martes, 6 de diciembre de 2011

CAPÍTULO 17


CAPÍTULO 17
EL LABORATORIO DEL DOCTOR LEVINE


A
 la mañana siguiente O’Connor se despertó más tarde de la costumbre debido a que tras la aventura nocturna se había acostado a una hora avanzada de la madrugada. Bajó al comedor y tomó un café rápidamente. Su tía le observó desde la butaca en la que estaba sentada mientras hacía calceta.

-           Llegaste muy tarde anoche de Blackwell Manor. Espero que la señora Hudson se encuentre mejor.
-           Veo que las noticias han llegado ya por aquí.
-           Esto es un pueblo pequeño. Las noticias llegan antes de que llegue el lechero haciendo su reparto- comentó la anciana con la vista concentrada en su labor.
-           Tengo que reunirme con Weston ahora. Después te contaré cómo ha ido la reunión con todo lujo de detalles- dijo O’Connor dándole un último trago a su café mientras se ponía en pie.
-           ¿Quién te ha dicho que necesite que me tengas informada?- replicó la señora McCarthy con dignidad.

O’Connor sonrió. Sabía que a pesar de lo que decía, su anciana tía estaba deseosa de saber todos los pormenores de lo ocurrido. De pronto se acordó de su primo. La mandíbula del detective se endureció.

-          ¿Dónde está el primo Colin, tía Stelle?
-           Bajó esta mañana temprano y dijo que se marchaba hoy a Essex. Así, repentinamente. Dijo que tenía que atender unos asuntos urgentes y que regresaba en un par de días- la anciana le miró con sus ojillos azules con astucia, por encima de sus gafas-. Se le veía muy pensativo. De hecho, lleva unos días bastante raro. Incluso fue a visitar al doctor Levine ayer por la tarde, pero no me dijo porqué ¿Va todo bien?
-           Sí, perfectamente- repuso O’Connor tratando de que su tono sonase lo más natural posible. Se acercó a ella para darle un beso en su arrugada mejilla-. Bueno; me tengo que marchar, tía Stelle.

Salió del comedor y el rostro se le ensombreció por la preocupación. “¿Qué diablos has hecho, Colin?”


*                 *                 *                 *


O’Connor y Weston caminaban lentamente por el sendero que conducía hasta Blackwell Manor. El sargento presentaba un aspecto lamentable. Se notaba que apenas había podido dormir. El caso le estaba superando.

-           Ya hemos averiguado cómo se le administró el somnífero a la señora Hudson. Se lo echaron en el café que tomó después de cenar. Hemos tenido suerte de que no hubiesen limpiado aún las tazas de la noche anterior. En el de la señora Hudson encontramos restos del somnífero.
-           Entonces, no cabe duda de que uno de los invitados fue quién le drogó.

Weston asintió mientras caminaba lentamente por las escaleras que conducían hasta la entrada. Llamaron a la puerta.

-           Por lo visto estuvieron hojeando un álbum de fotografías. Dice que dejó la taza en una mesita cuando se puso a mirar las fotografías. Quizás alguno de ellos aprovechase ese momento para echar el somnífero en la taza.
-           ¿De dónde sacaron el somnífero?
-           Había un frasco de veronal en el armario del cuarto de baño del difunto lord Blackwell. También la señorita Drake acostumbra a tomarlo para poder dormir- Weston soltó un suspiro resignado y llamó a la puerta-. Sin duda tiene que tratarse de uno de ellos. Nadie forzó ninguna puerta. Por lo tanto el “intruso” o bien usó una llave, o bien ya estaba dentro de la casa.

Edna abrió la puerta y puso fin a la conversación entre los dos hombres. Preguntaron por la señorita Lemarchand y la doncella les acompañó hasta el salón, donde la encontraron arreglando las flores de un jarrón. Cora se volvió y su expresión se llenó de preocupación.

-          Buenos días señorita Lemarchand- saludó Weston.
-          Buenos días, señores- saludó Cora-. ¿En qué puedo ayudarles?

Se acercó a ellos con cautela.

-          Veníamos a ver qué tal se encuentra la señora Hudson.
-           Ya ha recuperado la consciencia. Esta mañana he hablado con ella y le he explicado lo ocurrido- contestó Cora con seriedad-. Ha dicho que quiere marcharse lo antes posible. Sospecha que alguno de nosotros la drogó. La verdad, es que no la culpo; yo en su situación pensaría lo mismo.

Cora dio un suspiro de resignación mientras entrelazaba las manos a la espera de más preguntas.

