martes, 17 de mayo de 2011

DRAMATIS PERSONAE + CAPÍTULO 1 DE "EL MISTERIO DE BLACKWELL MANOR"

DRAMATIS PERSONAE:

Alice: Doncella de Lord Blackwell

Blackwell (Lord Rufus): Rico hacendado, dueño de Blackwell Manor, en torno a cuya muerte se desarrolla la trama.

Bowers: Agente de policía

Drake (Sarah): Secretaria de lord Blackwell y encargada de la organización de la mansión.

Edna: Otra doncella de lord Blackwell.

Hudson (Marlene): Prometida de lord Blackwell a la cual conoce en un viaje a Estados Unidos.

Jones (Cassandra): Joven algo desequilibrada, protegida de lord Blackwell.

Kane (Mayor Victor): Conocido aventurero y amigo de lord Blackwell.

Lemarchand (Cora): Hija de la difunta hermana de lord Blackwell.

Levine (Barry): Médico local, prometido de Cora Lemarchand.

McCarthy (Stella): Tía de Stephen O’Connor, mujer cotilla y avispada.

McCarthy (Colin): Hijo de Stella McCarthy.

O’Connor (Stephen): Detective privado, protagonista de esta novela.

Rendell: Inspector de Scotland Yard.

Samuelson (Richard): Socio en la compañía siderúrgica de lord Blackwell.

Swansson (Molly): paciente del centro psiquiátrico Pleasant Hills


Weston: Sargento de policía

Wilkins: abogado y albacea de lord Blackwell.



CAPÍTULO 1
TÉ EN BLACKWELL MANOR



l
a hora del té se iba aproximando lentamente a Blackwell Manor en aquella tarde fría de mediados de Octubre. Había estado lloviendo toda la tarde y el cielo plomizo amenazaba con seguir descargando su incesante lluvia.

En el salón principal se hallaban un hombre y una mujer. La estampa que se observaba en aquella ostentosa habitación podría ser clasificada como una escena familiar. Pero nada más lejos de la realidad: aquellas dos personas no estaban casadas, ni les unía ningún vínculo consanguíneo.

La mujer ojeaba distraídamente una revista de jardinería. Pasaba las hojas lentamente, pero en realidad no veía lo que tenía delante, su mente estaba muy lejos de allí. Tenía el pelo liso y negro cuidadosamente recogido en un moño bajo, sus facciones eran marcadas y duras, a pesar de eso tenía un rostro agradable pero al mismo tiempo frío. Sus ojos eran de un color azul metálico, rasgados, los cuales acrecentaban la frialdad de su expresión. Debía de pasar los treinta años. No era arrebatadoramente guapa, pero algo en su actitud le dotaba de gran atractivo. Su nombre era Cora Lemarchand. Era sobrina de Rufus Blackwell, el dueño de la mansión. Se había criado en Canadá con sus padres hasta la muerte de su progenitor. Tras la muerte del mismo, ella y su madre se habían visto en una apurada situación económica. Su tío al enterarse de dicha situación no dudo en acogerlas bajo su protección. De modo que ambas se mudaron a Inglaterra y vivieron con su tío durante los últimos once años. La madre de Cora había muerto dos años antes debido a una afección cardiaca que le había afectado durante sus últimos años. La situación de Cora se había tornado ciertamente delicada: en una casa que no era propia, sin un trabajo ni estudios para poder despegar por su cuenta. Su tío se había percatado de la preocupación de Cora y le había disuadido para que hiciera planes de futuro. Su sitio se encontraba allí junto a él, e implícitamente le había dado a entender que al ser su única familiar viva, heredaría la mayoría de su fortuna. La situación le incomodó un poco al principio, pero poco a poco se fue acostumbrando, y la idea de su futura comodidad hacia la espera más dulce.

El mayor Víctor Kane observaba a Cora atentamente, como alguien que observa pacientemente cómo una araña teje su telaraña. La mirada del mayor Kane era serena, pero algo en él emanaba cierto tipo de ansiedad apenas imperceptible para alguien poco observador.

Tenía ya más de cuarenta años, pero aparentaba ser era más joven, a pesar de que su aspecto reflejaba la dureza que los acontecimientos vividos. Era el típico prototipo de hombre aventurero que ha pasado muchos años en sitios exóticos: complexión fuerte, anchos hombros y modales estáticos. Su piel estaba curtida por el sol y contrastaba con sus ojos grises y tristes. Su mandíbula era cuadrada y marcada, y su nariz era recta. En su pelo oscuro y fino comenzaban a aparecer canas. Era un hombre de pocas palabras, se mostraba torpe e incómodo en cualquier tipo de evento social. Su actitud era meramente contemplativa y odiaba sentirse el centro de atención de cualquier situación.

