CAPÍTULO 9
LOS CUADROS DE CASSANDRA
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eston miró extrañado al detective ante tal afirmación. Le hizo un gesto impaciente con la mano para que continuase hablando. O’Connor tomo aire mientras recordaba todo lo que sabía acerca de Argeneau.
- Argeneau es un detective privado de origen francés y afincado en Londres. Es bastante conocido, pero no por sus logros, sino por su modo de trabajar ciertamente “irregular”.
- ¿Irregular? ¿Se dedica a asuntos ilegales?
- No lo descartaría, aunque yo me refería a que tanto sus métodos para conseguir resolver sus casos, como la forma de captar nuevos clientes no son de lo más ortodoxos.
- ¿Chantaje?
- Entre otras cosas. También se dice de él que ha falseado pruebas, comprado testigos, etc. Pero nada que se haya podido demostrar. De hecho, se rumorea que la razón por la que se vino de Francia fue debido a que uno de sus casos se complicó de tal manera, que la justicia le seguía sus pasos. De modo que decidió quitarse del medio durante una temporada.
- ¿Por qué le extendería un par de cheques lord Blackwell a un personaje como este? ¿Y qué hacía Argeneau en Estados Unidos?
- Tal vez lord Blackwell le contratara para investigar algo- contestó O’Connor.
- Pero, habiendo contratado a los detectives americanos para que investigaran el tema del desfalco, ¿por qué no contratarles a ellos también acerca del otro asunto, si es que lo hubiera?
- No lo sé. Ha dado en el clavo, Weston. Es de lo más extraño- murmuró O’Connor pensativo-. Tal vez, Argeneau estuviese haciendo de las suyas con lord Blackwell.
- ¿Le chantajeaba?- preguntó Weston rumiando la idea.
- Es una posibilidad- dijo O’Connor con la mirada perdida, pensativo.
- Bueno, tendremos que tener una charla con ese tal Argeneau.
* * * *
A la mañana siguiente regresaron a Blackwell Manor. Habían pasado gran parte del día anterior allí, así que volvieron nuevamente para continuar con sus pesquisas. Cuando llegaron, Cora les indicó que Cassandra se encontraba mucho mejor y que se había negado a seguir más tiempo en reposo. Cora les advirtió que era una chica muy sensible, y que por favor, no fueran muy bruscos con ella en el interrogatorio. Weston le dijo que se despreocupara. Cora les indicó que se encontraba en el viejo invernadero que estaba situado en el jardín trasero a la mansión.
Allí se dirigieron. Encontraron de camino a Rogers, el jardinero, que les indicó que el invernadero se encontraba tras unos setos altos que se encontraban frente a él. Los setos discurrían de tal forma que daba a esa parte del jardín gran intimidad. Cruzaron a través de un arco hecho con los mismos setos. Una vez pasaron quedaron sin aliento ante la vista que tenían. Dentro había una vasta explanada y circundando la misma había numerosos rosales y matorrales que O’Connor, negado para la jardinería, no pudo identificar. Pero lo más llamativo y singular de todo se encontraba en el centro. Sin duda, en un alarde de originalidad y orgullo por su propio apellido[1], lord Blackwell había hecho construir un oscuro pozo con piedra pizarra. Un elaborado arco de hierro con algo de óxido se cernía sobre él, sujetando con una cadena un cubo metálico. El cubo se oscilaba levemente con la ligera brisa que se colaba por la entrada hecha entre los setos. El cuadro que tenían frente a ellos resultaba de lo más tétrico. Las sombras de los setos se cernían amenazantes sobre el pozo, dándole un aspecto más siniestro. Sin duda, en primavera, cuando las flores de los matorrales y rosales hubiesen florecido aquel sitio sería totalmente diferente, muy bucólico y encantador. Detrás del pozo había otro acceso similar construido en el seto, el cual conducía a un sendero. Una vez lo cruzaron se encontraron frente a un invernadero abandonado y reconvertido en un estudio de pintura.
Allí encontraron a Cassandra Jones practicando su afición favorita. Se encontraba frente a un lienzo, con una paleta de colores en la mano derecha y un pincel en la izquierda. La pálida luz de los tímidos rayos del sol se filtraba a través de los cristales sucios del viejo invernadero, envolviendo a la chica con un aura que le daba un aspecto sobrenatural. En ese momento, más que nunca, tenía el aspecto de un hada. Permanecía completamente inmóvil, con la mano que sostenía el pincel en el aire. Mirando fijamente el lienzo. O’Connor se percató que tenía la mirada perdida y que realmente miraba sin ver lo que estaba pintando. Su mente se encontraba muy lejos de aquel invernadero. Los dedos que sostenían el pincel se encontraban crispados por la tensión en torno al mismo.
- Señorita Jones…-dijo Weston.
El encanto del momento quedó roto con el sobresalto de la chica al escuchar la profunda voz del sargento. Parecía haber despertado de una sesión de hipnosis y les dirigió una mirada ansiosa. A los pocos segundos, tras identificar a los recién llegados, su rostro se fue recuperando de su palidez repentina.
