los ojos abiertos de par en par y el semblante pálido por el pánico. Finalmente el peso de su cuerpo fue más fuerte y el cuerpo de la joven desapareció por la boca del pozo. Colin se abalanzó contra el pozo dando un fuerte alarido. Cassandra yacía aferrada con sus dos manos al hierro oxidado del arco del pozo. Sus piernas oscilaban peligrosamente bajo el vuelo de su vestido. Su cara era el reflejo del terror en estado puro. El pasador que llevaba puesto se le había desprendido, dejando sus cabellos rojizos sueltos.

-           ¡Colin, ayúdame por favor!- la voz de Cassandra sonó ronca.
-           ¡Tranquila Cassandra, yo te ayudaré! Tienes que mantener la calma- era el menos indicado para aconsejar a alguien que se mantuviese tranquilo.

Se inclinó sobre la boca del pozo y agarró los brazos de la chica. Tiró con fuerza y temió que debido a su escasa fuerza acabasen ambos en el fondo del pozo. Su acto caballeroso habría quedado limitado a ser un trágico y patético intento de salvamento. Casandra agarró sus antebrazos con todas sus fuerzas, llegando incluso a hincar sus uñas. Él ignoró el dolor y siguió tirando.

-           ¡Aguanta, Casandra! ¡No te sueltes!

Apoyó la planta de su pie derecho contra el pozo, el otro pie en el suelo. Cogió impulso y volvió a tirar. Los brazos de la chica aparecieron por encima del borde del pozo. Otro tirón  más y aparecieron la cabeza y el pecho. Cassandra se aferró al borde de piedra, acción que aprovechó Colin para asirla por la cintura y terminar de sacarla de allí. Cassandra cayó sobre el césped totalmente exhausta, al borde del desmayo y jadeando por la falta de aire. Colin se arrodilló junto a ella también falto de aliento.

-           ¿Estás…estás bien?
-           Creo que… sí- la voz de la chica sonó ahogada.

Ella se sentó en el suelo. Con el semblante pálido y perlado de sudor, y los cabellos alborotados, tenía un aspecto terrorífico.

-           ¡¿Qué… cómo… qué diablos pretendías hacer?!- las palabras de Colin salían entrecortadas y su voz sonaba demasiado aguda.
-           No lo sé…- la voz de Cassandra apenas era un susurro. De pronto su actitud se tornó como el de una niña pequeña a la que estaban regañando.
-           ¿Qué no lo sabes?- inquirió Colin incorporándose y andando de un lado a otro-. ¡Te diré yo lo que has intentado hacer! ¡La cosa más absurda que se te podía haber ocurrido! ¡Suicidarte! ¿Pero, por qué?
-           No lo sé…- de repente la voz se tornó en un sollozo y las lágrimas inundaron sus ojos-. ¡No sé que hacía… no sé qué hacía ahí subida!… ¡no recuerdo cómo he llegado hasta aquí! ¡No recuerdo lo que he hecho en los últimos minutos!

La chica se puso a llorar desconsoladamente. El enfado de Colin se disipó al instante. Se arrodillo junto a ella y le acarició la cabeza con ternura:

-           Tranquilízate, Cassandra. No quería gritarte. Simplemente me has asustado- la voz de Colin sonaba lo más amable posible, a pesar de los nervios-. Todo saldrá bien.
-           No, no… todo está mal… Yo no estoy bien… Tengo lagunas mentales… desde el asesinato.
-           ¿Lagunas mentales? Explícate.
-           Todo es muy confuso…Desde poco después de la muerte del “tío Rufus” me siento de lo más extraña. Siento como si… flotara. No recuerdo cosas- la voz de la chica sonaba temblorosa y desesperada-. No recuerdo situaciones. Estoy tranquilamente en mi cuarto y, de repente, cuando soy vuelvo a ser consciente, estoy manteniendo una conversación con Cora. Ha pasado cerca de una hora y no recuerdo qué he hecho durante ese tiempo, ni cómo he llegado  hasta allí.
-           El doctor Levine dijo que era normal después del shock.

