CAPÍTULO 3
DURANTE LA CENA
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ufus Blackwell estaba sentado en uno de los extremos de la larga mesa de caoba. Observaba por turnos a cada uno de los invitados a su cena. Los analizaba mentalmente por turnos posando sus oscuros ojos sobre cada uno de ellos. Lord Blackwell pasaba ya los sesenta años. Tenía el pelo canoso salpicado por algunos mechones que antaño habían sido negros. Su nariz era aguileña y su boca cruel. Sus cejas pobladas formaban un ángulo que le añadía más malicia a su gesto. A pesar de su edad y de cierto sobrepeso, mantenía aún una figura esbelta. Era un hombre poco dado a las emociones. Hablaba de forma tajante y con un tono de voz muy grave.
La señora McCarthy, que se sentaba al otro extremo de la mesa, se empeñaba en sacar temas de conversación con Richard Samuelson. Este parecía malhumorado y con pocas ganas de contestar a su interlocutora. “¡Esa vieja chismosa no para hasta que averigua la vida de todo el mundo!”. Cora se percataba de lo reacio que se mostraba el señor Samuelson, por lo que trataba de sacar temas de conversación con la señora McCarthy y que esta no se percatase de la falta de cortesía del hombre de negocios. Cassandra permanecía ausente jugueteando con la comida. La señorita Drake la miraba exasperada por la actitud de la joven frente a las visitas. El mayor Kane tampoco estaba muy hablador, cosa poco extraña en él. La señorita Drake tenía que hacer el doble de esfuerzo para que fluyese la conversación entre Cassandra y el mayor Kane. Colin McCarthy y su primo charlaban con el doctor Levine acerca de medicina, tema sobre el cual el doctor se mostraba encantado de poder hablar.
Lord Blackwell observaba con curiosidad al irlandés sobrino de la, no menos irlandesa, señora McCarthy. Había algo que le intrigaba de aquel hombre. Era bastante alto y desgarbado. Pelo rojizo y corto. De piel muy blanca. Tenía los ojos rasgados y verdes y los labios finos. Parecía ser un hombre completamente despistado y con pinta de bobalicón. De modales pausados y algo torpes. Sin embargo, había mostrado gran lucidez en la conversación y capacidad de hablar de cualquier cosa de la que se tratara.
- ¿A qué se dedica usted, señor O’Connor?- Lord Blackwell hizo la pregunta que tanto temía el detective.
- Soy escritor- dijo Stephen sencillamente.
No faltaba a la verdad ya que combinaba su trabajo como detective privado con su gran afición: la escritura. Había escrito un par de novelas que había obtenido resultados bastante modestos; y colaboraba puntualmente escribiendo relatos cortos en un periódico de segunda. Los relatos eran de misterio. El redactor le pidió que no los escribiese con trama demasiado complicada, ya que algunos lectores se quejaron al respecto. “Nuestros lectores se sienten torpes leyendo tus relatos”, le dijo el redactor jefe. “Eso no les gusta. Les gusta saber que pueden acertar el final antes de acabar el relato. No te ofendas, O’Connor, a mí personalmente me gustan tal cual están. Pero a veces tenemos que adaptarnos a los gustos de nuestros lectores. Así que te pediría de ahora en adelante que escribieses tus relatos con una trama más sencilla”.
O’Connor había aceptado de mala gana y comenzó a escribir “relatos mediocres”, como los solía denominar él mismo. Estos los escribía para el periódico. Pero en su mente bullían tramas complejas que debía plasmar en papel aunque la única persona que las leyera fuera él mismo.
- ¿Ha escrito alguna cosa que haya podido leer?- preguntó el anfitrión sin mucho convencimiento.
- Lo dudo mucho Lord Blackwell. Me temo que lo que escribo es de lo más vulgar- contestó Stephen O’Connor sonriendo.
- ¡Oh, no haga usted caso a mi sobrino! Peca de modesto. La verdad es que tiene un estilo literario bastante aceptable. Quizás los temas no son de su interés, pero están bien escritos- dijo la señora McCarthy muy diga-. Otro día, si me acuerdo, le traeré algunos de sus recortes del periódico en el que colabora.
- Estaré muy agradecido, señora McCarthy.