Mientras observaba a Cora, fumaba un cigarrillo con sumo cuidado. Cora rompió la armonía de aquel silencio:

-           ¿Qué es lo que te ronda por esa cabeza?- preguntó sin apartar la vista de la revista.

La pregunta cogió por sorpresa al mayor Kane, pero ninguno de sus músculos le delato. Sólo su mano quedó quieta en el aire durante un segundo cuando se disponía a darle otra calada al cigarrillo. Inmediatamente después reanudó su tarea, inspiró y expiró el aire con suma tranquilidad, mientras rumiaba la respuesta adecuada.

-           ¿Por qué das por hecho que me preocupa algo?- preguntó el mayor Kane sin comprometerse a nada con su interlocutora.

Cora le miró de reojo mientras en su boca su habitual sonrisa irónica.

-           Te conozco perfectamente- sentenció ella con un tono de voz aburrido.

Aquella afirmación era cierta. Víctor Kane fue de las primeras personas que conoció tras su traslado a Inglaterra. Se encargó de adaptarla a su nueva vida y a ayudarle a conocer a nuevas amistades. La llevo a la ópera y al teatro, a fiestas en Londres y fiestas campestres. Y a pesar de que la compañía de Víctor Kane no era excesivamente divertida, Cora había encontrado a un buen amigo. Las visitas e invitaciones del mayor Kane hacia Cora fueron aumentando, hasta tal punto que el posible compromiso entre ambos era inminente. Pero tal vez fuese por la timidez del mayor Kane, o tal vez porque entre ellos lo que había era simplemente una fuerte amistad; el caso es que el compromiso nunca se hizo efectivo. Poco después fue el doctor Levine, el médico local de Green Mills y amigo de Lord Blackwell, el que se decidió a pedirle la mano a Cora. Para sorpresa de todos, Cora aceptó. Lo que pensó al respecto Víctor Kane sólo lo supo él. Su rostro no expresó ningún tipo de emoción y sus modales fueron los de un auténtico caballero. Con naturalidad digirió la noticia y se hizo cargo del papel que le correspondía: el del amigo fiel. Estaría al lado de su amiga Cora y la apoyaría en todo lo que decidiese.

Víctor Kane sopesó la afirmación de Cora. Apagó el cigarrillo en el cenicero que tenía en una mesita junto a él antes de contestar:

-           Necesito hablar con tu tío. ¿De qué humor ha vuelto del viaje?
-           La verdad es que apenas lo he visto. Llegó ayer bastante tarde y venía bastante cansado del viaje. No ha bajado a desayunar y durante la comida no ha estado muy hablador. Ha hecho llamar a Barry para que le eche un vistazo y le recete algo. ¿De qué le quieres hablar?

Víctor Kane no contestó. Se levantó del sillón y se puso a mirar a través de la ventana, de espaldas a Cora. Ella sonrió cansinamente.

-           Es acerca de negocios, ¿verdad? ¿Necesitas financiación para tu próxima expedición? ¿No tienes nada ahorrado?
-           La última expedición fue un auténtico fiasco. La mina que encontramos no dio suficientes beneficios para solventar los gastos de la expedición- se lamentó el mayor Kane-. Además últimamente mis inversiones en bolsa han sido bastante desacertadas.
-           Pero, ¿por qué no me dijiste nada antes? Podría echarte una mano si….
-           Por favor, Cora. No hagas esto más difícil. Me siento humillado.
-           Sabes que si dispusiera de mi propio dinero invertiría en tu expedición sin          pensarlo, ¿verdad?
-           Lo sé. Pero ese no es el caso. Se lo voy a tener que pedir a tu tío.
-          Ya sabes cómo es el tío Rufus respecto al dinero. Además, últimamente está más insoportable y tacaño con el tema del dinero- se lamentó Cora. Después un pensamiento cruzó su mente y preguntó- ¿Cuándo tienes pensado preparar esa expedición?
-           Para después de Navidades.
-           ¡Pero justo después de Navidades me caso! ¿No tendrás pensado no asistir…?

La pregunta quedó interrumpida por la entrada en la estancia de dos hombres que hablaban animadamente. Cora recuperó rápidamente la calma, no sin antes dirigirle al mayor Kane una significativa mirada que fácilmente quería decir: “No pienses que me olvido de esto. Más tarde hablaremos del tema”.