Cassandra negó enérgicamente con la cabeza.

-           No, hay algo que no funciona en mi cabeza. Siempre han dicho que soy rara… Que he heredado de mi madre esa rareza… Y esto va a peor… Comienzo a tener alucinaciones: veo gente que desaparece repentinamente, escucho voces…- Cassandra se llevó las manos a la cara-. Creo que maté al “tío Rufus”, pero no lo recuerdo…
-           ¡Cassandra, no digas tonterías! Tú eres inocente- exclamó Colin.
-           ¿Cómo explicas lo que me está pasando si no se trata de locura? ¿Cómo explicas lo de mi vestido manchado con la sangre de mi tío? ¿Y qué me dices de lo que pinté en el cuadro?
-           Escúchame, Cassandra. Quítate esas ideas de la cabeza- la incorporó del suelo e hizo que le mirase a la cara-. No sé cómo lo voy a hacer, pero voy a encontrar una solución. Necesito que…

Las palabras quedaron inconclusas en los labios de Colin. Había algo extraño en los ojos de Cassandra. Habitualmente no eran así… Se inclinó para mirarlos más de cerca, pero una voz semejante aun ladrido resonó en el jardín:

-           ¿Qué ocurre aquí?

Sorprendidos, miraron al recién llegado. Se trataba del inspector Randall que les miraba desde el acceso del pozo. Se acariciaba el bigote pensativo.

-           ¿Interrumpo algo?- preguntó escrutando a Colin con sus ojillos desconfiados.

Cassandra se dio la vuelta y se enjugó las lágrimas disimuladamente.

-           ¡Oh, buenas tardes! Usted debe ser el inspector Randall. Sí, va todo bien. Estábamos charlando.
-           ¿Es cierto eso, señorita Jones?
-           Sí, va todo bien- a pesar de que Cassandra trató de sonreír, el efecto no fue el deseado.
-           ¿Quién es usted, jovencito?
-           Me llamo Colin McCarthy. Soy primo del inspector O’Connor.
-           ¡Ah, el primo de ese detective irlandés!- el tonó del inspector fue del todo despectivo-. Bien, creo que más tarde deberíamos mantener una conversación usted y yo acerca del caso. Ahora me gustaría charlar a solas con la señorita Jones. Si es usted tan amable de dejarnos solos…
-           No creo que sea buena idea hablar ahora con la señorita Jones. A decir verdad se encuentra desconsolada con la muerte de su tío y creo que no es buen momento para interrogatorios- contestó Colin.
-           ¿Interrogatorio? ¿Quién está hablando de interrogar?- preguntó Randall cínicamente-. Sólo quiero intercambiar unas palabras con la señorita Jones amigablemente.
-           Colin, no te preocupes. Estoy bien- el tono de Cassandra sonó frio.

Colin la miró interrogadoramente, pero la mirada de ella fue lo suficientemente elocuente para hacerle marchar de allí de mala gana.


*                 *                 *                 *


Inquieto, Colin caminaba de un lado a otro por su cuarto como un animal enjaulado. No sabía qué hacer y eso le ponía de los nervios. Miró por la ventana y oteó al exterior. El sol comenzaba a ponerse y las nubes volvían a agolparse cubriendo todo el firmamento. La tregua atmosférica se había terminado. Soltó un suspiro de frustración y volvió a pasear de un lado a otro. Tenía calor. Se subió las mangas de la camisa y seguidamente se pasó las manos por el pelo con frustración, quedando despeinado de una forma graciosa. Unos leves golpecitos en la puerta interrumpieron su paseo.

-           Adelante- dijo con voz ahogada.
-           Tía Stelle me ha preguntado si te queda mucho para desgastar el suelo de tu habitación- el tono sarcástico de su primo apenas se distinguía en su suave voz-. ¿Ocurre algo?
-           No, nada- intentó que su voz sonara lo más natural posible.

