viernes, 20 de mayo de 2011

CAPÍTULO 2

CAPÍTULO 2
EN CASA DE LOS McCARTHY


A
nnie, la joven rolliza y jovial que servía en casa de los McCarthy se dispuso a retirar el servicio del té. Después de agradecerle el gesto, la señora McCarthy miró con aire maternal como la chica se alejaba haciendo tintinear las tazas de porcelana.

-          ¡Tener a Annie es una bendición! ¿Recuerdas a la chica que teníamos antes? ¡Un verdadero desastre! ¿Verdad, Colin?- dijo la anciana con un leve estremecimiento.
-          Además, era bizca- asintió su hijo distraído.
-          Eso es lo de menos. Lo importante es que sepa hacer su trabajo- sentenció la    anciana.

Stelle McCarthy era una anciana y delgada dama. De un tiempo hasta ahora su gran constitución había menguado debido a la edad. Su rostro apergaminado era cálido y agradable. Y su sonrisa era franca. Tenía mechones rojizos salpicando sus níveos cabellos, vestigios de una cabellera de fuego que lució durante su juventud. Sus ojos azul oscuro eran escrutadores e inteligentes. Era una mujer enérgica y de lengua algo viperina, a la cual no se le escapaba nada de la vida social de Green Mills. Cotillear era su pasatiempo favorito, o como ella mismo decía: “preocuparse por los acontecimientos de los vecinos”.

Colin era el benjamín del clan McCarthy. Al contrario que sus hermanos mayores, Colin había sido siempre algo más canijo y delicado de salud. Mientras que el mayor de ellos, David, se había dedicado a la marina y Patrick, el mediano, se había decantando por la agricultura; el pequeño de todos había optado por las leyes. Hacía poco que se había graduado en la universidad y había comenzado a trabajar en una firma de abogados de Essex, no muy lejos de su pueblo natal, y por lo tanto de las faldas de su madre. Era un joven bajito y delgado, de cara aniñada y redonda, pelo castaño rojizo y ojos marrones como los de su difunto padre. También había heredado de la rama paterna unas orejas algo separadas, las cuales siempre le habían acomplejado y había tratado de disimular tapándolas parcialmente con sus cabellos.

Stephen O´Connor, sobrino carnal de la señora McCarthy, pasaba una semana de visita como acostumbraba a hacer por esas fechas, para celebrar el cumpleaños de la anciana dama. El festejo había sido celebrado la tarde anterior. Los hijos mayores habían regresado a sus lugares de residencia con sus respectivas esposas, de modo que se quedaron ellos tres en la pequeña y acogedora casita.

El tema de conversación derivó nuevamente hacia la cena a la que habían sido invitados y a la que asistirían esa misma noche. En cuanto la señora McCarthy se enteró de los invitados con los que compartirían mesa, gracias a la información fidedigna que le había transmitido Annie; que a su vez se la había dado una de las criadas de la casa llamada Edna, la anciana se dispuso a diseccionar uno a uno de los comensales para poner en antecedentes a su sobrino favorito.

Había comenzado a hablar del anfitrión, lord Blackwell, el cual había sido muy amable de invitarles también a ellos a dicha cena. La noche anterior había llegado de un largo viaje a Estados Unidos, donde había expandido su negocio de piezas para ferrocarriles. Su padre había aprovechado la revolución industrial y había amasado una inmensa fortuna, la cual su primogénito se había encargado, no sólo de mantener, sino también de aumentar. Lord Blackwell no había tenido descendencia. Se casó joven, pero su mujer murió poco tiempo después de tuberculosis. Estaba tan enamorado de ella que jamás había vuelto a casarse ni se le había conocido ninguna aventura romántica. Tenía dos hermanos menores que él; Quency que murió en la India, y Rosemary, la madre de Cora Lemarchand.

Rosemary había sido una joven muy rebelde y había llevado la contraria  a su padre en todo lo que pudo. Por eso, cuando este se opuso a su enlace con un pintor canadiense que no tenía donde caerse muerto, ella no dudó en fugarse con él y se fueron a vivir a Canadá. Aquello fue un duro golpe para el viejo lord Blackwell, por eso optó por sacarla del testamento. A la muerte de éste, todo el capital y las propiedades fueron a parar al primogénito. De modo que Cora Lemarchand, al ser la única pariente directa heredaría la mayor parte de la herencia, a no ser que Lord Blackwell hubiese dispuesto algo diferente en su testamento.

A ojos de la señora McCarthy, el dinero que iba a heredar Cora era una especie de recompensa por la vida que le había tocado llevar. Aquellos años en Canadá teniendo lo justo para vivir no eran apropiados para una chica como ella. Después la muerte de su padre, el traslado a una nueva casa, a un nuevo país, a un nuevo estilo de vida. Su posición económica había cambiado a mejor, y la amabilidad de su tío por acogerlas a ella y a su madre bajo su protección había sido un salvavidas. Pero a la señora McCarthy le constaba que la joven no era feliz; lord Blackwell era en el fondo un ruin en cuanto a dinero se refería; no concebía los gastos que una joven como Cora podría tener: las fiestas, los vestidos, el estilo de vida que se suponía que tenía pero que ella no se podía costear. Él la había alentado para que su vida estuviese vinculada a la suya. Cora no había trabajado en su vida, no por falta de ganas, sino porque indirectamente su tío no se lo había permitido. Se podría decir que lord Blackwell le había coaccionado para que dependiese de él y llevara el estilo de vida que él quería.