La temática derivó hacia la literatura en términos generales. Se elogiaron los grandes clásicos y se criticaron las nuevas tendencias a grandes rasgos. O´Connor por su parte destacó a varios autores noveles, que si bien no eran conocidos, era por falta de publicidad y por los prejuicios de la gente hacia los nuevos estilos literarios. A este respecto estuvo de acuerdo Cora con él. La señora McCarthy comentó desdeñosamente que la gente joven carecía de gusto en cuanto a literatura se refería. La voz de Cassandra sonó cristalina en el leve silencio que siguió a la contundente afirmación de la anciana:
- Pues a mí me gusta Lord Tennyson- afirmó sencillamente. Se ruborizó al notar que todos le prestaban atención con curiosidad.
- ¿En serio?- preguntó la señora McCarthy arqueando las cejas. No sabía si creer a la joven o pensar que le estaba tomando el pelo.
- Sí, me encantan sus poemas. La musicalidad con la que envuelve, en especial, los temas mitológicos me fascinan.
Colin tuvo que reprimir una carcajada al notar la contrariedad de su madre.
Poco a poco el tema de conversación continuó con temas más banales. Cuando estaban terminando los postres, Lord Blackwell se irguió sobre su asiento y carraspeó para llamar la atención de sus comensales. Tenía un brillo extraño en los ojos, parecía levemente excitado tras su fachada de frialdad y tranquilidad.
- Estimados amigos, quiero aprovechar para darles a todos las gracias por haber aceptado mi invitación esta noche. También quisiera aprovechar para compartir con ustedes un hecho que ha acontecido durante mi viaje a Estados Unidos- escrutó con atención los nueve rostros que le observaban atentamente. En todos ellos se reflejaba curiosidad en diferentes grados. En algunos de ellos había cierta tensión. Le divertía soberanamente ver el clímax que se había producido con sus palabras. A continuación soltaría la noticia y disfrutaría aún más viendo las diferentes reacciones. Si de una cosa estaba seguro, es que ninguno se quedaría indiferente.
- Durante mi viaje de ida coincidí en el barco con varios conocidos. Uno de ellos me presentó a una mujer. Es de Nueva York y es viuda, como yo- guardó silencio durante unos segundos antes de proseguir-. El caso es que durante mi estancia en Nueva York he vuelto a coincidir con la dama en cuestión. Nuestra amistad aumentó considerablemente… y bueno…
- ¿Adónde quieres llegar, tío Rufus?- preguntó Cora enarcando las cejas.
Lord Blackwell tomó aire un instante antes de soltar la bomba:
- Marlene, que así es como se llama la dama en cuestión, va a venir en pocos días a Inglaterra y nos casaremos lo antes posible.
Un silencio sepulcral inundó la estancia. Todos habían quedado atónitos con la noticia. Cora parpadeó levemente y miró a su tío perpleja. El doctor Levine buscó la mirada de esta tratando de saber qué era lo que pensaba. Richard Samuelson seguía con gesto adusto. Cassandra permanecía con la mirada perdida y con la boca levemente entreabierta, asimilando la noticia. El mayor Kane parecía muy incómodo, odiaba aquel tipo de situación, y en ese momento estuvo a punto de atragantarse. La señora Drake permanecía muy quieta, los ojos fijos en el plato, sosteniendo los cubiertos con los dedos engarrotados y con los labios fruncidos. La señora McCarthy también permanecía inmóvil, exceptuando sus ojos que brillaban por la excitación y no perdía detalle de ningún rostro. Colin soltó un significativo silbido y miró divertido a su alrededor. La única excepción fue Stephen O´Connor que comía plácidamente pudín y miraba a los demás comensales divertido.
Lord Blackwell disfrutó de aquellos instantes de desconcierto.
- ¿Y bien? ¿No me felicitáis?
- Tío Rufus, ¿hablas en serio?- preguntó Cora atónita.
- Totalmente en serio, querida Cora. Me casaré con Marlene lo antes posible. No estoy para perder el tiempo.
- Pero… pero… podrías habernos avisado antes.
- Llegué anoche muy cansado. Además quería que todos lo supiéseis lo antes posible.
- Pero ¿quién es ella?- quiso saber su sobrina.
- Es una gran mujer. Es admirable. Tendrás tiempo de conocerla en pocos días. Espero que no la prejuzgues, Cora. Tu madre no te educó así.
