lunes, 11 de julio de 2011

CAPÍTULO 10

CAPÍTULO 10
O’CONNOR Y WESTON COMENTAN EL CASO


L
a señora Weston se dispuso a recoger el servicio de la cena que había compartido junto a su esposo y a su invitado, Stephen O’Connor. Se negó a que le ayudaran a recoger, alegando que tenían que hablar de sus cosas. Los hombres protestaron, pero ella fue tajante y se mantuvo en sus trece.

-           ¿Qué clase de anfitriona sería si permitiese que mis invitados recogiesen la mesa?- inquirió ella.
-           Aún así, sería la mejor anfitriona del mundo, Martha- contestó O’Connor abriendo la puerta de acceso a la cocina para que la mujer pudiese pasar.
-           Stephen, ya sabes que me encanta que vengas a visitarnos. Y me cabrearé mucho como vuelvas a tardar tanto en hacernos una visita.
-           Si me promete que cocinará un estofado tan bueno como el de hoy, no tardaré mucho en volver. Estaba delicioso.
-           Eso dalo por hecho- dijo la mujer sacando su oronda figura del comedor con andar gracioso.

En cuestión de pocos segundos comenzaron a escuchar el tintineo de la vajilla entrechocando en la pila. Dicho sonido se fundía con la voz de la señora Weston que tarareaba una canción indeterminada.

El gesto de Weston se tornó grave. Sacó su pequeña libreta y consultó sus notas con el ceño fruncido. O’Connor comenzó a cargar su pipa de tabaco, esperando a que Weston tomase la palabra.

-           No me gusta cómo pinta la situación para Cassandra Jones- comenzó a decir Weston-. Todas las pruebas e indicios parecen señalarle a ella como la culpable.

Weston recordó la cara de a chica cuando le mostraron su vestido manchado de sangre. Su expresión era de auténtico terror. Palideció de forma alrmante. Por un momento se limitó a abrir los ojos y a balbucear que ella no había hecho nada. Que era su vestido, pero que ella no había hecho nada. La misma actitud cuando se había percatado de la sangre que manaba del pozo que había pintado. Una actitud de lo más extraña.

-           El vestido manchado de sangre, el posible móvil, su actitud… Me temo que si hay algún hecho que la inculpe más, sin duda es su comportamiento. Parece totalmente desequilibrada. Y cualquier jurado no dudaría en pensar que ella cometió el asesinato en un ataque de locura.
-           ¿No se ha dado cuenta con qué mano pinta los cuadros?- preguntó O’Connor pensativo-. Cassandra es zurda. Coge la paleta de colores con la mano derecha y pinta con la izquierda. Me percaté cuando entramos en el invernadero. Me puse a recordar la cena que compartimos y recuerdo que manejaba los cubiertos como una persona zurda.
-           Para más inri, tengo los resultados de las huellas dactilares…- comentó Weston chasqueando la lengua-. No son muy favorecedores para la señorita Jones. Efectivamente, había huellas en el atizador que encontramos junto al cadáver de lord Blackwell. Las huellas pertenecían a la señorita Jones. También hay algunas huellas de la secretaria.
-           ¿Han encontrado huellas en el otro atizador?
-           Que va, tal y como predijo en ese atizador no había huellas dactilares. Había sido limpiado a conciencia.
-           Entonces no puede haber sido Cassandra Jones- afirmó O’Connor apretando la mandíbula-. Quien quiera que fuese el que matara a lord Blackwell, se ha tomado muchas molestias en acusar a la chica.
-           En ese caso debía saber que ese atizador había sido cogido por ella.

O’Connor asintió sumido en sus pensamientos.

-           ¿Qué me dice entonces del vestido manchado de sangre?-inquirió Weston.
-           Puede que el asesino se hiciese con ese vestido con anterioridad, lo manchara de sangre y lo dejase posteriormente en el armario de la joven, en previsión de que se hiciese un posterior registro. La señorita Jones estuvo sedada durante todo el día siguiente al asesinato, con lo que el asesino tuvo numerosas ocasiones para entrar en el cuarto y dejar allí el vestido.

Weston chasqueó la lengua sin terminar de convencerse.