La sonrisa de O´Connor desapareció de su boca cuando se fijo en los antebrazos de su primo. Estaban cubiertos de arañazos. Colin miró hacia donde miraba su primo y se apresuró a bajarse las mangas de la camisa. Pero ya era demasiado tarde. O’Connor cerró la puerta y se acercó a él.

-           Colin, ¿qué ha pasado?- su voz se tornó grave-. ¿Cómo te has hecho eso?

Pensó en mentirle. Finalmente enrojeció de vergüenza. Se sentó encima de la cama y se dispuso a relatar lo sucedido aquella tarde. Al final del relato O’Connor no dijo nada. Se limitó a observarle pensativo.

-           Sé que ella no ha matado a su tío. De eso estoy seguro- dijo Colin con vehemencia-. Y me resisto a pensar que esté loca, a pesar de lo que dicen de su madre y de que esos problemas pueden ser hereditarios.

O´Connor seguía sin contestar.

-           Tú piensas que ella le mató, ¿verdad?- preguntó Colin abriendo los ojos desmesuradamente.
-           No, la verdad es que no. Hay demasiadas pruebas en contra de ella. No creo que ella fuese tan tonta como para no ocultarlas.

Su primo pareció bastante aliviado.

-           Había pensado que tal vez su comportamiento fuese debido a la ingesta de algún tipo de droga. Cocaína, tal vez. Pero me resulta inconcebible que una chica tan inocente como ella sea aficionada a tomar esas sustancias- el tono de Colin sonaba de lo más mojigato.
-           No sería la primera chica de su edad que las consumiese- repuso O’Connor.
-           La cocaína sería una opción en cuanto a la rareza de sus ojos se refiere. Tiene las pupilas enormes, completamente dilatadas. Pero eso no explica lo de las pérdidas de memoria, ni lo de las alucinaciones.
-           Cada cuerpo es un mundo y puede reaccionar de forma diferente. Tal vez sea ese el modo de responder del cuerpo de Cassandra ante ese tipo de sustancia. O tal vez se trate de otro tipo de droga.
-           No me puedo creer que ella tome alguna de esas sustancias por su propia cuenta. Alguien se la ha tenido que proporcionar y conseguir que se enganche a ella.

O’Connor pensó que su primo era de lo más ingenuo, y que al estar tan apegado a las faldas de su madre, tenía un punto de vista de la vida de lo más mojigato.

-           No te preocupes, averiguaré qué le pasa- le aseguró O’Connor.


*                 *                 *                 *


Aún así Colin no había quedado satisfecho del todo. Consultó su reloj y vio que no era demasiado tarde para llamar por teléfono. Bajó a la salita. No había nadie. ¡Estupendo! Marcó el número y esperó a escuchar el tono de llamada. Al tercero respondió la voz del doctor Levine:

-           Doctor Levine al habla- contestó con tono solemne.
-           Doctor Levine, soy Colin McCarthy.
-           ¡Ah, señor McCarthy! ¿En qué puedo ayudarle?- el tono de voz se volvió más afable.
-           Me gustaría hablar con usted mañana, si es posible.
-           Por supuesto, ¿quiere que le haga algún hueco en la agenda para mi consulta?
-           No, no es por un tema médico.
-           Bien, pase por mi casa por la tarde. Después de las consultas estoy en el cobertizo de mi casa, preparando mi investigación. Allí me encontrará.



*                 *                 *                 *


Bowers se aproximó al despacho del sargento Weston. Llamó a la puerta con los nudillos y esperó hasta escuchar una voz que le invitaba a pasar. Una vez dentro hizo el saludo oficial llevándose el dorso de la mano a un lado de la frente.

-           Dígame, Bowers- dijo Weston con voz cansina.
-           Ha llegado este telegrama a su nombre, sargento.

Le entregó el telegrama. Weston lo abrió con cierta apatía. Lo leyó y su rostro adquirió rápidamente un color rojizo-purpúreo. Golpeó su escritorio con el puño.

-           ¡Maldita sea!- exclamó-. Bowers, llámeme al consulado británico de Estados Unidos inmediatamente.

Una vez se hubo marchado Bowers, volvió a maldecir y estrujó el telegrama con su mano.


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