El primero de los recién llegados se aproximó a ella con rapidez, con una sonrisa tímida iluminando su cara. El maletín de cuero marrón que portaba en su mano izquierda delataba su profesión: médico de cabecera. Llevaba afincado en Green Mills dos años y se había adaptado a la perfección a la vida en el pueblo, tanto que parecía haber vivido toda la vida allí. Con su carácter afable y su simpatía había conseguido meterse a todos los habitantes de Green Mills en el bolsillo, incluso a los pacientes más difíciles y reticentes. Era un hombre de unos cuarenta años, con complexión fuerte tirando a rellenito. Tenía la cara redonda, adornada por una tupida barba castaña. Sus ojillos verdes eran pequeños y se cerraban casi completamente con la más mínima sonrisa. La gente decía que su principal magnetismo radicaba en el aura de calma que siempre transmitía.

Se acercó a Cora rápidamente y le pasó una mano por encima del hombro a modo de saludo.

-          ¿Qué tal, Cora? ¡Menuda tardecita! ¡No para de llover!- comentó con optimismo. Después tocó suavemente su maletín-. Tu tío me dijo que necesitaba atención médica... La señorita Drake me ha dicho que luego me hará llamar.
-          Parece que no se encuentra bien después del viaje- comentó Cora.
-          Tu tío lo que pasa es que viene fatigado de un viaje tan largo. Son las consecuencias de un viaje a Estados Unidos. Tardará unos días en que el estómago se le asiente después de tanto movimiento en el barco- el doctor Levine le dio nuevamente unos toquecitos a su maletín-. Pero, con mis venenos le pondré remedio al asunto.

El otro hombre que había quedado rezagado en la puerta se apresuró saludarlos a todos. Era alto y delgado. Tenía el pelo corto y oscuro con unas pronunciadas entradas. Tenía una sonrisa arrogante cargada de dientes muy blancos que contrastaban con su piel dorada bajo el sol de la Riviera francesa. Su nariz era aguileña, lo cual le daba el aspecto de un ave de rapiña. Sus ojos oscuros estaban rodeados por unas profundas ojeras. Su aspecto en general era algo siniestro. Richard Samuelson era consciente de la proyección que tenía hacia los demás, por eso trataba disolverla con una falsa simpatía, la cual quedaba muy forzada.

Traía un portafolio bajo el brazo, el cual dejó sobre un sillón que tenía al lado, antes de estrechar la mano del mayor Kane.

-          Parece que vamos a tener una tarde entretenida- dijo sin ninguna intención en     concreto, salvo la de comenzar una conversación con el mayor Kane-. Estoy ansioso por ver al viejo Blackwell. Los telegramas que me mandó no aplacaron mi curiosidad con respecto a nuestros negocios en Estados Unidos.
-          Alguien debía de quedarse al frente de los negocios en Inglaterra- comentó el mayor Kane sin muchas ganas de conversar.

Los cuatros siguieron hablando durante unos minutos hasta que una figura oscura apareció en la puerta de la estancia. Había entrado con tanto sigilo, que todos en mayor o menor medida sintieron cierto escalofrío.

La persona que provocó este desasosiego momentáneo era la señorita Sarah Drake, secretaria de Lord Blackwell. Si había una palabra para definir a Sarah Drake esa era “eficiencia”. No solo era secretaria de Lord Blackwell, sino también se encargaba de administrar y gestionar el funcionamiento de la casa. Conjuntamente con Cora se encargaba de dicha función, pero todos sabían que quien realmente movía los hilos y manejaba a la servidumbre era la temida e inflexible señorita Drake. Era una mujer cincuentona, alta y de complexión fuerte. Su pelo oscuro recogido en un moño perfectamente sujeto sobre su nuca, ningún pelo fuera de su sitio. Unos anteojos redondos cubrían unos ojillos pequeños y fríos de color azul claro. Unas pequeñas arrugas sobre su pálida e inmaculada piel comenzaban a delatar su verdadera edad. Totalmente vestida de ropas con colores oscuros, le daban un aspecto aún más temeroso.

Con andar apenas perceptible se acercó unos pasos a ellos. Tenía las manos entrelazadas sobre su vientre. Con voz profunda y férrea sentenció:

-          Pueden pasar a la biblioteca. Allí se servirá el té. Lord Blackwell lo tomará en sus aposentos. Más tarde los verá a todos.