-           Y si el asesino se tomó la molestia de perpetrar el crimen simulando ser una persona zurda… ¿no creé que es tomarse demasiadas molestias, O’Connor? El caso parece sencillo: hay una persona sospechosa, varias pruebas la acusan de forma contundente, dispone de móvil para el crimen y su comportamiento es de lo más extraño. Afirma no recordar cosas que hizo en las últimas horas... ¿Por qué pretende hacer este caso complicado?
-           ¿Acaso piensa que disfruto enrevesando el caso?- protestó O’Connor-. No soy yo el que lo enrevesa. Es el asesino el que trata despistarnos. Pero la forma de acusar a la señorita Jones es tan burda, que me sorprende que usted se lo crea, Weston.

El sargento Weston enrojeció visiblemente ofendido. No estaba enfadado con O’Connor por hablarle con aquella crudeza. Estaba enfadado consigo mismo. En su interior estaba seguro de que aquellas pruebas estaba falseadas en contra de Cassandra Jones. Pero le resultaba más fácil pensar que ella realmente era la culpable, ya que de esa manera el caso quedaría resulto. Pero, ¿a qué precio? La vida de la chica quedaría arruinada y el verdadero culpable quedaría impune. En ese momento se odió a sí mismo por ser tan sumamente egoísta. ¡Maldita sea, el detective pelirrojo que tenía delante estaba en lo cierto! Finalmente suspiró resignado y optó por no continuar con la discusión:

-           Hablando de huellas dactilares, finalmente conseguimos convencer al señor Samuelson para que nos facilitara las suyas. Nos costó lo suyo, pero conseguimos hacerle entender que era mejor que nos hiciéramos con sus huellas por las buenas- comentó con un tono irónico-. El caso es que aparte de encontrar sus huellas dispersas en la biblioteca (al igual que encontramos las huellas del resto de sospechosos), encontramos un juego de las pertenecientes al señor Samuelson en la caja fuerte del difunto.

O’Connor sonrió levemente. Aquello no suponía una sorpresa para él.

-           Dado que lord Blackwell era tan celoso de sus asuntos, como para no facilitar su código de la caja fuerte hasta la lectura de su testamento; no creo que se la facilitase a su socio.
-           Más aún teniendo indicios para no confiar en él- repuso Weston-. Supongo que la desesperación de Samuelson por encontrar el informe que probaba su culpabilidad le ha llevado a intentar forzar la caja fuerte sin éxito. Ese tipejo está con el agua al cuello.
-           ¿Ha hablado con el abogado de lord Blackwell al respecto?

El rostro del sargento se ensombreció:

-           De nada me ha servido tratar de persuadirle para que adelante la apertura de la caja fuerte. Estos leguleyos son unos cabezotas. Se ha negado en rotundo alegando que cumple órdenes de su cliente y que duda que lo que haya ahí dentro sea determinante en el caso- se lamentó Weston-. Si dentro encontramos el maldito informe, disfrutaré enormemente deteniendo a ese sinvergüenza, primero por ladrón y luego, por sospechoso de asesinato. En caso que no estuviese allí, tendremos que esperar hasta que podamos contactar con los detectives norteamericanos y nos provean una copia.
-           Debe de estar desesperado.
-           Desesperado es poco. Esta tarde me abordó para pedirme que le permita marchar a Londres, ya que con la muerte de lord Blackwell, necesitan su presencia allí. No puede imaginarse la cara que se le quedó cuando me negué a ello- dijo esbozando una sonrisa amarga.

Inmediatamente después Weston comentó lo que se había averiguado acerca de las pisadas en el jardín, justo al lado del acceso a la biblioteca.

-           Las investigaciones a este respecto no son satisfactorias. Había una auténtica mezcla de huellas en esa zona. Hemos identificado dos tipos de pisadas diferentes, pero del mismo tipo de bota. Unas son del número 41 y otras del 43. Las del 41 pertenecen a Rogers, el jardinero. Las otras según, nos hemos enterado después, pueden pertenecer a un chico de dieciséis años que suele ayudar como segundo jardinero un par de veces por semana. La tarde del crimen estuvo por allí ayudando a Rogers. Y él calza un 43, ¡debe de ser un joven enorme!. Según nuestro registro a las habitaciones tanto el mayor Kane como el señor Samuelson calzan un número 43. No sé a ciencia cierta el número que calza el doctor Levine, pero según he observado puede calzar un 41 o un 42.
-           ¿Qué hay de las mujeres? ¿No pudieron ser las causantes de dichas huellas?
-           El perito en huellas afirma que las pisadas son muy definidas. Teniendo en cuenta el pie de las mujeres que están en la mansión, las botas les quedarían muy grandes y las huellas de las pisadas serían menos marcadas. Por lo tanto es bastante improbable que pertenezca a algunas de ellas.
-           Entonces queda descartada la opción de que el asesino viniese de fuera, ¿no?