-           Señorita Lemarchand, nos gustaría saber de cuántas copias de las llaves de la casa disponen- preguntó Weston.
-           A ver: yo tengo una, mi difunto tío tenía otra, la señorita Drake dispone también una copia, y el servicio tiene otro duplicado.
-           ¿Cuatro llaves en total?
-           Que yo sepa no hay ninguna más.
-           En cuanto a su llave, ¿la ha tenido siempre consigo?
-           Bueno, rara vez la llevo encima. Por lo general la tengo en mi cuarto, en un joyero que tengo encima de la cómoda. Y estos días con todo este asunto del asesinato, no he estado pensando precisamente en qué hago con la llave- contestó Cora frunciendo el ceño-. ¿Por qué me preguntan acerca de las llaves ahora?
-           Quienquiera que entrase anoche en la mansión utilizó una llave para entrar. Ninguna puerta fue forzada.

Weston decidió omitir la otra opción, pero Cora era una mujer sin un pelo de tonta.

-           O eso, o fue uno de nosotros quien atacó al mayor Kane, ¿verdad?- Cora les miró fijamente a uno y a otro por turnos-. No soy tonta. Sé que la segunda opción es la más verosímil.
-           Dios nos libre de subestimar su inteligencia, señorita Lemarchand. Le preguntamos acerca de las llaves porque barajamos cualquier posibilidad- respondió el sargento Weston.
-           En el caso de que fuesen uno de ustedes, ¿quién creé que atacó al mayor Kane?- intervino O’Connor.

Cora Lemarchand le dirigió una mirada fría como un témpano de hielo.

-           No seré yo quien acuse a alguien sin pruebas. Sólo puedo decirle que yo no fui- replicó ella con voz acerada.
-           Por cierto, ¿qué tal se encuentra hoy el mayor Kane?- preguntó Weston para suavizar la situación.
-           Ya sabe; tiene todo el cuerpo dolorido. Es un hombre poco acostumbrado a estar quieto, por eso le resulta frustrante verse impedido.
-           Los hombres como él son muy malos pacientes- dijo Weston soltando una carcajada seca.

Después pidieron ver  la señora Hudson. Cora dijo que preguntaría a la enfermera que estaba al cargo si eso era posible. Al cabo de los minutos regresó y les dijo que no había problema. Les acompañó hasta la puerta del cuarto de la mujer convaleciente. Una enfermera de aspecto amenazador les advirtió que la visita debía de ser breve y que no debían alterar a la paciente. Weston la tranquilizó al respecto. Encontraron a la señora Hudson tumbada en la cama con unos cómodos almohadones en la espalda. Estaba leyendo un periódico. Tenía el rostro cubierto de una palidez fantasmal. Llevaba puesta una bata color crema que le añadía delicadeza a su aspecto.

-          Buenos días señora Hudson. ¿Qué tal se encuentra?- preguntó Weston al entrar.
-           He tenido días mejores- dijo ella con voz cansada mientras doblaba el periódico y lo dejaba sobre su regazo.
-           Nos ha comentado la señorita Lemarchand que tiene pensado marcharse lo antes posible-intervino O’Connor.
-           Por supuesto. No pienso aguantar más tiempo en este nido de víboras. Tengo miedo de que vuelvan a tratar de quitarme de en medio. Mi doncella me ha dicho que anoche hubo un gran follón. Que alguien anduvo rondando por aquí y que atacó al mayor Kane cuando éste le descubrió. En cuanto pueda me marcho a Londres, a casa de unos amigos. Ya lo tengo todo dispuesto.
-           Si quiere puede trasladarse a casa de mi tía. Allí podrá estar más tranquila y a mi tía no le importará en absoluto- propuso O’Connor.
-           No se preocupe señor O’Connor, no permaneceré mucho tiempo aquí. Y durante este tiempo me las apañaré para no ser drogada ni envenenada. Mi doncella se encargará de cocinar todo lo que yo tome.
-           Queremos hacernos una idea de por qué razón alguien decidiese echarle el somnífero en el café. Por eso habíamos pensado que usted era conocedora de algún tipo información que lord Blackwell le hubiese confiado, y que supusiera una amenaza para alguien que no quisiera que dicha información se revelase.

La señora Hudson pareció sorprendida al escuchar aquello. Abrió los ojos y agitó lentamente la cabeza completamente incrédula.

-           No me dijo nada importante. Me habló de su vida aquí en Green Mills, de su familia, de sus negocios, pero nada tan importante como para querer quitarme de en medio.
-           A lo mejor esa persona se piensa que usted conoce dicha información y prefiere deshacerse de usted antes de arriesgarse a que usted lo revele.

La señora Hudson palideció aún más.

