martes, 26 de julio de 2011

CAPÍTULO 11

CAPÍTULO 11
MARLENE HUDSON
 
 
C
ora examinó discretamente a la señora llamada Marlene Hudson. Todavía no se había recuperado de la sorpresa de su visita y temía que su expresión delatara su desconcierto. La señora Hudson era completamente opuesta a cómo se la había imaginado. Su difunto tío apenas había podido hablar de ella, de modo que se había hecho a la idea de que la prometida de lord Blackwell sería una jovencísima cazafortunas o aspirante a actriz con cabellos oxigenados, uñas de colores imposibles y un modo de comportarse de lo más vulgar. Había llegado a pensar que dicha mujer se las había ingeniado para ser presentada a hombres de la alta sociedad, que se había inventado una conmovedora historia para ablandarles el corazón y así poder cazar un marido rico.

La Marlene Hudson que se encontraba frente a ella era totalmente opuesta a como se la había imaginado. Se trataba de una mujer madura, de edad indefinida. Podía estar perfectamente entre los cuarenta y los cincuenta años de edad. Era alta y delgada. De porte solemne y gestos correctos y sosegados. Su cutis era terso y blanco como la nieve y sus mejillas sonrosadas. Tenía los pómulos muy marcados, y los mismos estaban coronados por unos expresivos y grandes ojos color castaño. Su pelo también era castaño, salpicado con alguna que otra cana. Lo llevaba peinado en un sencillo recogido a la altura de la nuca. Vestía de forma elegante pero sorprendentemente sencilla. Llevaba un vestido color gris compuesto por chaqueta y falda que caía con gracia a lo largo de sus piernas. Unos guantes blancos ocultaban unas manos grandes y delgadas. Sus joyas  eran sencillas: un collar de perlas (verdaderas, según pudo apreciar Cora) que caía sobre su pecho, a juego con unos sencillos pendientes de perlas.

-           Siento que mi visita le haya cogido de improvisto, pero como ya le he comentado envíe un telegrama en cuanto llegué a Londres y me enteré de la terrible noticia- su voz, a pesar del acento norteamericano era suave y modulada. Emanaba tranquilidad por todos sus poros.
-           No sé qué debe haber pasado. A veces el servicio de telegramas va muy lento. Probablemente llegué en un par de días- contestó Cora tratando de sonar despreocupada. Pero interiormente albergaba la duda de que Marlene Hudson no se hubiese presentado allí sin avisar aposta.

Seguidamente un incómodo silencio se adueñó en la estancia. Cora miró a Víctor Kane en busca de ayuda para salvar la situación. Éste captó inmediatamente el mensaje:

-           Tal vez le apetezca tomar una taza de té- ofreció el mayor-. Quizás un café, si lo prefiere.
-           Es usted muy amable, mayor Kane. Si no es mucha molestia preferiría un café sólo. Nunca he conseguido acostumbrarme al té, me temo.

Víctor Kane se levantó para oprimir el timbre del servicio. Inmediatamente apareció Edna en la puerta y él pidió el café.

-           Supongo que su tío apenas le habló de mí- dijo la señora Hudson abordando el delicado tema.
-           No, me temo que no. Nos habló de usted durante la cena, horas antes del terrible suceso.

Marlene Hudson asintió con la cabeza. Su semblante palideció.

-           Quizás prefiera que le cuente yo mi historia y cómo nos conocimos.

A Cora le incomodaba enormemente conocer el lado romántico de su difunto tío, pero aquella mujer parecía anhelante de contar su historia. De modo que una vez que Edna había servido el café sólo con pastas, Marlene Hudson comenzó su narración:

Marlene Hudson, de soltera Marlene Ravencroft, pertenecía a una familia acomodada de los Estados Unidos. Su abuelo había conseguido amasar una buena fortuna durante la fiebre del oro al adquirir un terreno rico en dinero amarillo. Con dicho dinero había fundado un par de empresas prósperas y había realizado una serie de inversiones de lo más acertadas. Tras la muerte del abuelo de Marlene, el padre  de la misma se hizo cargo del negocio familiar, el cual supo llevar con gran acierto. El clan Ravencroft vivió unos años de gran prosperidad. El futuro parecía prometedor para la joven Marlene Ravencroft, única heredera de la fortuna familiar. Pero entonces llegó el crack del 29, el cual hizo tambalear no sólo la economía norteamericana, sino también a nivel mundial, pero a menor escala. Stanley Ravencroft vio como su patrimonio se hundía. Aquello fue un mazazo brutal para sus posesiones y su salud. Al cabo de un año falleció tras sufrir un infarto en su despacho. Marlene y su madre quedaron entonces en una situación muy delicada. Su gran mansión estaba a punto de ser embargada. Los negocios familiares habían quebrado y de ellos ya sólo quedaban numerosas deudas. Aparte de las deudas sólo disponían del prestigio del apellido Ravencroft. La señora Ravencroft prefería morir a tener que malvivir como un animal, según palabras de ella; por eso instó a su hija a que se casase con un magnate del acero que apenas se había visto afectado por la quiebra de la bolsa y que no sólo había conseguido salir adelante, sino que había aumentado su capital invirtiendo en negocios en el extranjero. Marlene no estaba muy convencida de los planes de su madre. Era verdad que era un hombre agradable y que había mostrado en más de una ocasión de estar interesado en ella. Pero era bastante años más mayor que ella y no sentía ningún tipo de atracción por él. Finalmente la señora Ravencroft hizo acopió de toda sus armas y pronto Marlene pasó a ser la señora de Widburn Hudson III.