Weston frunció el ceño realmente contrariado.

-           No, me temo que no. Ese tipo de bota que usan  los jardineros de Blackwell Manor, es el mismo modelo que usa la mayoría de los habitantes de esta población. Son unas botas de goma bastante buenas y conocidas. Están fabricadas en esta misma región y las suministran en una tienda de Green Mills- se lamentó el sargento-. Además, en el cobertizo de la mansión hay varios pares de botas de diferentes números para que accedan a ellas quienes trabajan en el jardín. El cobertizo siempre permanece abierto, con lo que todo el mundo tiene acceso a ellas.
-           Entonces cualquier invitado masculino pudo cogerlas y simular que el asesino vino de fuera.

Permanecieron en silencio durante unos minutos. La cantinela de la señora Weston había cesado, al igual que el ruido de los platos que entrechocaban. Ya hacía rato que había terminado y se había marchado de la cocina. Los dos hombres permanecían  sumidos en sus respectivos pensamientos. Sólo se escuchaba el crepitar del tabaco que se iba quemando con las brasas, a cada calada que O’Connor le daba a su pipa.

-           Todos los sospechosos carecen de coartada. Y todos afirman que se habían marchado a dormir sin que nadie lo pueda verificar.- afirmó O’Connor rompiendo el silencio.
-           ¿Todos? El doctor Levine sí tiene coartada. Su criada, Florence, afirma que le escuchó llegar la noche del crimen a la hora que él dijo.
-           Usted lo ha dicho, Weston, ella afirma que le escuchó llegar. Pero eso no significa que le escuchara volver a marcharse. El doctor Levine pudo haber vuelto a salir de su casa sin que Florence se enterara.

Weston pareció madurar la idea. Finalmente agitó la cabeza sin mucho convencimiento.

-           Aún teniendo eso en cuenta no veo claro el motivo para que el doctor Levine quisiera asesinar a lord Blackwell.

O’Connor soltó una carcajada seca que mostraba su escepticismo.

-           Todos tienen motivos para cometer el crimen- dijo O’Connor-. Si quiere vamos uno por uno: en primer lugar tenemos a las herederas. Lord Blackwell pretendía casarse; Cora y Cassandra ven en peligro la cuantiosa fortuna que se supone que iban a heredar. Según sabemos, lord Blackwell era un hombre algo difícil de tratar en la convivencia. ¿Quién sabe qué tipo de odio se pudo formar en el interior de alguna de las chicas? Cassandra parece una chica capaz de acumular ese tipo de rencor y estallar de forma violenta.
-           Tiene un carácter muy inestable, al igual que lo tenía su difunta madre- la intención velada que había dejado entrever en el comentario de Weston no pareció pasar desapercibido a O´Connor, el cual le instó a que se explicara-. Después del accidente de los padres de Cassandra, hubo algunos  rumores que apuntaban a la posibilidad de que el accidente hubiese sido provocado por la propia señora Jones. Tenía un carácter inestable, similar al que Cassandra ha heredado, y estallaba constantemente en ataques de histeria. Chillaba y golpeaba a quién estuviese a su alrededor víctima de un brote de “locura”. Se sospecha que tuvo uno de dichos ataques mientras iban en el coche. El señor Jones pudo perder el control del vehículo y cayeron por un desfiladero.
-           Esa historia ya me la contó mi tía- comentó O’Connor-. ¿Acaso la señorita Jones ha tenido un ataque similar al de su madre alguna vez?- inquirió O’Connor volviendo a enojarse con el sargento Weston.
-           No, la verdad es que no. Pero tiene actitudes que recuerdan a su madre.
-           Eso es normal, era su hija. No tiene nada de raro que un hijo tenga un carácter similar al de alguno de sus progenitores- respondió O’Connor con voz cansina. Finalmente optó por cambiar el rumbo de la conversación-. Por otro lado tenemos al señor Samuelson, otro candidato con una muy buena razón para querer eliminar al difunto. Lord Blackwell era conocedor del desfalco que había cometido Samuelson en la compañía. Así se lo hizo saber y también le anunció que iba a denunciarle a la policía. Afirmó tener pruebas, y la única forma de evitar que acudiese a la policía era asesinarle.