- ¡No la estoy prejuzgando! Nos acabas de anunciar que te vas a casar, simplemente quiero saber quién es ella, de dónde ha salido…
- Tranquila, querida- se apresuró a intervenir el doctor Levine en defensa de su prometida-. Lo que Cora quiere decir, Lord Blackwell…
- Sé perfectamente lo que mi sobrina quiere decir, Levine- dijo lord Blackwell secamente.
El doctor Levine abrió la boca como si fuera a añadir algo más, pero se lo pensó mejor, y cerró la boca al tiempo que se ponía rojo como la grana.
La señora McCarthy, muy a su pesar, consideró que tenía que intervenir para suavizar aquella situación tan delicada y de mal gusto. Ya habría tiempo para indagar al respecto y enterarse de todos los detalles del sorprendente compromiso de Lord Blackwell. De modo que le hizo un gesto casi imperceptible a su hijo, y este captó en seguida el mensaje. Colin pintó la más cálida de sus sonrisas y alzó su copa de vino tinto.
- ¡Enhorabuena por su compromiso, Lord Blackwell! Estamos deseando conocer a la afortunada y que vivan muchos años de felicidad.
Stephen O’Connor se vio obligado a apoyar a su primo, de modo que se unió al brindis. La señora McCarthy les imitó, al igual que el mayor Kane y el señor Samuelson, los cuales brindaron con cierto titubeo. El doctor Levine no sabía qué hacer, de modo que se limitó a mirar a su prometida. Esta miró a Cassandra y en el rostro de la joven sólo había aturdimiento. Cassandra miraba a unos y a otros con la boca abierta. Miró a Cora y se encogió de hombros sin saber qué hacer. La señorita Drake se levantó discretamente murmurando una excusa y se apresuró a salir del comedor con más rapidez de la acostumbrada.
La situación del resto de la velada fue salvada por los miembros del clan McCarthy y por Stephen O’Connor, los cuales fueron introduciendo nuevos temas de conversación más triviales. El mayor Kane hizo un esfuerzo y participó en dichas conversaciones, todo ello para evitar otra situación delicada como la de antes. Posteriormente pasaron a la biblioteca para tomar café. El ambiente se tornó algo más relajado allí ya que se formaron un par de grupos y surgieron diferentes conversaciones. Colin y Cassandra pusieron algo de música en el gramófono, pero la chica rehusó bailar y se acercó a la chimenea a atizar el fuego. La señorita Drake hizo su reaparición con su habitual eficiencia y se dedicó a servir el café. Un rato después, Lord Blackwell se levantó del sofá en el que estaba sentado, se despidió de sus invitados y pidió a Cora y a Cassandra que le acompañaran a su despacho para charlar unos minutos. Las dos jóvenes se miraron y siguieron a su tío fuera de la estancia. Aquello fue una velada indicación a sus invitados para decirles que debían retirarse. En el caso del señor Samuelson o del mayor Kane podrían quedarse hasta que se decidieran ir a dormir, ya que dormían en Blackwell Manor, pero ninguno de los dos estaba de humor para permanecer por allí. De modo que a una indicación de la anciana, Colin y Stephen comenzaron a despedirse. Le ofrecieron al doctor Levine acompañarle a su casa en coche, ya que aún seguía lloviendo copiosamente. El señor Samuelson se retiró a su habitación sin apenas despedirse, y el mayor Kane les acompañó a la puerta. Se disponían a marcharse cuando el doctor Levine se percató de que había olvidado su maletín en la biblioteca. Mientras el médico se alejaba con paso apresurado, la señora McCarthy se volvió hacia el mayor Kane.
- Ha sido una noche de lo más peculiar-dijo la anciana inocentemente-. ¡Con buenas noticias incluidas!
- La verdad es que ha sido una sorpresa para todo el anuncio del compromiso- contestó el mayor Kane.
- Sí, especialmente para las chicas. Lord Blackwell es como un padre para ellas. Creo que debería habérselo dicho a ellas primero, en privado. La noticia les ha cogido por sorpresa- comentó seria la anciana-. Me preocupa especialmente la joven Cassandra. Nunca se sabe cómo este tipo de noticias pueden afectar a una chica como ella.
- ¡Mamá!- protestó Colin indignado. Pero su primo le contuvo con un leve apretón en el antebrazo. Stephen no estaba dispuesto a presenciar otra discusión madre-hijo al estilo McCarthy acerca de Cassandra Jones.
El regreso del doctor Levine con su maletín sirvió también para quitarle hierro al asunto.
- Disculpen, ya estoy listo. ¡Marchémonos!
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