El matrimonio fue una idea acertada. El magnate se hizo cargo de las deudas y pudieron mantener la mansión familiar de los Ravencroft. El matrimonio para Marlene no resultó del todo  mal, tal y como había pensado que iba a ser. Widburn tal vez fuese algo aburrido, pero poco a poco había sabido ganarse a Marlene. Resultó una compañía agradable y le daba carta blanca para hacer sus propios planes e ir donde le diese la gana. Además él viajaba constantemente, con lo cual ella veía acrecentada esa sensación de libertad. Fue precisamente en uno de esos viajes de negocios, concretamente en ferrocarril camino de Washington, donde falleció Widburn cinco años después de su matrimonio. Un terrible descarrilamiento dejó numerosas víctimas, entre ellas la de Widburn Hudson III.

No habían tenido descendencia, con lo cual la herencia pasó a ser íntegra para Marlene. Una vez pasado el luto de rigor, Marlene se hizo cargo de la gestión de las empresas Hudson. Resultó ser una buena administradora. El don de los negocios lo llevaba en los genes. Disfrutaba enormemente con la nueva situación. Lamentaba la pérdida de Widburn; por supuesto, pero estaba haciendo lo que realmente quería.

Durante todos esos años hasta entonces, no había mostrado ningún interés en rehacer su vida. Había tenido numerosos pretendientes, pero ella prefería como amantes a los asuntos de sus propiedades y negocios. Por eso, aquella noche en el viaje en barco de vuelta procedente de Inglaterra, poco iba a imaginar que su vida iba a cambiar. Había decidido hacer un paréntesis al frente de la empresa de acero, para hacer un viaje por el “viejo continente”. La mayoría de la estancia la había pasado en Londres, visitando a diversos conocidos. Pero también había visitado París, y había realizado un circuito por las principales zonas de Italia. En el viaje de vuelta coincidió con los Ingalls, amigos de su difunto esposo. Ellos le presentaron a lord Blackwell, que viajaba a Estados Unidos por asuntos de negocios. Les tocó ser vecinos en la mesa durante la primera cena y enseguida congeniaron. Hablaron de numerosas cosas durante el resto del viaje y compartieron numerosos paseos por la cubierta del barco. Una vez llegaron a Nueva York, lord Blackwell insistió en que se volvieran a ver. Salieron a cenar en varias ocasiones y fueron también al teatro. Fue durante un paseo vespertino por Central Park, cuando lord Blackwell le pidió matrimonio. No lo hizo de ninguna forma especial, ni romántica. Simplemente lo propuso durante la conversación que estaban manteniendo, de forma natural. Hizo la petición de mano de forma tan pagado de sí mismo y con tanta seguridad de esperar una contestación afirmativa, que Marlene estuvo tentada de decirle que no, simplemente por el placer de ver qué cara pondría. Finalmente contestó que sí y lo dispusieron todo para que regresaran a Inglaterra lo antes posible para casarse, y una vez hecho, ella se trasladaría a Blackwell Manor.

Resultaba una incongruencia por su parte actuar así, anteponer el matrimonio a su carrera en el mundo de los negocios. Pero estaba realmente enamorada de Rufus Blackwell; y a fin de cuentas delegaría la responsabilidad al frente de la empresa a alguien competente, pero ella seguiría siendo quien tomase todas las decisiones desde Inglaterra. Decidieron que lord Blackwell se adelantaría antes porque tenía que atender varios asuntos de gran importancia. Ella tenía que organizarlo todo para cuando se trasladará a la tierra de su prometido, de modo que prefirió hacer el viaje unos días más tarde. Durante el viaje apenas habían llegado informaciones al barco, por lo que se encontró con la terrible noticia una vez que había desembarcado. Había pasado de ser una mujer prometida a enviudar nuevamente de un plumazo.