O’Connor dio una profunda calada a su pipa. Después soltó el aire sin ninguna prisa. Weston no dijo nada, de modo que O´Connor prosiguió:
-           Por otro lado tenemos al bueno del doctor Levine, según usted incapaz de cometer un crimen.
-           Yo no he dicho eso- protestó Weston-. Simplemente he comentado que no encuentro razón para que el doctor Levine cometiese el asesinato. Además, si hubiese muerto por envenenamiento hubiese sido diferente y hubiese sospechado de él. Pero un crimen tan brutal como este no parece ser cometido por una persona como él.
-           Si yo fuese médico y decidiese matar a alguien, no emplearía veneno, sino que lo haría de forma tosca y vulgar. Cuando se comete un asesinato por envenenamiento se tiende a sospechar primero de la persona que tiene conocimientos acerca de venenos y tiene fácil acceso a ellos. Yo aprovecharía los prejuicios que tiene la gente que piensa que los venenos son cosa de mujeres y médicos.

Weston hizo un gesto impaciente con la mano instándole a que prosiguiera.

-           El caso del doctor Levine es bastante similar al de su prometida. Al casarse con ella, entraría en posesión de una cuantiosa fortuna cuando lord Blackwell muriera. Imagínese que pensamientos cruzarían la mente del doctor cuando lord Blackwell anunció su compromiso. Adiós al dinero- dijo O’Connor haciendo un gesto con la mano a modo de despedida.
-           Bueno, ese pensamiento también lo pudieron tener la señorita Lemarchand y la señorita Jones, ¿no? Además, el doctor Levine dispone de una posición económica bastante cómoda, no creo que anhelase la fortuna del difunto hasta ese extremo.
-           ¡Ah, mi buen Weston! No sabe lo codiciosa que puede llegar a ser la gente…- exclamó O’Connor dando un suspiro-. Tenemos por otro lado a la señorita Drake. La fiel y devota secretaria, secretamente (era un secreto a voces) de su jefe. A pesar de saber que no tenía ninguna posibilidad amatoria con lord Blackwell, ella se conformaba con vivir su amor platónico a su manera. Pero durante la cena se entera que el hombre del que está profundamente enamorada va a casarse con otra. Imagínese el dolor que tuvo que inundar el alma de esa mujer. Una mujer de mediana edad fuertemente enamorada puede ser realmente peligrosa. Más aún una mujer como la señorita Drake, acostumbrada a agradar a los demás y que probablemente no haya tenido suerte en temas de amor. El espíritu de una persona puede ennegrecerse con eso. De modo que imaginemos que la eficiente e imperturbable secretaria pierde la cabeza y en un ataque de locura asesina a su enamorado a golpes.
-           Algo melodramático, pero no del todo improbable- comentó Weston.
-           Y por último tenemos al hombre taciturno, el mayor Kane. Sabemos que se encuentra en una posición difícil: sus últimas expediciones han fracasado y ha tenido problemas con sus inversiones. Su trabajo está en entredicho, así como su prestigio. Recurrió a lord Blackwell para pedirle apoyo económico, pero éste se negó. Sabemos que discutieron. Tal vez el mayor Kane se tomase muy mal la negativa de su amigo. O tal vez quisiera probar suerte y aprovechar su amistad con la señorita Lemarchand para que ella le financiase su próxima expedición. Seguramente ella no se negase a prestarle el dinero, pero claro está, para eso debe heredar antes el dinero de lord Blackwell. Aquí volvemos al mismo punto del compromiso de lord Blackwell. Tal vez esta circunstancia le motivó a actuar para evitar que hubiese cambios en la herencia.
-           ¿No creé que parece un motivo algo cogido por los pelos?- preguntó Weston con tono dubitativo.
-           Le repito que no sólo está en juego la carrera del mayor Kane, sino también su dignidad y su status en la sociedad. Para los ingleses como usted, dichos valores son muy importantes y tratan de mantenerlos a toda costa. Y por si no se había dado cuenta, el mayor Kane es muy, pero que muy inglés.

Weston chasqueó la lengua y permaneció en silencio unos instantes. Finalmente sentenció:

-           Sigo opinando que Cassandra Jones es la culpable.

O’Connor soltó un suspiro de impaciencia al tiempo que ponía en blanco sus ojos.