- Disculpen, no les había escuchado entrar- dijo con voz atropellada. Dejó la paleta y el pincel en una mesita auxiliar y se acercó a ellos.
- Discúlpenos a nosotros señorita Jones. La culpa es nuestra por haberla sobresaltado- se excusó Weston-. Veo que hoy se encuentra bastante mejor. Me gustaría hacerle una serie de preguntas, si se ve con fuerzas para responderlas.
- Por supuesto. Sentémonos- dijo la joven dirigiéndose hacia unas sillas de mimbre de aspecto descuidado. Weston temía que no fuese a resistir su peso. O’Connor optó por echarle un vistazo a los cuadros que se encontraban diseminados sin orden alguno.
Miró algunos paisajes, en su mayoría de temática marítima. Los trazos eran algo toscos a su parecer, pero el conjunto y la elección de los colores era bastante acertada. Más tarde Cassandra les explicaría que tomó los bocetos durante un viaje que realizó con su tío y con Cora a la Riviera francesa.
- Bien señorita Jones, lo primero de todo preguntarle si se encuentra mejor para contestar a mis preguntas.
- Sí. El doctor Levine es un exagerado. Me encontraba perfectamente, algo impresionada por la noticia, pero el doctor Levine se empeñó en sedarme y en que guardase reposo- comentó la chica sonriendo distraídamente.
- Necesito saber qué hizo la noche del crimen, cuando se fueron todos los invitados.
- Después de tomar el café subí con Cora al despacho del tío Rufus, tal y como él nos pidió. Estuvimos hablando y después fui con Cora a mi cuarto. Intercambiamos unas palabras y nos fuimos a dormir. No salí en toda la noche de mi cuarto.
- ¿De qué hablaron con su tío?
- De su compromiso y de sus futuros planes.
- ¿Le preocupaba su futuro tras la inminente boda de lord Blackwell?
- En absoluto- contestó Cassandra con indiferencia.
- ¿Le pareció bien que se fuese a casar?
Cassandra meditó la respuesta unos segundos.
- Me extrañó mucho la noticia. Pero él podía hacer lo que quisiera.
O’Connor se dirigió hacia un montón de cuadros con más paisajes marítimos apoyados contra una mesa. Debajo del montón había un cuadro tapado con un trozo de sábana. El detective lo descubrió con disimulo y vio que lo que el trozo de tela blanca cubría era un retrato de lord Blackwell. El detective quedó impresionado. El talento de Cassandra estaba sin duda en los retratos. Pero lo que más le sobrecogió fue el mensaje que trataba de transmitir acerca del difunto. Había retratado a lord Blackwell en una actitud altiva. Sus ojos mostraban frialdad y el gesto era de total despotismo. Había utilizado colores muy oscuros y a O’Connor le recordaba a pinturas de estilo tenebrista.
- ¿Apreciaba a lord Blackwell?
- Sí, por supuesto. Se ha portado muy bien conmigo. Cuando mis padres murieron yo era pequeña, él me acogió y me trató como si fuera hija suya- dijo con voz triste.
- ¿Nunca tuvieron ningún tipo de discusión?
- Bueno, tío Rufus era bastante estricto. Y en alguna ocasión hemos chocado. No aceptaba algunas ideas que yo tenía.
- ¿Qué tipo de ideas?
- Ideas acerca de mi futuro- dijo sonriendo tristemente. Alzó las manos y con un gesto abarcó toda la estancia-. Mi afición es la pintura y siempre he querido estudiar en una academia de arte y dedicarme a esto profesionalmente. Tío Rufus se oponía a eso completamente. Veía bien que lo tuviese como afición. De hecho me habilitó el viejo invernadero para ello. Pero no aceptaba que yo quisiera dedicarme a a la pintura profesionalmente. Pretendía que dependiese de él, tal y como ha hecho con Cora. Constantemente discutíamos por eso, pero yo tenía mis propios planes.
- ¿Qué planes?- le preguntó Weston en tono confidencial y amistoso para que la chica se sintiese confiada.
- En cuanto hubiese cumplido la mayoría de edad me habría fugado. Tenía algo ahorrado, no mucho, pero hubiese trabajado de lo que fuese para pagarme la academia de arte.
- Bueno, supongo que si su tío le ha dejado algo en su herencia podrá cumplir su sueño. ¿Tenía idea de si lord Blackwell le iba a dejar algo tras su muerte?- preguntó Weston con la mayor inocencia posible en su rostro y en su voz.
- Algo comentó…- Cassandra frunció el ceño ligeramente y en ese momento pareció una niña pequeña-. Nunca he querido ese dinero. No me interesa. No me pertenece.