-           Aunque me vea muy serena contando todo esto, mi alma está devastada- dijo con voz calmada-. Estoy sufriendo ahora más que cuando murió mi primer esposo. Al menos con Widburn pude pasar cinco años juntos. Sin embargo, con su difunto tío no he tenido esa oportunidad.

Cora miraba sin aliento a la mujer que tenía enfrente. Entendía perfectamente porqué su tío la había escogido para rehacer su vida. Era una auténtica señora de los pies a la cabeza: elegante, atractiva, nada vulgar, de buenos modales, buena posición, con las ideas claras y que compartía con él su pasión por el mundo de los negocios.

No sabía muy bien qué decir después de semejante narración. Víctor tampoco era de mucha ayuda en estos casos. Él se limitaba a mirar fijamente por la ventana.

-           ¡Vaya, menuda historia!- exclamó Cora rompiendo el silencio-. Como ya le dije, tío Rufus nos comentó algo de su compromiso poco antes de morir. Disculpe nuevamente por no haberle avisado ni haber intentado ponernos en contacto con usted. Han sido unos días terribles y todos hemos andado bastante trastornados y…
-           No hace falta que se disculpe, Cora. Me hago cargo perfectamente de la situación que están viviendo. Por eso estoy aquí, no sólo para asistir al funeral, sino para ayudarles en todo lo que me sea posible.
-           Es usted muy amable, señora Hudson.
-           Por favor querida, llámeme Marlene.
-           De acuerdo, Marlene. ¿Dónde tiene pensado instalarse?
-           Me he instalado en una posada, en la población vecina. El Four Corners. Allí se encuentra mi doncella con nuestro equipaje. El resto de mis pertenecías están en casa de unos amigos, en Londres.
-           Por favor, Marlene. Le pido que acepte mi invitación para instalarse aquí.
-           No, Cora, no me gustaría ser una molestia- se excusó la señora Hudson.
-           ¡Nada de molestia! Me sentiría fatal sabiendo que está instalada en un antro de mala muerte como el Four Corners. Ese lugar no es digno de usted.

Tras una serie de excusas por parte de ambas, situación que incomodó aún más si cabe a Víctor Kane, finalmente fue Cora la que venció. De modo que acordaron que la señora Hudson y su doncella se instalaran en Blackwell Manor. Justo en ese momento entró la señorita Drake de forma inesperada. Se quedó parada en la puerta, sin saber qué decir al percatarse de que Cora y Víctor estaban hablando con una señora a la que no conocía.

-           Disculpe, señorita Lemarchand. Traía unas cartas que habían llegado con el correo de la tarde, pero no sabía que estaban reunidos. Vendré más tarde.
-           No se preocupe señorita Drake- dijo Cora incorporándose- Le presento a la señora Hudson. Ella fue… la prometida de tío Rufus.

El rostro pétreo de la señorita Drake no se alteró lo más mínimo, a excepción de un casi imperceptible levantar de cejas. No dijo nada durante unos segundos y se limitó a asentir con la cabeza a modo de saludo. La señora Hudson le imitó con una leve sonrisa.

-           La señora Hudson ha venido de Estados Unidos. Va a quedarse unos días por aquí y le invitado a que se aloje aquí- la señorita miró a Cora fijamente-. Por favor, ¿podría llamar al Four Corners, que es donde se aloja la señora Hudson con su criada, para hacer que trasladen sus cosas aquí?
-           Por supuesto, señorita Lemarchand.
-           Y de paso, ¿podría pedir a las doncellas que preparen las habitaciones para la señora Hudson y su doncella?
-           Avisaré a la cocinera también de que seremos uno más a la mesa.
-           Gracias, señorita Drake.
-           No hay de que- replicó la secretaria.

Dios sabe que cualquiera que consiguiera leer la mente de aquella mujer en ese momento palidecería al percatarse de sus oscuros pensamientos. Nadie había notado nada. Su expresión no había dejado entrever ninguno de sus sentimientos. Y ninguno de los allí presentes se había percatado que agarraba la carta con tal furia que sus dedos se habían tornado blancos. Discretamente alisó la carta, la dejó sobre una mesita cercana y salió de allí.



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2 comentarios:

  1. Holaaaaa que tal!!! Te he leido desde hace tiempo, pero no podia dejar comentarios debido a que esta bloqueada esta sección en mi trabajo, pero ahora que tengo oportunidad te escribo jejeje

    Me encanta!!! Ojala subas capi pronto...

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  2. Muy buenas, cielo azul!!!! Muchísimas gracias por leer mi blog y por tu comentario, me hace muchísima ilusión que te esté gustando!!!! Y como agradecimiento, aquí tienes ya el capítulo 12. Por cierto, de dónde eres, cielo azul?
    Un besazo!!!

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