-           ¿No le habló acerca de la razón por la que viajó a Estados Unidos?
-           Me dijo que hacía el viaje para supervisar el trabajo de la empresa que tenía en Estados Unidos, ¿acaso viajaba por otra razón?- preguntó la señora Hudson inquieta.
-           Es una posibilidad. Tal vez realizase el viaje por alguna otra razón, y el tema de la empresa fuese simplemente la excusa- comentó O’Connor-. Por favor, tenga cuidado. Y si recuerda algo, no dude en ponerse en contacto con nosotros.
-           Y ustedes, por favor, apresúrense a averiguar quién es el causante de todo esto- exigió la señora Hudson-. Ese bobo de Scotland Yard se ha pasado la mañana haciendo preguntas absurdas y afirmando que él dará con el culpable. Francamente creo que es un incompetente.

O’Connor no pudo reprimir una sonrisa.


*                 *                 *                 *


A petición de O’Connor, Weston le acompañó a casa del doctor Levine. No le dio una explicación coherente acerca de su deseo de visitar al médico. Se limitó a decirle que se le había ocurrido una idea y quería verificar si estaba en lo cierto. Se negó a explicarle cuál era esa idea, ya que lo que realmente le empujaba a hacerlo era averiguar por qué razón había ido su primo a visitar al médico. No quería revelar esto ya que no quería poner en el punto de mira de la policía a su primo. Weston decidió no insistir.

Cuando llegaron a la casita del doctor Levine, les abrió Florence, la cual les dedicó una mirada desconfiada. Una vez que se identificaron su gesto se calmó, pero permaneció alerta. Preguntaron por el médico y les informó que hacía media hora que se había marchado el último paciente de su consulta y que acostumbraba a dedicar ese rato, hasta la hora de comer, a trabajar en sus experimentos. Se hallaba en el cobertizo que se encontraba en la parte posterior de la casa. La vieja doncella se ofreció a acompañarles. Parloteó todo el camino hasta que llegaron a un edificio de pequeñas dimensiones y construido con piedras grisáceas. Tenía el techo hecho de pizarra que mostraba numerosos desperfectos. En el pequeño porche estaba apoyada, al lado de la puerta, la bicicleta que el doctor solía usar para visitar las casas de sus pacientes que se hallaban a distancias cortas. Florence llamó a la puerta y esperó a que la voz del médico les invitara a entrar.

-          Doctor Levine, estos señores preguntan por usted.

 El médico que vestía una bata blanca y se apoyaba sobre una mesa, les dirigió una mirada curiosa y su expresión se volvió sombría.

-           ¿Ustedes otra vez? ¿Qué quieren ahora?- la voz del médico sonó cansada. Se volvió hacia la mesa y continuó con lo que estaba haciendo-. Por favor, Florence, déjenos a solas.

La mujer se marchó de mala gana por donde llegó. O’Connor echó un vistazo a la estancia. Frente a ellos se extendía una gran estantería que ocupaba toda la pared y que estaba repleta de libros y apuntes acerca de botánica, química, biología y temas relacionados con la rama de la ciencia en general. Una gran mesa ocupaba el centro del cobertizo. Estaba repleta de cachivaches de laboratorio: tubos de ensayos colocados en diversas gradillas, vasos de precipitados, matraces llenos de líquidos de color indefinido, un quemador de gas, etc... En ese momento vertía cuidadosamente unas gotas de líquido transparente con una pipeta en una placa petri. Colocó la placa bajo un microscopio y miró su contenido a través del visor. Seguidamente hizo unas anotaciones en un cuaderno de tapas desgastadas. En un rincón del cobertizo había un pequeño armario en el que se veía a través de los cristales de sus puertas numerosos botes de medicinas y sustancias debidamente etiquetadas. Weston pensó que el doctor Levine era afortunado de que el asesinato no se hubiese cometido con veneno, ya que hubiese sido entonces el principal sospechoso.

-           Doctor Levine, nos gustaría saber si vio algo extraño después de que cenaran anoche, cuando pasaron al salón para la sobremesa.
-           ¿Algo extraño? No, ¿por qué?
-           Por lo visto fue el momento en el que uno de los asistentes le echó el somnífero en el café a la señora Hudson. Hemos encontrado restos del mismo en los posos de su taza.
-           ¡Vaya!-exclamó el médico-. Pues no, no vi nada. Me pasé casi toda la noche hablando con mi prometida. Siento de no serles de más ayuda al respecto.
-           Cambiando de tema: acerca del ataque al mayor Kane, parece que su rotura es bastante grave. ¿Piensa que la lesión puede quedarle impedido de por vida?
-           ¿Impedido?- preguntó el médico con incredulidad-. No, que va. Víctor Kane es un hombre robusto y su rotura de brazo no es de las más graves. Si mantiene el suficiente reposo, en pocos meses estará recuperado.
-           Eso debe ser frustrante para un hombre como el mayor Kane, acostumbrado a estar en movimiento y ahora se va a ver impedido durante una buena temporada.
-           Bueno, no le va a quedar otra que acostumbrarse- dijo el médico quitándole importancia al asunto-. De pequeño tuve una malísima caída de un caballo y me hice una fractura en el brazo derecho muy severa. Pensaron que este brazo iba a quedar inutilizado debido a que la caída me cogió en pleno crecimiento. Y mírenme ahora, tengo el brazo perfecto.