Durante un tiempo se barajó la idea de que se casase con el mayor Kane, como antes mencionamos. Pero para la señora McCarthy, el hecho de que ella finalmente se prometiera con el doctor Levine, no supuso una gran sorpresa. El compromiso con el doctor Levine suponía para ella una luz de esperanza para salir de esa vida que tanto detestaba. La señora McCarthy estaba segura que si el mayor Kane se hubiese declarado cuando debía, ella hubiera aceptado.

 “¡Menudo burro estirado!”, solía exclamar la anciana dama al pensar en el mayor Kane. Todos los aventureros que pasaban largas temporadas en el extranjero, alejados de la civilización se volvían una especie de antisociales y torpes en la sociedad. “¡Cabezas-cuadradas!”, repetía después. Según tenía entendido la última expedición del mayor Kane había resultado desastrosa. Aquello le debía de venir fatal para su reputación como aventurero.

Inmediatamente después pasó a analizar al tercero en discordia en aquel triángulo amoroso, y por el momento vencedor. El doctor Levine era un hombre agradable. Llevaba un par de años afincado en el pueblo. A pesar de tratarse de un médico de ideas y métodos modernos, había sabido ganarse a toda la población de Green Mills. Cosa verdaderamente difícil en un lugar en el que estaban acostumbrados a los métodos arcaicos del viejo doctor Smith. El doctor Levine estaba esperando la hora de poder montarse un consultorio propio en Harley Street[1], y poder financiarse su investigación sobre una rara planta tropical. En cuanto a su vida personal, según había podido averiguar, el doctor Levine era viudo. En un principio se había barajado la posibilidad de que su mujer se había fugado con otro cuando vivían en el condado de Devon; pero según había averiguado después la difunta señora Levine había muerto tras “una larga enfermedad”. Según había escuchado su anciana tía, la difunta señora Levine no andaba muy bien de la cabeza. Eso preocupaba mucho al doctor.

Stephen O´Connor sonrió pacientemente ante el flujo de información que soltaba sin fatigarse su anciana tía. El detective cargó de nuevo su pipa maniobrando con destreza con sus delgados y blancos dedos y prosiguió escuchando atentamente a la anciana que disfrutaba con su pasatiempo favorito. Colin, que había estado hojeando aburrido un periódico, fue todo oídos y frunció el ceño cuando escuchó el nombre de Cassandra Jones.

La señora McCarthy se compadecía muchísimo de la pobre joven. No había tenido una vida fácil. A los diez años aproximadamente sus padres habían muerto trágicamente en un accidente automovilístico. Lord Blackwell era un buen amigo de Mortimer Jones y de su esposa, Aimée. Tanto es así que era el padrino de Cassandra. Tras la muerte de ellos y la ausencia de cualquier familiar cercano, lord Blackwell se hizo cargo de la pequeña desamparada y la educó bajo su protección como si fuese su propia hija. Aunque ella lo llamase “tío Rufus” era completamente consciente de que no eran de la misma familia. Cassandra había crecido sin que la tuviesen muy en cuenta debido a lo extraño de su comportamiento, siempre andaba sola y actuaba de forma rara.

-          Creo que eso le viene de familia- comentó la anciana bajando la voz y llevándose un dedo índice a la sien de forma muy significativa-. En su familia materna se habían dado casos de… digámoslo… ciertas excentricidades. Un tío-abuelo suyo acabó sus días en Broadmoor[2] completamente chalado.

-          ¡Por favor, mamá! ¡No empieces!- gruño Colin frunciendo aún más el ceño.
-          Incluso la madre de Cassandra era algo… “especial”… Según dicen, hay teorías de que el accidente en el que murieron fue provocado por ella. Por lo visto en una de sus “crisis” le arrebató a su marido el volante y se salieron de la carretera. Ya había intentado suicidarse en otras ocasiones.
-          ¡Mamá, deja de calumniar a personas que están muertas!

La señora McCarthy pareció levemente ofendida durante unos instantes.

-          ¡Colin Robert McCarthy, modera tu tono conmigo, jovencito!- espetó la anciana dando un golpe seco con la base de su bastón en el suelo-. Simplemente estoy orientando a tu primo.

Stephen O´Connor les miró divertido mientras daba una nueva calada a su pipa. Había visto docenas de veces escenas como esas. Su tía parecía que iba a proseguir su interminable relato, pero el joven detective levantó la mano levemente para pedir la palabra.

-          Tía Stelle, me gustaría saber cuál es la opinión de Colin con respecto a la señorita Jones-. Comentó con voz suave y cargada con una leve ironía.