La precedieron por un pasillo lleno de cuadros de antepasados de Lord Blackwell y llegaron hasta la biblioteca. Nada más entrar en la estancia encontraron a una joven frente la chimenea con un atizador en la mano. La joven a pesar de estar a punto de cumplir la mayoría de edad parecía más joven aún debido a su aspecto aniñado. Sus cabellos sedosos de color rubio rojizo caían en cascada sobre su espalda. Un par de mechones cruzaban su cabeza y se unían en la nuca haciendo el efecto de una corona. Era pequeña y muy delgada. Tenía unos grandes y expresivos ojos con tonos dorados. Una naricita graciosa cubierta de pecas. Llevaba un vestido color verde y sedoso que le daba un aspecto etéreo. En aquel momento el rostro de la chica reflejaba una gran placidez mientras miraba al fuego y jugueteaba con el atizador. Su mente parecía encontrarse a miles de kilómetros, en un lugar mucho más bonito que aquel. Parecía una especie de hada de principios del siglo XX. Sí, todo lo relacionado con Cassandra Jones recordaba a personajes mágicos o mitológicos.

El frío vozarrón de la señorita Drake resonó en la estancia y rompió el hechizo del cuadro.

-          Cassandra, deja el fuego. La chimenea ya está bien cargada. Ya sabes que a tu “tío” no le gusta que se malgaste la leña.

La joven salió bruscamente de su ensimismamiento y miró a con terror a la señorita Drake que se apresuró con paso decidido hacia ella para arrebatarle el atizador. A continuación lo colocó en el soporte sobre el que reposaban el resto de utensilios para el fuego. Cassandra se levantó con rapidez.

-          Pensé que la biblioteca estaba fría- dijo con voz vaga. Después dedicó una agradable sonrisa a los demás y se apartó de la señorita Drake lo máximo que pudo. Cora le dirigió una mirada de complicidad a Cassandra.

Alice una joven doncella salió precipitadamente de la estancia tras dejar el servicio del té preparado. La señorita Drake le dirigió una fulminante mirada ante el hecho de que aún estuviese presente cuando los invitados ya habían llegado. La señorita Drake procedió a servir el té e inmediatamente se marchó de la biblioteca.

Cuando estimó que había pasado el tiempo suficiente volvió a entrar en la biblioteca. Una vez comprobó que todos habían terminado de tomar el té, llamó la atención de todos con un carraspeo. El señor Samuelson se apresuró a levantarse ansioso pensando que la señorita Drake se dirigía a él en concreto.

-          Doctor Barry, puede subir a ver a Lord Blackwell- dijo la señorita Drake. Después miró al señor Samuelson-. Después le recibirá a usted, señor Samuelson.




 

4 comentarios:

  1. No sé por qué, pero me hizo gracia la escena en que aparece Cassandra, frente al fuego y con el atizador. Sin pensarlo me vino a la mente, la imagen de ella toda etérea y con cara de asesina desquiciada, jajajajjjajaja....

    Me gusta mucho como introduces y describes a los personajes. Espero con ansias el resto de capítulos^^

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  2. Jejejej... te darás cuenta en los próximos capítulo que esa es la idea que quería reflejar en Cassandra... q no anda muy bien de los cascos jejej... Asias x lo q dices Carmelita, si te soy sincero describir personajes es una cosa q me da mucha pereza!!! pero hay q hacerlo!!!! me alegro que te esté gustando :)

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  3. Hola Michel soy Abraham, el texto en sí como obra está muy bien, engancha, que es lo que tiene que hacer, pero deberías intentar no poner demasiadas veces los nombres de los personajes. Ejemplo:"La señorita Drake le dirigió una fulminante mirada ante el hecho de que aún estuviese presente cuando los invitados ya habían llegado. La señorita Drake procedió a servir el té e inmediatamente se marchó de la biblioteca." No digo que esté mal, sino que si en vez de poner "La señorita Drake" por segunda vez, escribes "acto seguido", o pones una coma después de llegado y quitas "La señorita Drake", los lectores ya sabemos a quien te referías y a veces resulta molesto leer tantas veces el nombre de un personaje al cual sabemos que el escritor se está refiriendo. Saludos y espero no ofenderte, simplemente es una opinión.

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  4. Buenas noches Abraham,
    No me ofendes en absoluto, más bien al contrario; acepto todo tipo de críticas siempre que sean constructivas como es en tu caso. Intento evitar lo de repetir nombres y expresiones muy de seguido; pero obviamente no siempre lo consigo. Teniendo en cuenta que éste es el primer relato que consigo terminar (he empezado a escribir en varias ocasiones y lo he dejado a medias) y que es la primera vez que me atrevo a colgarlo, ruego me perdonéis los fallos que pueda haber. De todas formas agradezco tu apreciación y que dediques parte de tu tiempo en leer mi relato.
    Un saludo cordial! :)

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