El doctor Levine agitó su brazo al tiempo que soltaba una carcajada seca. Después recordó con quiénes estaba hablando y se volvió a poner serio.

-          Si no tienen más preguntas, les agradecería que me dejasen con mi investigación.

Weston aprovechó que el propio doctor Levine sacó a relucir el tema de sus investigaciones para hablar acerca de ellas. O’Connor le había comentado que si la entrevista con el médico se torcía, le preguntase acerca de sus investigaciones. El detective afirmaba que los hombres como el doctor Levine se entusiasmaban tanto hablando de sus experimentos que olvidaban los demás temas. Weston no sabía muy bien qué pretendía O’Connor con eso, pero le hizo caso.

-           Me habían comentado que estaba realizando una serie de estudios de lo más interesante- comentó Weston de forma despreocupada.

El doctor Levine le miró con la boca levemente abierta. Trataba de averiguar si el sargento le estaba hablando en serio. Para satisfacción de Weston, el semblante del médico se suavizó y comenzó a hablar del tema. Mientras tanto O’Connor le echaba un vistazo a los libros que allí había.

-           Bueno en realidad estoy retomando las investigaciones que realizó August Leroux a finales del siglo pasado. Leroux trataba demostrar que la achillea curassavica conocida vulgarmente como “flor del alma”[1], tenía propiedades curativas. Ya la tribu amazónica de los sheronee[2] realizaban una serie de infusiones con las semillas de dichas flores para tratar “la muerte del alma”- el médico soltó una risita-. En realidad dicha enfermedad se trataba de una infección viral del estómago que podía ser mortal. Era un virus muy común en esa zona.

Weston maldijo a O’Connor por hacerle escuchar ese plomazo acerca de las creencias de una tribu perdida de la mano de Dios, mientras que él se dedicaba a hojear los libros que tenía en la estantería.

-           Leroux en sus cuadernos de viaje comenzó a elaborar la teoría de que dicha planta no sólo podía ser curativa en lo que dicha infección se refería, sino que podía servir como tratamiento de otras enfermedades graves que nos afectan hoy día. Desafortunadamente murió a causa de la infección viral que afectaba a los sherone, dejando inconclusa su investigación.

Weston estuvo a punto de preguntar qué ya que la planta era curativa, por qué no se tomó la “infusión milagrosa”, pero prefirió morderse la lengua y evitar que así, el doctor Levine se volviera a mostrar poco colaborador.

-           Mi intención es continuar con su estudio tal y como él lo dejo, y la verdad es que he hecho unos avances interesantes. Lamentablemente no dispongo de los medios necesarios. Se necesita mucho dinero para la investigación y un sitio adecuado, no un cobertizo que se cae a trozos- se lamentó el médico mirando a su alrededor.
-           Resulta de lo más fascinante- comentó O'Connor mientras miraba un libro de tapas oscuras-. Fue mi primo Colin el que nos comentó acerca de sus investigaciones. Parece realmente interesado por sus estudios.

El doctor Levine se mostró halagado.

-           Me comentó que estuvo aquí ayer por la tarde.
-           Efectivamente, me estuvo ayer haciendo compañía. Se mostró interesado por mis experimentos y por temas relacionados con venenos y drogas. Por lo visto en su bufete están trabajando en un caso de asesinato por envenenamiento y necesitaba asesoramiento con respecto a este tema. Estuvimos hablando acerca de venenos difíciles de detectar y acerca de drogas alucinógenas- el médico se aproximó al detective y observó el libro que tenía en las manos-. De hecho, le estuvo echando un vistazo a este libro que tiene usted.

O’Connor fijó la vista en el libro. Se trataba de un estudio acerca de los usos de los venenos a lo largo de los siglos y de diferentes civilizaciones. Describía diferentes tipos de drogas y venenos tales como la atropina o la belladona; describían como los usaban para usos curativos, en ritos religiosos o para fines más oscuros. El detective permaneció con la vista perdida. La duda había dado paso a la incertidumbre. “De modo que esto es lo que tienes en mente, Colin”.






[1] Tanto el nombre de la planta como sus propiedades curativas son ficticias.
[2]  Sheronee: tribu ficticia.

¿SABES YA QUIÉN ES EL ASESINO? VOTA EN LA ENCUESTA, YA QUEDA MENOS PARA AVERIGUARLO!!!

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