O´Connor volvió a tapar el retrato de lord Blackwell y se dirigió hacia otro caballete que estaba algo más apartado. En él se mostraba a Cora Lemarchand apoyada sobre una balaustrada de mármol y con una rosa en la mano. La rosa hacía juego con el vestido color corintio que llevaba puesto. Los trazos sobre el vestido daban la sensación de movimiento, como si una ligera brisa primaveral moviese la tela. Los rasgos de la mujer aparecían más suavemente pintados, dándole una expresión menos cruel de lo que habitualmente mostraba. Estaba realmente bella. Sin duda, este cuadro delataba la adoración que Cassandra sentía por Cora. A ojos de la chica era como una hermana mayor.
- ¿Qué tal se lleva con la señorita Lemarchand?
- ¿Con Cora? Genial. Es muy divertida y siempre se ha preocupado mucho por mí- el tono de voz de la chica se tornó alegre.
- ¿Escuchó algo durante la noche o sabe algo que pudiera echar algo de luz al asunto?
Cassandra meditó la respuesta unos segundos. Miró al vacío con su mirada perdida. Su mente parecía hallarse a años luz. Sin duda, Weston pensó que había algo extraño en el comportamiento de Cassandra. Su actitud era nerviosa… Tal vez las habladurías fuesen ciertas y anduviese algo trastornada. O quizás supiese algo. Finalmente la chica negó con la cabeza.
O’Connor por último se acercó hasta el cuadro que estaba pintando Cassandra en ese momento. Representaba el pozo que acababan de ver. Estaba pintado con pinceladas nerviosas y con todo lujo de detalles. Las piedras oscuras perfectamente definidas. Las sombras trazadas daban al pozo un aspecto siniestro. El cuadro le daba a O’Connor una sensación de inquietud. Pero no fue esto lo que más le llamó la atención. El detective estaba tan ensimismado mirando el cuadro que no se percató de que el interrogatorio había finalizado. Por eso se sobresaltó al escuchar la voz de Cassandra detrás de él.
- ¿Le gusta, señor O’Connor? Es mi rincón favorito de la casa. Siempre he sentido un vínculo especial con este sitio y me gusta estar ahí cuando quiero estar sola- dijo la joven acercándose a él. Su voz sonaba en ese momento inusualmente alegre.
- El cuadro es muy interesante…-comentó O’Connor sin apartar los ojos del cuadro-. ¿Pero me puede decir qué ha pintado aquí? ¿Qué representa esto?
O’Connor indicaba con el dedo unos trazos hechos con pintura roja que salían de la abertura del pozo y se deslizaban sinuosamente entre las piedras, para finalmente estancarse en el suelo en un brillante charco rojizo. Cassandra apartó levemente a O’Connor cogiéndole por el brazo. Palideció y sus ojos se abrieron desmesuradamente.
- Yo no he…-comenzó a decir la chica con voz ahogada. Su vista se dirigió hacia el pincel que había estado utilizando, el cual estaba manchado de pintura roja-. ¡Dios mío, no recuerdo haber pintado esto!
* * * *
El agente Bowers se encontraba en el cuarto de Cassandra Jones procediendo al registro. El agente Perkins le acompañaba en dicha tarea. Como el día anterior había estado ocupado por la joven, que se recuperaba del shock por la muerte de su tío, no habían tenido tiempo para registrar la habitación. En el resto de cuartos de los demás invitados no habían encontrado nada. Tampoco en ninguna de las demás estancias, a excepción de la biblioteca. De modo que Bowers daba por hecho que este último no iba a ser una excepción.
Echó una mirada alrededor suyo. El cuarto estaba decorado con gusto, pero el carácter de su inquilina se imponía fuertemente. Numerosos cuadros pintados por ella abundaban, tanto colgados en las paredes como en los rincones unos amontonados sobre otros. Un fuerte olor a pintura inundaba la estancia. Había una estantería repleta de libros, en su mayoría libros de poesía. Había algunos libros diseminados en diferentes sitios de la habitación. Bowers lanzó un suspiro irritado. A su parecer, aquella habitación no pertenecía a una dama.
Bowers dirigió la mirada al tocador de la chica. Aparecía abarrotado de botes con cremas faciales, perfumes y productos de maquillaje. El agente se indignó: “Una chica tan joven no precisa de tantos potingues de esta clase”. Pensó que si la señora Bowers viese eso se pondría verde de envidia.
Chasqueando la lengua se puso a buscar en los cajones de la cómoda. Perkins tenía medio cuerpo metido en un gran armario. De pronto soltó una exclamación:
- ¡Bowers, venga a ver esto!
Se acercó hasta donde se encontraba y Perkins le mostró un vestido color verdoso arrebujado. Tenía una oscura mancha.
- Lo he encontrado hecho un guiñapo en un rincón del armario.
- ¡Vaya, que me aspen si esto no es sangre reseca!
¡¡¡NO TE OLVIDES DE VOTAR EN LA ENCUESTA!!!! ¿QUIÉN CREÉS QUE ES EL CULPABLE? ¿ESTARÁS EN LO CIERTO?
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