El aludido se puso rojo como la grana. Se aclaró la voz y se dispuso a decir:

-          Es… una chica muy sensible. Está simplemente desorientada porque es muy joven… Vivir con ese tirano de Blackwell no es lo más apropiado para una chica como ella- Colin pareció animarse hablando de Cassandra-. La gente no entiende su manera de pensar, y sólo por eso la tachan de loca.

Stephen O’Connor se encogió de hombros y miró a su tía. Esta actuó como si su hijo no estuviese en la habitación y dijo a modo de conclusión:

-           ¡Tonterías! Esa chica está como una regadera.

El detective soltó una sonora carcajada al tiempo que su primo se enfurruñaba cada vez más. Finalmente la anciana optó por dejar de molestar a su hijo y continuó hablando de los comensales que asistirían a la cena. Antes de empezar a hablar de Sarah Drake, una sonrisa maliciosa se dibujó en su cara.

-         ¡Esa mujer es una auténtica tirana!- comenzó diciendo Stelle McCarthy. Colin soltó una risa seca. Su madre le fulminó con la mirada antes de continuar-. Lleva al servicio de lord Blackwell unos ocho o diez años. El trabajo que desempeña por lo general está relacionado con los asuntos de negocios de su jefe, pero también ha adoptado el rol de ama de llaves y lleva el control de la casa con mano de hierro. Se le nota a la legua que es una mujer ambiciosa. Siempre he sospechado que aspiraba en convertirse algún día en la nueva señora Blackwell. Pero todo lo que tiene de eficiente lo tiene también de ingenua. Un hombre como lord Blackwell jamás se fijaría en una mujer como ella: es demasiado vulgar y aburrida, tiene voz de hombre y cara de caballo. Creo que ya se ha dado cuenta de que su jefe jamás le corresponderá, pero en el fondo no pierde la esperanza. Tiene al personal de la casa atemorizado y numerosas doncellas han desfilado a lo largo de estos años espantadas por la dureza de la secretaria.    
-           Trata a Cassandra Jones de forma muy dura. Es muy autoritaria- apuntó Colin.
-           Cierto es. Siempre la ha tratado como una institutriz. Odia a Cassandra, y me consta que tampoco tiene mucha estima a Cora.

Stelle McCarthy tomó algo de aire antes de finalizar su relato. El último invitado que quedaba por analizar era Richard Samuelson. Muy a su pesar, no tenía gran cosa que comentar acerca de él ya que lo había visto sólo en un par de ocasiones. Simplemente podía fiarse de la impresión que le había dado; la cual no era muy positiva. Admitió que podría tratarse de prejuicios por su parte. Ella siempre catalogaba a los hombres de negocios de la City como seres despiadados y sin escrúpulos, con ansia de ganar dinero y obtener el máximo beneficio a costa de los demás.

-           Me temo que no andas desencaminada, tía Stelle. Aunque siempre hay excepciones- comentó Stephen sonriendo.
-           Creo que en este caso no me equivoco. Tiene un rostro desagradable: una sonrisa poco natural, unos ojos muy siniestros… No sé porque, pero me recuerda a un buitre.
-           Es que parece un buitre- apuntó Colin.
-           Bueno. La verdad es que no me puedo quejar de las descripciones que me has hecho, tía Stelle. Me parece que no ha faltado ningún detalle. Creo, y espero no equivocarme, que la cena de esta noche va a resultar muy entretenida -comentó Stephen O’Connor. Le dio una calada a su pipa y después añadió-. Supongo que no habréis comentado mi verdadera profesión, ¿verdad?

A Stephen O’Connor le horrorizaba pensar que al conocer su verdadera profesión todo el mundo le preguntase acerca del mismo, y lo que sería peor, que le pidiesen que les narrasen algunos de sus casos más célebres. Si había decidido pasar unos días apartado de su trabajo era precisamente para desconectar del mismo.

-           Mi madre se ha tenido que morder la lengua. Se siente muy orgullosa con lo que haces, y si por ella fuera, se pasaría el día entero alardeando de tener un sobrino detective privado.
-           Al menos su trabajo es más interesante- respondió la anciana con malicia. Colin pareció ofendido-. Tranquilo Stephen. No he dicho nada al respecto. Y ahora si me disculpáis, me retiro para ir preparándome para la cena.

Dicho esto se levantó apoyando todo su peso sobre su bastón y salió de la estancia con porte orgulloso.


[1]   Harley Street: Calle de Londres, famosa por la cantidad de consultorios médicos que hay en ella.

 [2] Broadmoor: famoso hospital psiquiátrico de alta seguridad situado en Crownethorne, Berkshire.

2 comentarios:

  1. Me encanta lo chismosa que es Stelle McCarthy!!!!

    me he reído un montón con ese personaje, espero que salga de nuevo haciendo de las suyas, en plan chascarrillo =D

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  2. Jajaja... Stelle McCarthy es un personaje que me ha ido enamorando según la iba haciendo hablar jejej... sale en el tercer capítulo y en varias ocasiones más del relato... si sigo con esta racha de escribir probablemente vuelva a parecer. Asias x comentar Carmela! ^^

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