*                 *                 *                 *


Víctor Kane ojeaba tranquilamente el periódico en la sala principal de la casa. Edna se afanaba en retirar el servicio del té. En un momento se había quedado allí solo. La señorita Drake se había disculpado para no tomar con ellos el té alegando que tenía mucho trabajo pendiente. Samuelson se había retirado inmediatamente porque tenía que hacer unas llamadas importantes por asuntos de la compañía. Prácticamente desde la muerte de lord Blackwell vivía colgado del teléfono dando instrucciones. Al parecer había pedido al sargento Weston permiso para ir a Londres para atender a los asuntos de la compañía, pero éste le había instado a permanecer allí un poco más mientras avanzaban las investigaciones. Cassandra llevaba todo el día meditabunda, más que de costumbre. Desde el hallazgo del vestido manchado de sangre permanecía en un estado de apatía alarmante. Parecía estar ausente en todo momento, y en ocasiones daba la sensación de no saber dónde se encontraba ni qué hacía allí. Nada más acabar el té se había escurrido por la puerta desapercibidamente sin decir nada a nadie. Cora había ido a acompañar al doctor Levine a la puerta. Se les había notado tensos durante el té. Sabía a través de la propia Cora que habían discutido la tarde anterior. Por lo visto había salido el tema de la boda. Cora había propuesto posponerla al menos hasta después del verano, más que nada para respetar el luto de su difunto tío. El doctor Levine estaba empeñado en mantener los planes tal y como estaban. Cora le había acusado de insensible. Sin apenas darse cuenta Víctor Kane estaba sonriendo. Aunque se avergonzaba de ello, estaba disfrutando con la situación. A pesar de que el doctor Levine le era simpático, no podía evitar la sensación de rivalidad que siempre había sentido hacia él. Algo normal teniendo en cuenta que le había arrebatado a la mujer que amaba. “Tal vez la muerte de Rufus haga recapacitar a Cora con respecto a sus sentimientos”, pensó Víctor Kane. Después se sacudió dicho pensamiento de la cabeza. Cora se iba a casar con el doctor Levine y no había más que hablar. Había sido derrotado.

Cora regresó a la sala. Tenía los labios apretados y se le notaba tensa. El mayor Kane la miró de reojo por encima del periódico.

-           ¿Va todo bien?

Cora asintió con la cabeza.

-           Es sólo que esta situación me supera. Tener que preparar los últimos detalles del funeral, la encuesta judicial que se aproxima, los interrogatorios... Además Cassandra se comporta cada vez de forma más extraña. Me tiene muy preocupada.
-           Es normal. Toda esta situación es difícil para todos. Supongo que para ella, que es más impresionable, estará resultándole peor.
-           Para más inri, Barry me lo está poniendo más difícil con el tema de la boda- se lamentó Cora.

Víctor Kane permaneció unos instantes en silencio. Finalmente, con voz que pretendía ser indiferente, pero visiblemente nerviosa comentó:

-           Si te casaras conmigo, me adaptaría a cuando tú quisieras casarte.
-           ¡Por el amor de Dios, Víctor! ¡No me vengas con esas! Así no me ayudas-exclamó Cora visiblemente enfadada-. Tuviste mucho tiempo para decidirte a pedirme que me casara contigo. No te lamentes ahora por algo que no te atreviste a hacer.

Víctor Kane enrojeció de vergüenza. Aquel comentario le había dolido.

-           ¿Si te lo hubiese pedido, habría aceptado?

Cora le miró sorprendida. ¿A qué venía todo eso? La respuesta de Cora se vio interrumpida cuando llamaron a la puerta. Cora dijo “adelante” con voz ronca sin quitarle ojo al mayor Kane. La mirada de ella vino a decir: “no sé a qué viene todo eso, pero espero que no vuelvas a sacar este tema”. En la puerta apareció de nuevo Edna. Se le veía realmente nerviosa.

-           Señora Lemarchand…-titubeó la chica.
-           ¿Ocurre algo, Edna?- preguntó Cora alarmada por la expresión del rostro de la chica, la cual estrujaba con sus manos el delantal.
-           Sí… digo… no. No es nada grave. Es sólo que acaba de llegar una señora y quiere hablar con usted.

A Cora no le pasó desapercibido el modo en que Edna pronunció la palabra “señora”.

-           ¿Acaso es una periodista?- preguntó Cora desconfiada.
-           No, señora. No es nadie de la prensa- respondió Edna visiblemente azorada-. La señora dice ser…
-           ¿Qué dice la señora?- Cora empezaba a impacientarse.
-           Dice que es la prometida del difunto lord Blackwell.



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1 comentario:

  1. A quien le pueda interesar...

    Ayer terminé mi segundo relato. Llevo una temporada de lo más fructífera, tanto es así, que me dispongo a empezar un tercer relato. De modo que si os está gustando lo que estoy publicando, tendréis aún más para una buenqa temporada.

    ¡Gracias por leerme!

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